Cultura

[Traducción original] Fragmento de “Cosmic Pessimism”, de Eugene Thaker

[El texto que sigue a continuación es una traducción de un fragmento de la obra “Cosmic Pessimism“, perteneciente al filósofo norteamericano Eugene Thacker, e inédita en castellano. La publicación original a la que me atengo es de la revista continent 2.2 (2012), protegida bajo licencia Creative Commons (CC BY 3.0). Por lo tanto, toda la traducción estará asimismo protegida por tal licencia.]

 

Estamos condenados.

El pesimismo es la cara oculta [night-side] del pensamiento, un melodrama de la futilidad del cerebro; es un poema escrito en la lápida de la filosofía. El pesimismo es un error lírico del pensar filosófico; es cada intento de un pensamiento limpio y coherente, sombrío y sumergido en el goce [joy] oculto de su propia futilidad. El pesimismo más íntimo que llega a la argumentación filosófica es el gracioso y lacónico «nunca lo lograremos», o más sencillamente: «estamos condenados». Cada esfuerzo, condenado a fracasar; cada proyecto, condenado a la incompletitud; cada vida, condenada a ser deshabitada [unlived]; cada pensamiento, a ser inconcebido [unthought].

El pesimismo es la forma más baja de filosofía, frecuentemente ridiculizada y rechazada…; meramente, el síntoma de una mala actitud. Nadie necesita al pesimismo, de la forma en que uno necesita al optimismo para inspirarse a grandes metas y levantarse ─ de la forma en que uno necesita crítica constructiva, consejo y apoyo, libros inspirativos1 o una palmadita en la espalda. Nadie necesita al pesimismo, aunque a mí me gusta imaginar la idea de un activismo pesimista. Nadie necesita al pesimismo, y aun así todo el mundo ─sin excepción─ tiene, en algún momento de su vida, que hacer frente al pesimismo ─ si no como una filosofía, entonces como un agravio, contra uno mismo o contra otros; contra el entorno propio, o contra la vida propia; contra el estado de cosas, o contra el mundo en general.

Hay una pequeña redención para el pesimismo; y ningún premio de consolación. Últimamente, el pesimismo está cansado de todo, y de sí mismo. El pesimismo es la forma filosófica del desencanto ─ desencanto como canto: un coro, un mantra; una voz monófona y solitaria, tornada insignificante por la íntima inmensidad que la rodea.

En el pesimismo, el primer axioma es un largo, sordo y fúnebre suspiro.

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Anatomía del pesimismo.

Aunque puede ubicarse a sí mismo en los márgenes de la filosofía, el pesimismo es tan objeto de análisis filosófico como cualquier otra forma de pensamiento. El lirismo del pensamiento le otorga la estructura de la música. Aquello que el tiempo es a la música melancólica, es la razón a la filosofía de lo peor. Las dos claves mayores [major keys]2 del pesimismo son el pesimismo moral y el metafísico, sus polos objetivo y subjetivo, una actitud hacia el mundo y una afirmación acerca del mundo. Para el pesimismo moral, es mejor no haber nacido en absoluto; para el pesimismo metafísico, este es el peor de los mundos posibles. Para el pesimismo moral, el problema es el solipsismo de los seres humanos, el mundo hecho a nuestra propia imagen, un mundo-para-nosotros [world-for-us]; para el pesimismo metafísico, el problema es el solipsismo del mundo, objetivado y proyectado como un mundo-en-sí-mismo [world-in-itself]. Ambos pesimismos se hallan filosóficamente comprometidos; el pesimismo moral por su fracaso para ubicar al humano en un contexto mayor, y el pesimismo metafísico por su fracaso para reconocer la complicidad en la afirmación del realismo.

Así es como el pesimismo hace su música de lo peor, una misantropía generalizada sin el anthropos.3 El pesimismo cristaliza entorno a su futilidad ─ es su amor fati, traducido a la forma musical.

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Melancolía de la anatomía.

Hay una lógica del pesimismo que es fundamental para su sospecha del sistema filosófico. El pesimismo abarca un enunciado sobre su condición. En el pesimismo, cada enunciado se reduce a una afirmación o una negación, así como cualquier condición se reduce a lo mejor o a lo peor.

