Cultura Latinoamérica

La visión de España y América Latina en Marx (III): La Latinoamérica expoliada y Conclusión

Esta es la tercera parte de un documento subdividido en tres. Para acudir a la primera parte, click aquí. Para acudir a la segunda parte, click aquí.

 

La Latinoamérica expoliada.

Como ya hemos comentado, y pese a que la crítica historicista suele usarse al hablar de la filosofía de Marx y Engels, esta no se sostiene realmente.1 Y, si bien la lectura unidireccional de la historia que Marx tenía no redunda exactamente en un eurocentrismo ─como sí lo haría la de Hegel, con los elementos racistas inherentes a ello─, sí es cierto que relega a un segundo lugar la periferia, teniendo que Europa, y más adelante EEUU, son los núcleos del desarrollo de la estructura económica y del avance técnico. (Respecto a ello, famosa es la sentencia de Marx acerca de la esclavitud de los negros en América del Norte: «Un negro es un negro. Sólo bajo determinadas condiciones se convierte en un esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina de hilar algodón. Sólo bajo determinadas condiciones se convierte en capital» [El Capital, Libro I, Capítulo XXV]).

Para explorar esta Latinoamérica expoliada, utilizaremos fundamentalmente los Materiales (Marx y Engels 1972). En ellos, se divide el pensamiento de Marx respecto de la ocupación de territorios [por parte de colonizadores o de conquistadores sin un objetivo definido de avance económico, indistintamente] en tres etapas bien diferencias (Materiales, páginas 6 a 9).

Primero, hacia 1847 y hasta la guerra de Crimea (1856), aunque en la teoría de la historia, Marx y Engels justifican de algún modo las ocupaciones colonialistas, el «repudio moral» es absoluto. Por ejemplo, en referencia al ejemplo de la India señalado en la introducción (ver: nota 1), Marx escribirá a Engels: «[En mi primer artículo sobre la India] se presenta como revolucionaria la destrucción de la industria vernácula por Inglaterra. Esto les resultará muy shocking». Segundo, hasta 1964 con la Internacional (con lo que se abarcaría desde los Grundisse hasta las Teorías sobre la plusvalía), se considera una etapa de transición. En ella, los autores reivindican los derechos de las naciones colonizadas, sin revisar la teoría que recoge ello. Tercero, hasta su muerte. En esta época, el filósofo se centra más en la soberanía nacional y en sus posibilidades. La opinión de Marx con respecto a la separación de Irlanda e Inglaterra puede ilustrar bien esto: «Lo que necesitan los irlandeses es: 1. Gobierno propio e independencia de Inglaterra. 2. Una revolución agraria. 3. Tarifas protectoras contra Inglaterra» (Materiales, pág. 8).

Esta evolución que hemos señalado viene determinada por las grandes experiencias que hemos comentado, y que marcarán como cicatrices todo el pensamiento posterior del autor. Con respecto a la colonización de América Latina y su resistencia, es de notar la opinión que a Marx le merece uno de los grandes procuradores de la independencia de varios países, y que, debido a ello, se ha vuelto, ya entonces, un símbolo de la lucha contra el poder y por la emancipación: Simón Bolívar y Ponte. El autor le dedica un extenso artículo monográfico, del que los mismos editores se quejaban por el partisan style [tono parcial] usado.

Sin embargo, y para Marx, el papel esencial de Latinoamérica en la historia mundial hasta el siglo XIX era el de condición para el avance de las relaciones de producción. Es decir, debemos entender que la acción con (o, más bien, contra) el continente es crucial para comprender el paso a un modo de intercambio capitalista. ¿Cómo, y por qué?

Primero, porque la riqueza de recursos de América Latina infló las posibilidades del comercio [internacional] a partir de la colonización. Es decir, las necesidades de las clases provenientes del viejo mundo se instalan con la llegada de este al nuevo mundo: el algodón, el azúcar y otros recursos son explotados sin mesura por los nuevos habitantes, que comercian con ellos y subordinan a su modo de producción el modo de producción propio de las civilizaciones indígenas (lo cual incluye las diferentes relaciones de producción, como la cooperación en la zona del Perú, y el trueque como forma de intercambio, etcétera). El mismo oro y la misma plata no eran usados por los indígenas sino como ornamentación, y no constituía para ellos mayor valor que el de cualquier objeto con tal función; para los conquistadores, en cambio, el oro y la plata suponían un valor que se traducía en moneda, es decir, en capital.

Y segundo, esta colonización tuvo su éxito para los colonos en base, primero, a la esclavitud como forma de propiedad. Y cuando, tras la derrota de la Guerra de Independencia por parte de Inglaterra, las clases interesadas de este país descubrieron que era más beneficioso para su economía que las colonias se administraran por sí mismas, «se les ofreció la oportunidad de acceder a los mercados sudamericanos e inundarlos con sus mercancías, así como de conquistar las colonias francesas, españolas y holandesas; (…) la guerra fue para ellas la oportunidad de (…) poder arruinar así el comercio de cualquier otra nación cuya competencia amenazara con perjudicar su propio enriquecimiento constante» (Materiales, p. 25).

