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5 pasos para infantilizar la sociedad

¿Someter a la sociedad mediante el uso de la fuerza y la opresión está fuera de moda? ¿Ya no consigue tanta aprobación por parte de sus colegas al mandar efectivos policiales a reprimir trabajadores y estudiantes? ¿Quiere ejercer su voluntad sobre un grupo de individuos sin arriesgarse a crear una imagen negativa? Ahórrese un dineral en asesores de comunicación como los de Donald Trump con este artículo en el que contamos cómo ejercer el Poder siendo tan manipulador como titiritero, y tan tierno como un payaso:

¿Qué es la infantilización de la sociedad?

La palabra infantil, según su etimología, proviene del latín infantilis que significa “relativo a los bebés”. Según información del sitio etimologias.dechile.net, su composición léxica se correspondería con: in- (negación), fari (hablar), -nt- (agente, el que hace la acción), más el sufijo -il (razgo, debilidad).

Quedando lo infantil relacionado -por definición- a la incapacidad de hablar, a lo débil, o en otras palabras, a una predisposición a la sumisión por naturaleza, se crea una figura tácita que toma un papel fundamental para la comprensión de la infantilización como un proceso: el padre. Aquella autoridad que educa al humano durante sus primeros años de vida posee un rol clave en la formación de la personalidad y el carácter configurando, mediante la enseñanza, la capacidad de acción del sujeto en desarrollo y, así mismo, las limitaciones del susodicho. Sin embargo, existen claras diferencias entre la crianza que los padres imparten en sus hijos (basándose en sus conocimientos previos, valores familiares y motivaciones personales que, se supone, deberían estar impulsadas por amor al/la hijo/a) y el sometimiento a nivel social a la infantilización por parte de políticas estatales que buscan instalar miedos y subestimar a la población mediante un manejo discursivo que, paradójicamente, parece inocente cuando es todo lo contrario.

Para ejemplificar esta estrategia política, basta con ver la programación de la televisión argentina entre 1976 y 1982, período que se coincide con la última dictadura militar ocurrida en el país. Durante la misma, el vaciamiento cultural y el exilio de intelectuales dejó a la sociedad desprovista de contenidos culturales críticos y reflexivos. Los programas de humor banal eran furor, y la infantilización se podía percibir abiertamente desde las puestas en escena: en los episodios nunca faltaba una figura de autoridad masculina marcada (un comisarío, un profesor, un padre), dejando a las mujeres (las pocas que aparecían) en un papel reducido a actuar como “niñas” caprichosas y tontas, (que, casualmente, muchas veces aparecían con peluches en mano) sin voz ni pensamiento reflexivo. Los chistes infantiles mayormente protagonizados por animalitos (no animales, animalitos) abundaban en los guiones, así como también el uso constante de diminutivos para hablar, y los apodos como “Toto” o “Panchito” con los que los personajes se llamaban entre sí, cual niños de seis años (cuando en realidad tenían más de treinta).

Este bombardeo mediático se trasladó automáticamente a las prácticas cotidianas. Lo explica muy bien el autor argentino Guillermo O’Donell, cuando en el texto Democracia en la Argentina, explaya:

Si desde el aparato estatal se nos despojó de nuestra condición de ciudadanos y se nos quiso reducir (…) a la condición de obedientes y despolitizadas hormigas en los contextos del cotidiano -el de las relaciones sociales y los patrones de autoridad que dejen la vida diaria- se intentó llevar a cabo una similar obra de sometimiento e infantilización: los que tenían “derecho a mandar”, mandando despóticamente en la escuela, el lugar de trabajo, la familia, la calle; los que “debían obedecer”, obedeciendo mansa y calladamente (…) Así, casi perdimos el derecho de caminar por la calle si no vestíamos el uniforme civil- pelo corto, saco, corbata, colores apagados- que los mandones -militares y civiles- consideraban adecuado. Así paso a ser altamente aconsejable no ser diferente ni dar opiniones poco convencionales sobre los temas aún mas triviales. Así, también, fue anatema en las instituciones educativas preguntar, dudar y hasta reunirse por parte  de los que solo tenían que aprender pasivamente, y en muchos lugares de trabajo (incluso, por supuesto, pero no solo en las fábricas), entre esa coacción y la del creciente desempleo, fue perseguido todo lo que no fuera, igual que en los otros contextos, la obediencia del sometido. Incluso en la familia (…) Muchos padres sintieron que “retomando el mando” para garantizar la despolitización de sus hijos, los salvarían del destino de otros tantos jóvenes (…). Para que el autoritarismo llegara a controlar todas las capas de la sociedad no hubiera bastado jamás, con los militares y los funcionarios de ese gobierno: (hizo falta) una sociedad que se patrullara a sí misma (…) hubo numerosas personas que (…) simplemente porque querían (…) se ocuparon activa y celosamente de ejercer su autoritarismo”.

Con la bajada de línea en los medios de comunicación y la falta de alternativas culturales masivas, lo ocurrido durante el Proceso de Reorganización Nacional dejó estragos que hasta hoy la sociedad argentina padece.

A más de 40 años, con la globalización y el acceso masivo a Internet, se supondría que tenemos más herramientas para estar prevenidos frente a políticas de derecha que traten de atentar contra el pensamiento crítico, infantilizando y reduciendo a la población a amebas despolitizadas. Sin embargo, ¿somos todes conscientes de que la amenaza aún sigue rodeándonos?

Los 5 pasos para infantilizar la sociedad

  1. Si apunta a un lugar de Poder frente a un grupo de individuos, a la hora de hablar públicamente no olvide utilizar un tono de voz comprensivo y pasivo. De a momentos sería útil probar gestos firmes acompañados de un tono más paternal y autoritario, como si usted supiera qué es lo mejor para lxs demás, mejor que lo que ellxs mismxs pueden saber.
  2. El uso de palabras fáciles que apelen a lo emocional también le ayudarán a persuadir. Algunos ejemplos son los términos “felicidad”, “angustia”, “todos juntos como equipo”, “yo cometo errores como todos”. Si puede agregar diminutivos, no dude en hacerlo.
  3. Hágase amigx de los medios de comunicación. Sugiera instalar en la programación series y películas mediocres, con un humor machista, verticalista, o también pruebe con generar programas que reproduzcan videos de caídas, golpes o accidentes. Siempre funcionan. Procure que todo se vea inocente a simple vista. Sugerencia: Puede disfrazar a lxs actorxs de animales tiernos, o peinar a las actrices con trenzas o coletas cual niñas de primaria.
  4. Llame a sus colegas por sus apodos cuando se encuentre frente a un público. Evite decir nombres largos como “María Eugenia”, el apodo “Mariu”, por ejemplo, sonará más atractivo y dulce al oído.
  5. Por último, esparza por las redes sociales contenidos audiovisuales de pocos segundos en los que se hable con el vocabulario de un niño de cinco años. Acotar el uso de planos a planos cortos y generales hará que la comunicación sea aún más efectiva, menos rebuscada y que, por tanto, fomente menos el pensamiento.

Tip: No olvide sonreír a cámara y tratar a todes como si fuesen sus hijxs: una sociedad sometida tanto tiempo a la subestimación se deja conquistar fácilmente por cualquier sujeto que muestre un poco de liderazgo para apadrinarlos (hasta que maduren).

Juana Lo Duca
Estudiante de Ciencias de la Comunicación Social en la UBA. @Jualoduca en Twitter. Apasionada por la Psicología social, feminista y ácrata. La palabra como arma.