Con Schopenhauer ─aquel archi-pesimista, aquel pensador para el cual el filósofo y el cascarrabias se solapaban perfectamente─, vemos un decir no [no-saying] a lo peor, un decir no que secretamente codicia un decir sí (a través del ascetismo, el misticismo, la no-acción [quietism]4), incluso si el decir sí oculto es un horizonte en los límites de la comprensión. Con Nietzsche viene el pronunciamiento del pesimismo dionisíaco, un pesimismo de fuerza o goce, un decir sí a lo peor, un decir sí al mundo tal y como es. Y con Cioran otra variación, fútil aunque lírica; un decir no a lo peor, y un más lejano decir no a la posibilidad de cualquier otro mundo, aquí o fuera de aquí. Con Cioran uno se acerca, pero nunca alcanza, un absoluto decir no, un abandono estudiado del pesimismo como tal.

La lógica del pesimismo se mueve a través de tres rechazos: un decir no a lo peor (rechazo del mundo-para-nosotros, o las lágrimas de Schopenhauer); un decir sí a lo peor (rechazo del mundo-en-sí-mismo, o la carcajada de Nietzsche); y un decir no al para-nosotros y al en-sí-mismo (un doble rechazo, o el sueño [sleep] de Cioran).

Llorando, riendo, durmiendo ─ ¿qué otras respuestas son adecuadas para una vida que es tan indiferente?

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Pesimismo cósmico.

Tanto el pesimismo moral como el pesimismo metafísico apuntan a otra clase, a un pesimismo que ni es subjetivo ni es objetivo, ni tampoco para-nosotros ni en-sí-mismo: en su lugar, un pesimismo de un mundo-sin-nosotros. Podríamos llamar a esto un pesimismo cósmico… pero esto suena demasiado majestuoso, demasiado lleno de maravillas, demasiado al regusto amargo del Gran Más Allá. Las palabras vacilan. Las ideas también. Y entonces tenemos un pesimismo cósmico, un pesimismo que es, primero y ante todo, un pesimismo sobre el cosmos, sobre la necesidad y la posibilidad del orden. Los contornos del pesimismo cósmico son un drástico aumento o reducción [scaling-up/ -down] del punto de vista humano; son la orientación inhumana del espacio sideral y del tiempo sideral, y todo esto ensombrecido por un punto muerto ─ una insignificancia primordial, la imposibilidad de considerar jamás adecuadamente la relación propia con el pensamiento (todo lo que permanece de pesimismo son las aspiraciones [desiderata] de las emociones) agónico, impasible, insolente, solitario, lleno de pesadumbre; un cóctel que el pesimismo trata de elevar al nivel de una forma de arte (aunque lo que normalmente resulta es una payasada).

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La canción de la condena.

Antes que servir como causa de desesperación, la pesadumbre [gloom] y la condena son las formas de la consolación para cualquier filosofía pesimista. Sin ser emociones ni conceptos pasivos, la pesadumbre y la condena transforman el pesimismo en una mortificación de la filosofía.

La condena no es solamente el sentido de que todas las cosas se resolverán mal, sino de que todas las cosas tienen inevitablemente un final, independientemente de si realmente lleguen o no a un fin. Lo que emerge de la condena es un sentido de lo inhumano como atrayente, un horizonte en relación al cual lo humano es llevado fatalmente. La condena es humanidad dada a [given over to] la inhumanidad en un acto cristalino de auto-sacrificio.

La pesadumbre no es simplemente la angustia que precede a la condena. La pesadumbre es literalmente atmosférica, tanto clima como impresión; y si la gente está tan apesadumbrada, este es simplemente el resultado de una atmósfera anodina que sólo incidentalmente incluye seres humanos. La pesadumbre es más climatológica que psicológica; es la sustancia de los cielos sombríos, brumosos y nublados, de las ruinas y de las tumbas descuidadas, de una vaga y apática [misty, lethargic] niebla que se mueve con la misma languidez que nuestro agachado y taciturno oír a un mundo desinteresado.

