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El peronismo: Lo popular enemistado con la revolución

En Argentina, este lunes se pudo leer como trending topic en Twitter: Feliz Día de la Lealtad. Es que el 17 de octubre no es un día que pase desapercibido: aquel día, pero del año 1945, una gran movilización de obreros y sindicatos se conglomeraron en Plaza de Mayo, exigiendo la renuncia de los militares del poder ejecutivo (quienes estaban dirigiendo Argentina entonces, fruto del golpe del GOU en 1943), y reclamando por la liberación del general Juan Domingo Perón, un personaje que se convertiría en el presidente argentino en las elecciones de febrero de 1946. ¿Cómo entendemos la vigencia del peronismo hoy, a 71 años del principal suceso que le dio origen y legitimidad al movimiento?

Los datos precisos sobre la cantidad de asistentes a la manifestación varían según el historiador que se lea. Algunos hablan de millones de personas, otros estiman que fueron poco más de 200 mil participantes. El hecho a analizar (sin detenernos en la discusión por la cifra exacta) es lo impactante que resultó el evento para el posterior desarrollo de la historia argentina; este suceso convocó a una numerosa masa organizada que no sólo se movilizó, a pesar de las dificultades de la época para ello (téngase en cuenta que muchos de los asistentes fueron a pie), sino que logró cumplir sus objetivos, dejando a la vista el poder la organización colectiva.

Trabajadores reunidos el 17 de octubre en Plaza de Mayo

El caldo de cultivo para el estallido del 17 de octubre se puede comprender desde diferentes cuestiones sociales que culminaron en ello. En principio, desde el plano político, Argentina estaba sufriendo una fuerte crisis de legitimidad. El período previo a la insurrección, conocido como Década Infame (1930-1943), se caracterizó por una corrupción constante, presidentes designados por los principales actores socioeconómicos, y reclamos por derechos de los obreros dejados totalmente de lado. Así, frente al descontento civil, y en el contexto de la segunda guerra mundial, que obligaba al país a tomar una posición frente a este conflicto (tema que involucraba el peso de la opinión de las Fuerzas Armadas), en 1943 es derrocado el presidente constitucional Ramón S. Castillo por el GOU (Grupo de Oficiales Unidos), una agrupación de militares que defendían una ideología nacionalista extrema y anticomunista.

En una primera instancia, como nuevo líder de la Argentina asumirá Arturo Rawson, quien estará en el poder por un breve lapso de 72 horas, debido a la desorganización interna del grupo. En este caos, Perón es una figura central, ya que participó del GOU y por eso está entre los pilares de la llamada Revolución del ’43. Su táctica estratégica será encargarse, en principio, de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social. Desde este lugar, comenzará a llevar adelante convenios con las asociaciones patronales que resultarán beneficiosos para los obreros, quienes, si bien tenían unos pocos derechos adquiridos durante la década del 20, seguían padeciendo las condiciones de explotación. Cuatro meses más tarde, cuando toma el poder de primer mandatario de la nación el general Farrell, Perón pasará a ocupar, simultáneamente, los cargos de Ministro de guerra y la Vicepresidencia de la Nación (puestos en los que se desenvolverá en plena dictadura militar, siendo cómplice de la misma).

Estando en la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, Perón comienza a hacerse conocer entre los obreros mediante la radiodifusión, sancionando decretos laborales a favor de los trabajadores, y prometiendo convertirlos en leyes cuando llegase a la presidencia. Con una estrategia comunicacional (según explica el historiador Daniel James en su trabajo Resistencia e Integración) que buscaba darle una connotación positiva a términos que habitualmente eran considerados peyorativos, basada en un uso del vocabulario sencillo, firme y con una tonalidad paternal, Perón comenzó a crear una imagen heroica con su capacidad para conmover y acoger a esa masa de personas sumidas en la miseria y la pobreza de la clase baja; una masa que estaba cansada de ser pisoteada y olvidada por las clases altas que, guiadas por el camino de sus intereses egoístas propios del capitalismo (en ese entonces, liberal) dirigían el Estado.

Así es como, con el apoyo de la Iglesia Católica, el General se hace una masiva popularidad, que despierta la desconfianza de la oposición, en ese entonces encabezada por: sectores empresarios, quienes temían perder ganancias por las medidas keynesianas con las que amenazaba Perón; partidos políticos, que veían en peligro la democracia, y sectores de las Fuerzas Armadas. Por esta inseguridad, el vigente presidente de facto Farrell pierde participación política, quedando el coronel Ávalos a cargo, durante el último tiempo de existencia que le quedará a la Revolución del 43. Perón renuncia a sus cargos (por el peso de la oposición, y como parte de su plan político) y seguidamente es encarcelado en la isla Martín García por pedido de Ávalos; situación que desembocará en la convocatoria sindical a la manifestación que origina el Día de la Lealtad.

