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Max Aub, una vez más el tardofranquismo

Max Aub volvió a España en agosto de 1969 buscando escribir un libro sobre su amigo y cineasta Luis Buñuel. Volvió a España tras muchos, quizá demasiados, años en el exilio, concretamente en México y en un par de campos de concentración (Diario de Djelfa). Pero con su venida, parafraseando un artículo del País, no sólo se llevó unas cuantas grabaciones y transcripciones, sino también unas cuantas polémicas y bastantes artículos en revistas literarias y periódicos donde, al contrario que en el caso del retorno de Sender (apoyado por el régimen tras abandonar el comunismo y de la publicación de varias novelas de escasa calidad literaria), no se le dedicaban bellas palabras. No obstante, y desde el dolor republicano escribió La gallina ciega, un diario del viaje que le devolvió a España y en el que pasó dos meses reencontrándose con amigos, editores en los que buscaba poder conseguir publicar su libro, políticos y traidores, como Luis Rosales; difícilmente Max Aub olvidará el último día de vida del gran García Lorca. Un viaje que, como él mismo reconoce al principio de la obra, estaba marcado por unos prejuicios, ya que intuía y así lo demostró en su cuento del Remate con lo que se iba a encontrar en la nueva España. Una España en la que el desarrollismo y el Franquismo habían borrado de la memoria de los jóvenes cualquier rastro de Republicanismo y donde la necesidad de saber qué paso, de hacer memoria y no historia había desaparecido completamente.

Son casi seiscientas páginas desgarradoras en donde Aub nos describe, tras treinta años siendo un espectador lejano, lo que el Franquismo había hecho, ya no las muertes, los fusilamientos, los exiliados o los represaliados. Lloraba en la noche madrileña apoyado en un árbol por una cosa que más tarde se conoció como desmemoria, aquello que el Franquismo había hecho mejor, adaptarse a los tiempos modernos y borrar de manera fulminante la historia convirtiendo a los españoles en señores “que no se meten en política”. Lloraba, también, en un teatro porque tras años siendo dramaturgo sin posibilidad de representar ni en México ni obviamente en España, le habían dejado leer unas líneas de su San Juan para un público privado al lado de otro gran dramaturgo que si consiguió representar en España gracias a la autocensura, Buero Vallejo. Es una obra, pues, donde prima la desilusión, el descontento y el pesimismo. Un diario en el que Max Aub se desnuda y nos deja entrever sus miedos, sus dudas y tristezas. Así como su ansia de reconocimiento por un público español que se había olvidado de él y en el que había sido sustituido por novelas de Corín Tellado. Unas memorias desgarradoras en la que su republicanismo, su necesidad como intelectual de ser partícipe de la política y estar comprometido con los hechos históricos, de asumir que la República no volverá a ser y que el Capitalismo, a pesar de las reticencias iniciales del Franquismo con dicha estructura socioeconómica, vencerá y el régimen de Franco se encargará del resto, es decir, de borrar de manera sistemática la historia y de anular la participación política sustituyéndola por la televisión, la buena comida, el coche y cualquier mínimo lujo.