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Poe: retrato de lo oscuro

No cabe encontrar en tan solo unas pocas palabras lo que dice en sí misma la obra del escritor de Boston; quizá no sepa caber ni en su propio nombre. Sin embargo, podemos hacer algún intento de comprender su trayectoria vital, con tal de permitirnos esbozar los contornos que acabarían por definir, finalmente, los elementos oscuros y literariamente brillantes con los que Poe cuenta en sus obras. En este sentido, si cabe enmarcar su vida en unas pocas palabras, quizá deberíamos decir que su nombre representa de alguna forma el retrato de lo oscuro mágicamente encontrado y narrado. El escritor supo encontrar, entre otras de-formas, el valor de la definición de la locura en términos propios, es decir, en las carnes del narrador ─ que se muestra a menudo en su más hondo desgarramiento intrapersonal.

Cortázar escribió una excelente presentación de la Vida de Edgar Allan Poe, uno de los autores románticos por excelencia. «Edgar se encontró huérfano antes de cumplir tres años; la noche en que su madre murió en una miserable habitación, dos señoras caritativas se llevaron los niños a sus casas», apunta. Su tía, Frances Allan, llevaría al niño de Boston a ser un niño de Virginia, del sur de unos Estados Unidos marcado por una fuerte ruptura con el industrializado norte. En esa Virginia construiría su vida, impregnado de la cultura y las posibilidades que le proporcionaría la posición de su «protector» ─ un empresario comerciante de tabaco.

Pero quizá no merece tanto la pena comentar los primeros años en la vida del escritor como anticipar su figura adolescente y de juventud, seguramente más atractiva. Porque serían esos los años en los que comenzaría a fraguar su identidad mítica, por la que se le comenzaría a conocer más tarde en su vida, y tras su propia muerte hasta nuestros días. El gran episodio de su adolescencia pudo comenzar con tan sólo quince años: el día en que conoció a «Helen». «Helen» era en realidad Mrs. Stanard, la joven madre ─tenía treinta y un años─ de uno de sus compañeros. Pero «Helen» moriría pocos meses después, tras un breve período de enfermedad.

Parece ser que este sería el suceso que le llevaría, prematura y metafóricamente, a ser enterrado vivo; especialmente, en su propia piel memoria. Se abre así, en su propia carne, la vivencia de la razón romántica presente a lo largo de gran parte del siglo XIX. Las palabras con las que inaugura El gato negro pueden funcionar para entender el desgarro silencioso experimentado por Poe: «No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco, y sé muy bien que esto no es un sueño». Como decía Claudio Rodríguez: «el dolor verdadero no hace ruido».

Edgar Allan Poe. Arte: Cynthia Uceda.

Conforme Poe fue creciendo, la situación en su casa iría cambiando de forma llamativa. Mientras su protector había heredado una fortuna y comprado una mansión con una parte de ella, Edgar se cobraba su antipatía al reprocharle infidelidades conyugales, e incluso un hijo no reconocido ─ cuya existencia le confesó su protectora. Las dificultades para con John Allan, su protector, se acabarían extendiendo también hasta la Universidad, donde comenzó a jugar y beber con el dinero que en su casa se le negaba. Como dice Cortázar, «está probado que un solo vaso lo hacía entrar en ese estado de hiperlucidez mental que convierte a su víctima en un conversador brillante, en un “genio” momentáneo. El segundo vaso lo hundía en la borrachera más absoluta, y el despertar era lento, torturante, y Poe se arrastraba días y días hasta recobrar la normalidad».

Pero las deudas pronto le expulsarían de la universidad ─el autor no sería nunca un jugador solvente, a pesar de la fortuna familiar─, y las fuertes discusiones con John Allan le conducirían a abandonar su casa e ir en busca de mejor suerte a su ciudad natal, Boston. La poca y mala suerte y la pobreza le abandonarían a las filas del ejército, al cual se alistaría no sin orgullo; pero volvería a casa en dos años, llegando sin embargo demasiado tarde al punto final de la vida de su «madrastra» Frances. La desgracia modelaría nuevamente su temperamento, y decidiría probar suerte en Baltimore, en busca de su verdadera familia. En este impasse decidiría mudarse con su tía, María Clemm, y su familia. En particular, la «pequeña Virginia» sería una de las tenues luces en la mente de Poe, uno de esos tímidos charcos de claridad que resplandecerían en el gran retrato de lo oscuro que hizo el escritor de su propia vida. Maria Clemm, en efecto, sería también gran parte de esa luz vertida en el tiempo de vida del autor.

Podemos acudir a nuestras licencias literarias para desdibujar cierta parte de la biografía de Edgar Allan Poe: el punto clave de su vida como un todo aparece en el hogar que comparte con Mrs. Clemm, la pequeña Virginia y la buhardilla en la que escribe y contacta con editores y críticos. A partir de esta mudanza ─que no tardará en tornarse en una amarga despedida para cursar la carrera militar que le había prometido a su «protector»─, el mismo Poe comienza a crear una cierta imagen de romántico auténtico ─que no sería lo mismo que un «auténtico romántico», aunque también se le pudiera describir de tal forma─, cautivador, aventurero, cercano siempre al éxtasis de lo sublime presente en el amor y en la muerte. Si aceptamos las ideas del asceta cascarrabias de Schopenhauer, «nuestra vida tiene que contener todos los dolores de la tragedia; y sin embargo ni siquiera podemos mantener la dignidad de los personajes trágicos, sino que en el amplio detalle de la vida hemos de ser irremediablemente ridículos caracteres cómicos» (El mundo como Voluntad y representación, §58).

Daguerrotipo de Edgar Allan Poe publicado por primera vez en 1880. Arte: W. S. Hartshorn. Fuente: Wikipedia.
Daguerrotipo de Edgar Allan Poe publicado por primera vez en 1880. Arte: W. S. Hartshorn. Fuente: Wikipedia.