“Perón había aplicado leyes nuevas y otras las había ampliado: pago doble por indemnización, preaviso, pago de las ausencias por enfermedad. Eran cosas que antes no se cumplían; hasta ese momento, donde yo trabajaba, no se cumplía ninguna de esas leyes. Le voy a decir más: creo que pocos días antes de su detención, Perón había conseguido un decreto por el que se debían pagar al trabajador los días festivos: 1º de mayo, 12 de octubre, 9 de julio, etcétera.” Testimonio de un trabajador que acudió a la movilización de Plaza de Mayo del 17 de octubre de 1945.

Para entender este suceso, es muy significativa la relación de Perón con el sindicalismo. Los gremios obreros fueron una pieza clave en su estrategia, ya que si bien en su fundación (a finales de siglo XIX) habían sido creados como instrumento combativo en la lucha de clases, ahora, si querían acceder a los beneficios prometidos, el peronismo los obligaría a rendirle culto a su ideología nacional-personalista. De esta forma, se eliminó cualquier posibilidad de surgimiento de una alternativa social para los trabajadores movilizados, a partir de la clásica maniobra de reforma, el siempre útil as bajo la manga del capitalismo para mantener su vigencia y hegemonía desde una posición que aparenta ser más conciliadora.

Cabe destacar que como consecuencia directa del 17 de octubre, Perón llegó a la presidencia en 1946 con el 52,86% de los votos, y su primer gobierno, lejos de ser una manifestación socialista, significó un proyecto (desde sus inicios) capitalista intervencionista. En lo económico, la propuesta de cambio del modelo productivo agroexportador a uno de sustitución de importaciones representaba una decisión precisa para la posterior creación del mito histórico peronista, ya que por un breve lapso de tiempo la convergencia de intereses entre los actores socioeconómicos hegemónicos (llámese burguesía agraria e industrial) le garantizó una cierta estabilidad a los primeros años de su administración estatal.

La actual memoria al Día de la Lealtad se preserva, y es honrada por un gran porcentaje de la población, a causa de una sociedad a la que históricamente se le enseñó que la política se divide en dos extremos (a los que, además, considera opuestos):

Populismo (o peronismo) el cual llega al poder por velar por el bien de las mayorías estigmatizadas y olvidadas, las cuales pareciera que nunca podrán valerse por sí mismas a causa de la ignorancia que promueve, simultáneamente, este movimiento que no busca erradicar las desigualdades, sino alivianarlas un poco mediante la táctica de la reforma, bajando el nivel de descontento social;

neoliberalismo (u oligarquía, derecha) una postura que sólo beneficia a un grupo privilegiado, marginando las necesidades de mayorías y minorías, llegando al poder mediante una eficaz y perversa manipulación de la información, y perpetuando, abiertamente, los valores del capitalismo más salvaje.

De esta forma, con la sutil y continua censura a movimientos marxistas e ideologías de izquierda, el peronismo se impuso como la opción más viable, más real, más palpable, que hasta pareciera la única salida política mediadora (frente al elitismo que representa su oposición) para alcanzar una sociedad justa, con redistribución de la riqueza y basada en el respeto al trabajo y el esfuerzo, generándose una imagen positiva en los sectores bajos que le dio el apoyo de gran parte de la sociedad civil, así como simultáneamente le brindó el abierto rechazo por parte de los grupos más pudientes.

Hoy podemos entender su vigencia porque, desde una visión crítica, nuestra sociedad sigue inmersa en esas esperanzas de progreso y justicia social que trajo consigo el surgimiento político de la figura de Perón. Quizás la tarea en nuestra época ya no debería seguir siendo enaltecer y prender una vela en honor al General, Evita, y el mito que representan cada 17 de octubre, sino sentarnos a reflexionar acerca de nuevas alternativas viables para cambiar la actualidad que tanto padecemos y por la que no estamos haciendo nada; mantener viva esa esperanza (y espera) por la llegada de un nuevo mesías, que pueda paliar al menos un poco la desigualdad de este sistema perverso, no parece ser una decisión que esté dándonos buenos resultados.