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Habituada al miedo

Todas las mujeres han sufrido, y más de una vez, acoso callejero. Amnistía Internacional lo cataloga como forma sutil e invisible de violencia de género, una ínfima parte de esta. 

Fuente: Femme Corner
Fuente: Femme Corner

El viernes de la semana pasada iba por el metro de Madrid. Línea 9, 4:15 de la tarde y yo más cargada que un animal de arrastre con mi mochila, el bolso y la bolsa del portátil. Iba hablando por teléfono con mi madre porque, tonta de mí, había confundido de semana los billetes. En frente había un señor entrado ya en los 50, barrigón, canoso con las manos sucias y hablándome en un idioma que no entendía. Me hablaba cada vez más alto y se tocaba sus partes. Yo pensando: ¿por qué no mira la gente y le dice algo, por favor? Entre eso y el problema de los billetes estaba a punto de llorar. Mi madre diciéndome que no pasaba nada, que sacara otros, que somos humanos y cometemos errores. Llegó un punto en el que escuchaba más mi corazón en las orejas que el traqueteo del metro. Y se hizo la luz, ¿Dios? no, estación Sainz de Baranda, me supo a gloria. Bajé escopetada, no iba a llegar a coger el bus y siempre hay mucha cola en Avanza. Mentalmente iba haciendo una lista de los pasos a seguir para no perder tiempo, me subí a la escalera mecánica y deje una bolsa entre mis piernas, había una tarta de chocolate dentro y necesitaba que sobreviviera al viaje. Estaba disculpándome con mi madre por ser tan tonta de no haber mirado la fecha bien cuando sentí una mano justo entre mis piernas. “¿Qué cojones?” Me di la vuelta con un odio en mis ojos que podría matar legiones enteras. Allí detrás estaba aquél hombre, me había seguido. “¡Déjeme!” Nadie miró, nadie me ayudó cuando se puso a gritarme como si yo fuera la que le había agredido. Aquella noche pensé en cómo hubiera sido si en ese momento le hubiese pegado una patada, verlo caer por las escaleras, hoy que escribo esto me lleno de rabia y me arrepiento de no haberlo hecho.

 Hay una temporada donde una clase de instituto parece más la sabana africana, tipo: el macho intenta alzarse por encima del resto, se abalanza sobre la hembra… y demás verborrea de documental de la 2. La ciencia excusa a los tíos para comportarse así porque “es biología, es normal, es la edad”. No, no es normal que con 15 años volviendo de fiesta dos tíos me sigan para asustarme porque les resulte gracioso. No es normal que me piten los coches y me griten cosas que a cualquier hombre con dos dedos de frente ofendería. Todo esto hace que deje de llevar falda, que deje de pintarme, que deje los escotes y me meta en ropa XXL para ocultar mi cuerpo. Si eres hombre y lees esto: No hagas que me esconda, no me hagas agachar la cabeza muerta de la vergüenza cuando gritan: “Eh, princesa, ¿quieres que nos lo pasemos bien?”. No, mire, yo quiero llegar a mi casa.  No es justo que yo deba ir acompañada, que cuando se me hace un poco más tarde de la cuenta ya por costumbre vaya con el 112 marcado.

Hace unos meses me estaba sacando el carné de conducir e iba a clase una mañana a las 10. Era de día, vestía normal, sin maquillaje, es decir, ¡no incitaba a NADA mi aspecto! Caminaba por la acera con la música puesta, en verano me dio por escuchar comparsas e iba ensimismada en las letras de Juan Carlos Aragón. En frente y paseando hacia a mi venía un tío tocándose sus partes, mirando mis pechos. Cuando pasó por mi lado yo, como todas haríamos, agaché la cabeza y me callé, no quería que pasara algo por quejarme. Pero se me escapó una cara de asco, soy muy faralaes y demasiado expresiva, se me escapan las emociones por los ojos. Es bueno para hacer teatro y cine pero no para esta situación. Lo dañé en su virilidad o algo parecido, me empujó contra una pared y me sobó las tetas. Salí corriendo ni me acuerdo ya cómo, estaba aterrada y ni siquiera escuché el pitido de un coche que me advertía que estaba cruzando un paso de cebra en rojo. Aparcado en la acera estaba mi profesor de autoescuela, que no es mala persona pero ¿cómo encerrarme ahora con un hombre en un coche durante una hora? Tardé un tiempo en entender qué había hecho mal para que me sucedieran estas cosas, nada. No era mi culpa, ni mi cuerpo ni mi forma de vestir eran culpables. Comprendí que sentirse guapa con medias negras y labios rojo mate tenían un riesgo más, pero no hacerlo no me eximía del acoso. Me siento guapa con el peso del rimel en mis pestañas y un pegatoso gloss en los labios, me seguiré pintando así. Me quiero y nadie me va a negar eso por miedo, he dejado la ropa XXL, que me da un aire bohemio pero es que siempre he sido una enamorada de las medias de colores, que para mí, repito, para mí, es donde me siento cómoda. (En serio, que las medias no tienen botones ni cremallera, son una gozada, como braga-faja y calcetines en un mismo pack.)

Gracias por leer y recuerda: La violencia machista no es solo el asesinato, la agresión física, la violación, el abuso, los gritos, las amenazas, el chantaje emocional y el insulto; es también el humor, la publicidad y el lenguaje sexista.