El laissez-faire, por tanto, se sustenta gracias a una esclavitud que hace posible su emergencia, y a una guerra que asegure los intereses de las clases poseedoras. Es decir: funciona de modo análogo al modo en como se produce aquella acumulación originaria; no en vano, es su sucesor histórico natural. Así, la conquista y la colonización se revelan como formas que, aplicadas al caso en el continente latinoamericano, son responsables de provocar un colapso de las relaciones de producción mediante la violencia e implantar otras nuevas. En resumidas cuentas: «la expansión de los mercados hacia el mercado mundial, (…) hacían surgir una nueva fase del desarrollo histórico (…). La colonización de los países recién descubiertos sirvió de nuevo incentivo a la lucha comercial entre las naciones» (Marx 1845/1974: 64).

Si contemplamos la colonización en tanto desarrollo de las fuerzas productivas y de las formas de propiedad, por tanto, podremos referir a dos figuras clave: el esclavo, que es la forma más primitiva de posesión de fuerza de trabajo ajena y que posibilitó, como hemos comentado, el desarrollo de la acumulación; y el colono como figura posterior, ya propietaria de sus condiciones de trabajo.

Si bien la esclavitud en nuestra América Latina se vio encubierta por una subordinación directa de los «culíes indios y chinos» (Materiales, páginas 154-155), fue esta la clase de esclavitud que haría prosperar a Estados como Cuba ─la que disponía de «esclavos disfrazados de trabajadores libres»─; y, como también se refleja en Cuba, España es quien más esclavos trasladaría, o al menos según las autoridades británicas.2 Y si el fin de la esclavitud en América del Norte estuvo posibilitada por las condiciones que lo convirtieron al sistema industrial,3 en Latinoamérica las condiciones para ello son las análogas ─un sistema de producción basado en una clase de trabajadores libres, donde haya un mercado más amplio y una competición mayor; o sea, la condición de posibilidad es un cierto desarrollo de las relaciones de producción.

Por el contrario, en el caso de los propios colonos,

el modo capitalista de producción y de apropiación tropieza allí [en las colonias] (…) con el obstáculo que representa la propiedad obtenida a fuerza de trabajo por su propio dueño, con el obstáculo del productor que, en cuanto poseedor de sus propias condiciones de trabajo, se enriquece a sí mismo en vez de enriquecer al capitalista. La contradicción entre estos dos sistemas económicos [el citado y el del capitalista que compra la fuerza de trabajo ajena], diametralmente contrapuestos, se efectiviza aquí, de manera práctica, en la lucha entablada entre los mismos (Marx 1894/1980: XXV).

Es decir, la distinción de clase ofrece una diferencia fundamental entre colonos y capitalistas; se muestra así que «el capitalismo no es una cosa, sino una relación social entre personas mediada por cosas». Estas colonias, con su modo de producción ─en el que los trabajadores son propietarios de sus propios medios de producción─, imposibilitan por tanto la acumulación capitalista y el modo capitalista de producción; «no existe la clase de los asalariados» aquí. Sin embargo, esto no resulta suficiente, y, «sin esclavitud, en las colonias españolas el capital habría sucumbido». Fue necesaria, para una acumulación de capital ─en el que viene implícito el comercio─, la propiedad de esclavos anteriormente comentada.

Siguiendo la perspectiva marxiana, sin embargo, la esclavitud como forma de propiedad no habría desaparecido, sino que simplemente se habría transformado en otra forma de dependencia hacia el poseedor de capital, que posee también, con ello, la capacidad de apropiarse de la fuerza de trabajo ajena; la figura del colono habría desaparecido o estaría en vías de extinción; y la dependencia entre capitalista y asalariados seguiría siendo mutua. En la Conclusión exploramos más a fondo esta idea.

Conclusión. Adagio.

Para comprender la idea que Marx [y Engels] tenían de España y de América Latina, hay antes que comprender que estamos ante pensadores complejos, con influencias de la filosofía de la Ilustración e inmersos en un contexto tan cambiante como es el siglo XIX. Como hemos dicho al comienzo, no es posible separar obra y vida. La lectura crítica que ofrece Marx no deja de ser la de un mundo con numerosos paralelogramos de fuerzas constantemente enfrentados, donde emergían diferentes actores, y donde los movimientos obreros parecían destinados, hasta comienzos del siglo XX, a transformar el mundo para convertirlo en una oda al progreso y los derechos adquiridos como un compromiso con la historia. Como se puede ver, ya en el siglo XXI, no era precisamente una locura.

