Artículos de opinión Cultura Semanal

La ciudad de las estrellas

“Dedicada a los que sueñan a pesar de lo tontos que parezcan. Dedicada a los corazones que lloran, a nuestros desastres, a los artistas, a los poetas y a las obras de teatro…”

Las películas rara vez nos hablan de manera verdadera y nos emocionan sin lisonjeras artimañas. Extraños son los casos, en este infinito universo de metrajes, en los que, de manera contundente, asientan sus principios y te arrastran inevitablemente hacia ellos, alejados de aduladores propósitos y fullerías baratas. Escasos son también los casos en los que la flagrante esencia de la obra consigue expresarse y aflorar, eclipsando todo a su paso. Cuando Emma Stone, en ese determinado momento de la película dedica sus sentidas palabras al teatro, a los poetas, artistas y soñadores, algo parece cambiar en La La Land. Algo más profundo nos habla. Y no es Emma cantando, tampoco Chazelle escribiendo o Hurwitz acompañando. Es el conjunto de la obra el que te hace vibrar, es La La Land  emocionándote y dejándote exhausto, impaciente en la butaca, tensa ante lo que se avecina. No estamos ya ante el musical. Estamos ante la emoción y el sentimiento de la obra que apela y defiende, de la más triunfante de las formas, al arte y su más puro estado.

El inicio y cierre, si no las escenas en plano secuencia más espectaculares de la última década, con permiso de Birdman, quizás sí sean las más redondas y bellas. Continuos minutos que parecen distenderse en el plano infinito de mágicas secuencias donde rara vez parecemos bajar del hombro de la cámara para encontrarnos con el frío montaje. El desarrollo de la película, flanqueada por los, difíciles de superar, primeros y últimos minutos, mantiene un ritmo marcado y elabora cumplidamente la historia de amor que todos esperamos y que, sin embargo, evoluciona y degenera, a su vez, en uno de los discursos más hermosos sobre la protección de los sueños y las pasiones que conducen y motivan nuestro mundo.

Ante la nube de cinismo y ácido pragmatismo sobre el que vivimos, esclavos de preconcebidas y estereotipadas ideas, destruimos y menospreciamos, sin entenderlo o llegar a advertirlo, nuestras más puras ilusiones y fantasías. Ya no se aprecian los sueños, tampoco se estiman a los artistas o creemos en las historias de amor. Quizás no existan, o quizás nos las escondan, pero al menos nos emocionamos cuando nos las muestran. Son nuestro refugio y el cine, como el teatro y el arte, nos las ceden. La La Land es, como diría Humphrey Bogart, el París que siempre nos quedará. La esperanza de que los sueños siguen existiendo. El cuidado de nuestros corazones rotos, nuestros desastres, nuestros poetas y artistas, y nuestras obras de teatro.