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Recuerden, recuerden el cinco de noviembre

Desde que el australiano James McTeigue adaptara en 2006 al cine le novela gráfica V de Vendetta, es tradición recordarla cada 5 de noviembre, día en que el católico inglés Guy Fawkes fue arrestado por tratar de hacer volar el parlamento británico en el año 1605 en la conocida como Conspiración de la pólvora. Fawkes fue ejecutado y cada 5 de noviembre en Reino Unido se quemaban efigies del conspirador, llegando a declarar tal día como Fiesta perpetua para dar gracias a Dios por librarnos de los papistas y como muestra de nuestro odio hacia ellos. Y, aunque esta era la imagen de Fawkes, muchos lo reconocerán mejor por la careta de la imagen de portada, convertida en leyenda por la gran pantalla:

Retrato del conspirador católico Guy Fawkes
Retrato del conspirador y mercenario católico Guy Fawkes

En la película, Natalie Portman, convertida en narradora, nos recuerda que “400 años más tarde los ideales pueden seguir cambiando el mundo”, en un genial comienzo. En nuestros días, Karl Marx sería el personaje que más se ajustaría a esa descripción, pese a que apenas han pasado menos de 150 años de su muerte. Sin embargo, se refería al conspirador Fawkes, quien soñó, más de 200 antes de Marx, con una revolución en Inglaterra. Revolución que, como Lenin en Rusia siguiendo a Marx, la misteriosa figura de V se encargaría de materializar, homenajeando a Guy Fawkes. Pero, ¿a qué ideales se refiere Portman?

Y es que, pese al carácter de mito revolucionario que ha acabado acompañando a la desconocida figura de Guy Fawkes, convertido en símbolo de protestas e incluso grupos antisistema como Anonymous, Fawkes no era ni de lejos un antisistema, ni tan siquiera un revolucionario: sus ideales eran la fe católica, humillada y marginada en Inglaterra, primero, por Isabel I y, después, por el rey Jacobo. Además, Fawkes, lejos de llevar a cabo un acto revolucionario, no trató más que de causar un atentado en nombre de la fe.

Y su historia comparte evidentes semejanzas con la de V, pero importantes diferencias a tener en cuenta por un revolucionario, pese a que su motivo, su ideal, era de nuevo muy pobre: Vendetta, esto es, venganza. Venganza contra un sistema que le confinó a una celda y le desfiguró. Sin embargo, la película no traza la historia de un mero vengador, un Dantès convertido en Conde de Montecristo. ¿Por qué? En primer lugar, porque el protagonista consiguió construir un relato más allá de la rabia y el odio: consiguió identificar el ellos (el enemigo, el sistema) y el nosotros (los aliados, los oprimidos, el pueblo). Y, en segundo lugar, y más importante, consigue crear una hegemonía cultural suficiente como para que volar el Parlamento no se quedara en un símbolo romántico, sino en un acto que pudiera dar lugar a un cambio de la superestructura, explicado en una de las frases más bellas que he oído en el cine:

El edificio es un símbolo, como lo es el acto de destruirlo. Los símbolos sólo tienen el valor que le da la gente. Por si sólo, un símbolo no significa nada, pero, si se unen muchas personas, volar un edificio puede cambiar el mundo.

V de Vendetta

Y aquí hemos dado con dos términos que a muchos les sonarán y que son cruciales para toda revolución comunista: En primer lugar, la existencia de un relato que nos diferencia a nosotros, el pueblo, de ellos, los poderosos, cuando va aparejado de un cambio en el lenguaje y una ruptura de las relaciones sociales existentes, es muy probable que se comience a construir una nueva hegemonía, en donde el pueblo -la infraestructura marxista- lleve, naturalmente, a un cambio en aquellos elementos y condiciones sociales que, a la vez que condicionan la vida del pueblo, están profundamente sujetos a la evolución de éste: el segundo término que se nos presenta, la superestructura.

Pero, ¿cómo un simple vengador acaba convirtiéndose en un líder revolucionario? Con la siguiente explicación, quizá se resuelva esa duda:

Un grupo o actor concreto con unos intereses particulares es hegemónico cuando es capaz de generar o encarnar una idea universal que interpela y reúne no sólo a la inmensa mayoría de su comunidad política sino que además fija las condiciones sobre las cuales quienes quieren desafiarle deben hacerlo. No se trata sólo de ejercer un poder político sino además hacerlo con una capacidad de hacerlo incluyendo algunas de las demandas y reivindicaciones de los sentimientos y sentidos políticos de grupos subordinados despojándolos de su capacidad de cuestionar el orden hegemónico liderado por el actor hegemónico que lo dirige.

                                                                                             Íñigo Errejón

De esta forma, un individuo que luchaba por, simplemente, asesinar a los culpables de su desdicha, acaba aglutinando las demandas de una inmensa mayoría de la población de su país para acabar cuestionando el propio status quo de un sistema profundamente corrupto e, incluso, ilegítimo (o auto-legitimado mediante el miedo) y, articulando una serie de conceptos de tradición gramsciana y marxista, llevar al fin de todo revolucionario que siga estas tesis: una lucha de clases en donde el denominado “sentido común” de la mayoría (calificado por Gramsci como sentido común de los poderes hegemónicos) cambia y pasa a ser el sentido común del agente hegemónico: el revolucionario. Y esto se consigue, primero, con frases tan universalmente aceptadas como “Justicia, igualdad y libertad son algo más que palabras, son metas alcanzables”, “el pueblo no debería temer a sus gobernantes, los gobernantes deberían temer al pueblo” o “este país necesita algo más que un parlamento, necesita esperanza”, para después ejercer, como agente hegemónico y líder de masas, de catalizador: haciendo estallar el Old Bailey, símbolo del Tribunal de Justicia inglés; llevando a cabo asesinatos de miembros fundamentales del establishment; y, finalmente, pidiendo la colaboración de un pueblo que comparte tus consignas (haciéndoles partícipes con la entrega de unas simbólicas caretas) para volar el parlamento británico.

Íñigo Errejón ha sido quien posiblemente mejor ha interpretado a Gramsci en España; pero V de Vendetta aún le lleva años de ventaja.