Podríamos preguntarnos cuál es la consecuencia directa o natural de las categorías que el autor usaba para entender la realidad. En ese sentido, casi parece que el mundo no deja de ser tan amplio y complejo como entonces; la literatura marxista se ha ampliado con la riqueza de la ciencia política y la sociología, la economía y otras ramas de las ciencias humanas, con su profunda variedad a lo largo de todo el siglo pasado. Los fundamentos no dejan de ser válidos: las clases propietarias han mutado ─el sector servicios es hoy el dominante en el mundo tecnológicamente desarrollado─, y el trabajo intelectual, antes mucho más escaso, se remunera considerablemente mejor que, por ejemplo, el trabajo en el llamado primer sector productivo; el trabajo manual se considera [despectivamente] algo del tercer mundo en muchas ocasiones, y, postulados de Marx como el de la tendencia al salario mínimo se han alejado (al menos en apariencia) de Europa.

Con esto queremos decir que la importancia inmediata de cualquier autor reside, fundamentalmente, en cómo puede entenderse desde una perspectiva más actual, y cómo puede amoldarse al mundo de hoy en día para comprenderlo. En ese sentido, Marx no deja de tener cierta actualidad ─aunque quizás eso refiera también a todo lo que el siglo XX lo tuvo en cuenta en diferentes sentidos: la Unión Soviética, con sus diferentes etapas y toda su complejidad, los países socialistas satélite, las críticas de marxistas desde el otro lado del telón, el autonomismo…

Así pues, la pregunta debe ser: ¿qué puede hoy Marx decirnos del papel de una Europa que parece derrumbarse? Frente a un mundo que parece estar olvidando sus derechos, ¿no será necesario volver a reivindicarlos como entonces, en mucho peores condiciones, se hizo? ¿Es que acaso cabe entender a Latinoamérica, incluso en el siglo XX, como algo más que un espacio colonizado, tomado por las clases propietarias, y saqueado? Teniendo en cuenta la evolución de nuestro país a través del siglo XX, ¿cómo podemos explicar la confianza de los votantes en las instancias supranacionales y sus ejércitos?… Todas estas preguntas, sin duda, son abiertas y tienen respuestas diversas.

El asunto no deja de ser: ¿qué puede decirnos Marx del mundo de nuestro día a día? ¿Cuál ha de ser la crítica que supere al estado de cosas actual?


NOTAS:
1. Como ejemplos de la mirada joven de Marx y Engels, sin duda, podemos poner capítulos de La ideología alemana, el Manifiesto Comunista u otras obras; Engels mismo explicita en 1847 que «en todos los países civilizados, el movimiento democrático aspira en última instancia a la dominación política por el proletariado. Presupone, por ende, que exista un proletariado; que existe una burguesía dominante; que exista una industria que produzca al proletariado y que haya vuelto dominante a la burguesía» (cita en Marx y Engels 1972). Frente a ella, la idea expresada en nuestro Interludio. La periferia desnuda, y comentada en Dussel [1990: 264] de la siguiente forma: «Este determinismo trágico, unilineal, se impondrá como filosofía de la historia, como teoría del desarrollo de la humanidad: el “marxismo” había nacido […] poco después de la muerte de Marx. Marx tenía un sentido más complejo de la realidad y su “teoría”, si la hubo, se plegaba a esa realidad, se modificaba, cambiaba; no era una “doctrina”, sino un “método” abierto».
2. De hecho, España llegó a un acuerdo con Gran Bretaña para abolir la trata de esclavo. Incluso, esto sucede en repetidas ocasiones. Resulta curioso observar el convenio según el cual España aboliría la trata de esclavos hacia 1820, por lo que recompensaría a los dueños ─el dinero fue repartido y las pérdidas amortizadas… pero no hubo pérdidas: no se liberó a los esclavos.
3. «La abolición de la esclavitud fue posible tan sólo cuando el Norte comenzó a producir granos y carne para la exportación, al tiempo que se transformaba en un país industrial, y cuando el monopolio algodonero norteamericano se vio afectado por una fuerte competencia». Apunte de Engels (Materiales, página 154).

BIBLIOGRAFÍA:
DUSSEL, E. (1990), El último Marx y la liberación Latinoamericana. México: Siglo XXI.
MARX, K. (1845/1974), La ideología alemana. Montevideo: Ed. Pueblos Unidos; (1894/1980), El Capital, III: El proceso de acumulación del capital. Madrid: Siglo XXI.
MARX, K. y ENGELS, F. (1972), Materiales para la Historia de América Latina. Córdoba: Pasado y Presente. [online] Disponible en: http://www.socialismo-chileno.org/febrero/Biblioteca/Marx/Marx-y-Engels-Materiales-Para-La-Historia-de-America-Latina.pdf [27 de abril de 2016]