Lo cierto es que el cuento pudo ser el género que salvara el estómago abuhardillado de Poe. Los primeros años en el hogar de los Clemm, sin embargo, los pasó ─los pasaron─ acosados por el hambre y la miseria; sólo la solidaridad de los vecinos y la ayuda indirecta de John Allan ─a quien Poe le llegaría a pedir caridad «por el amor de Cristo»─ impidieron que la familia pusiera un punto y final a su historia.

Tras romper finalmente toda relación con su «protector», que moriría poco después y no le dejaría ni un solo centavo a Edgar Allan, se produce el quizá más conocido episodio de su vida personal: comienza su noviazgo de escritor de veinticinco años de edad con la pequeña Virginia, de trece años. Virginia se convertiría, poco tiempo después, en esposa del escritor. Es de destacar que lo que sucedió más allá de la titularidad legal de la relación es en realidad un misterio. Cortázar señala en este punto la importancia de que «Muddie», Mrs. Clemm, diera su consentimiento para ello; también resultaría notablemente posible que Poe recurriera a tal matrimonio de modo específicamente simbólico, para poder evitar en algún sentido el amor pasional que invariablemente parecía haber dañado su vida, y «mantenerlas [a las mujeres] en el plano de la amistad».

La traza de contactos que comenzaría a adquirir el escritor se vio rápidamente teñida de un color azul, frío: primero el opio ─láudano─ y luego el alcohol se barajarían con su publicación literaria en la Southern Literary Messenger ─y más tarde la Burton’s Magazine y otras─, de forma diluida pero medianamente constante. Y así, lo que en un principio pudo parecer un tiempo de estabilidad, comenzaría a ser el principio de una intermitente recaída. Mucho más se agravó la situación para él cuando su adorada, la «pequeña Virginia», dio signos de padecer tuberculosis. La cierta esperanza que de alguna forma había puesto en ella ─se sabe de signos de tierno afecto que hoy llamaríamos paternofiliales─ cayó, con él, en algo cuanto menos parecido a la locura. El mismo Poe apuntaría en una carta: «Mis amigos atribuyeron la locura a la bebida, en vez de atribuir la bebida a la locura…»

Si bien con períodos de sobriedad y trabajo continuado innegables, el trágico suceso despertó en el escritor sentimientos que parecían ya enterrados con Helen, con Frances Allan y con las cartas y los posesivos y dominantes sentimientos que había mantenido con las que habían sido sus novias en un momento dado. Aunque no resulta específicamente destacado entre el misterio y terror que conjuga en sus obras, fue esta la época en la que escribiría el conocido cuento El cuervo. En especial, tenía en mente el estribillo: «and quoth the raven: nevermore…» Tras ser despedido de la última revista en la que había escrito, Poe incluso tuvo la oportunidad de abrir su propia revista de literatura y crítica, como había estado soñando ─ pero beber en la celebración que le prepararon sus amigos terminó por no ser una buena idea, con lo que finalmente perdió la confianza de su mecenas.

Particularmente, la publicación de El cuervo ─comentado de forma crítica en su propio ensayo La filosofía de la composición─ tuvo buena acogida; y más que la publicación, su exposición pública, de la que se sabe que fascinaba por su denso romanticismo literario. Poe resultó ser un personaje de apariencia y recitar tan ensombrecedores como su propio poema: «Modulaba la voz con asombrosa destreza y sus grandes ojos, de variable expresión, miraban serenos o infundían una ígnea confusión en los de sus oyentes, mientras su rostro resplandecía o manteníase inmutablemente pálido, según que la imaginación apresurara el correr de su sangre o la helara en torno al corazón». Sin embargo, pronto volvería a caer en el láudano y el alcohol, acosado por la imagen terrible de la enfermedad de la pequeña Virginia, que se agravaba, y por la creciente pobreza ─ producto final y consecuencia natural de su búsqueda de fama en la crítica de todos los círculos literarios que en algún momento pudieron haberle aceptado.

Virginia Clemm. Arte: anónimo. Fuente: Wikipedia.
Virginia Clemm. Arte: anónimo. Fuente: Wikipedia.

El final de la vida de Edgar Allan Poe es esa constante tragedia. Virginia fallecía en enero de 1847, a los veintiséis años de edad; Poe cayó en el delirio, cuando no en el alcohol; la presencia de sus amantes se sigue directamente de su espíritu romántico, con relaciones tormentosas cuyo final él no tardaba en provocar por uno u otro motivo, y nunca bueno. La última escena desesperada en la que participó sería frente a Annie Richmond, con la cual se llegó a comprometer; ella, escéptica desde el comienzo ─aunque mucho menos de lo que lo hubiera sido de haber conocido el pasado de Edgar Allan con algunas de sus novias─, tuvo que negarse a casarse con él en vísperas de su boda, cuando Poe rompió, de nuevo, su promesa de mantenerse sobrio.

Lo que se sigue es finalmente un interrogante. En la que terminaría siendo su última estancia en Baltimore, alejado de su familia ─que ignoraba su situación─, el escritor bebió sus últimos vasos. Quizá fuera invitado por caciques para votar ─esta era una práctica bastante común─, quizá simplemente estos aprovecharan su estado débil y alcoholizado; no es posible conocerlo. Lo que es cierto es que las alucinaciones de Poe despertaron en su mente horribles pensamientos y pesadillas. Tras cinco días de delirios en un hospital, su última pregunta al médico antes de morir fue si había esperanza; frente a la respuesta acerca de su grave estado, espetó: «No quiero decir eso. Quiero saber si hay esperanza para un miserable como yo». «Que Dios ayude a mi pobre alma», sentenció.