En cierto sentido, la pesadumbre es el contrapunto de la condena ─ lo que la futilidad es a lo pasado, la fatalidad es a lo último. La condena está manchada por la temporalidad ─todas las cosas llegan precariamente a su final─, mientras que la pesadumbre es la severidad del reposo, de todas las cosas tristes, estáticas y en suspenso, un humo disperso cerniéndose sobre frías piedras de liquen y húmedos abetos. Si la condena es el terror de la temporalidad y la muerte, entonces la pesadumbre es el horror de la inmovilidad envolvente [hovering] que es la vida.

A momentos me gusta imaginar que este solo entendimiento es la amenaza que conecta el cementerio de huesos Aghori5 y los poetas de la lápida.

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La canción del sueño.

Parafraseando a Schopenhauer: lo que la muerte es para el organismo, el sueño [sleep] lo es para el individuo.6 Los pesimistas duermen no porque estén deprimidos, sino porque para ellos dormir es una forma de práctica ascética. Dormir es la askesis del pesimismo. Si, durmiendo, tenemos un mal sueño, nos despertamos abruptamente, y los horrores de la noche se desvanecen repentinamente. No hay razón para pensar que no sucede lo mismo con el mal sueño al que llamamos «vida».

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Una vez, Cioran denominó a la música «la física de las lágrimas». Si esto es cierto, entonces quizá la metafísica sea su comentario. O su disculpa.

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¿Hay una música del pesimismo? Y ¿será tal música audible?

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El impacto de la música en una persona le empuja a poner su experiencia en palabras. Cuando esto fracasa, el resultado es una vacilación del pensamiento y el lenguaje, que es por sí mismo una clase de música. Cioran escribe: «La música lo es todo. Dios mismo no es más que una alucinación acústica7».

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A la idea musical de la armonía del universo corresponde el principio filosófico de la razón suficiente. Como la música fúnebre, el pesimismo da voz a la crisis nerviosa [breakdown] de la palabra y la canción. En este sentido, la música es la alusión del pensamiento.

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Notas.

1 Los «libros inspirativos» [inspirational books] refieren a una categoría clásica que guarda cierto parecido con los libros de autoayuda, si bien muestran una narrativa menos directa y más catártica (en el sentido griego de la katarsis). Se suelen citar como inspirational books, por ejemplo, “El alquimista” de Paulo Coelho, o “El secreto” de Rhonda Byrne.

2 Esta voz resulta en un juego de palabras que hace referencia directa a la clave musical, en el sentido del tono. La escala [natural] mayor de do (compuesta por las notas naturales do, re, mi, fa, sol, la y si), por ejemplo, es la más fácilmente reconocible, y la primera en aprenderse, pues se toma como referencia.

3 La voz misantropía proviene del griego μισανθρωπία, misanthrōpía. Se construye a partir de la partícula misos (odio o aversión) y anthropoi (ser humano); eliminando el anthropoi de la fórmula, sólo quedaría el misos, la aversión.

4 Traducimos por «no-acción», y no por «quietismo», debido a que la doctrina romántica de Schopenhauer tiene fuertes raíces orientales. Así, la voz transcrita como Wu Wei expresa esta idea en la filosofía taoísta. Por otra parte, el quietismo propuesto por el sacerdote Miguel de Molinos, popularizado en el siglo XVII, tiene un componente místico similar, si bien el objetivo es la contemplación divina. Sostenemos que el irracionalismo de Schopenhauer se acerca más al taoísmo.

5 Los Aghori son una rama de la religión y filosofía hinduista, cuyo nacimiento data del siglo XIV. En los estudios culturales antropológicos han llamado la atención por comer carne humana en algunos ritos, y por usar cráneos humanos como cuencos. http://www.aghori.it/aghori.htm

6 Capítulo 41 de “El mundo como voluntad y representación: complementos”: «La muerte misma no consiste, para el sujeto, más que en el instante en que desaparece la conciencia al detenerse la actividad del cerebro. La extensión de esa paralización a todas las restantes partes del organismo es propiamente un acontecimiento posterior a la muerte. Así que la muerte en sentido subjetivo no afecta más que a la conciencia. Qué sea su desaparición puede cada uno juzgarlo en cierta medida a partir del sueño. […] Yo creo que soñamos ya ahora mismo».

7 Así, y siguiendo a Nietzsche en “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, «las verdades son ilusiones que se han olvidado que lo son, metáforas que han quedado gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su imagen y que ahora ya no se consideran como monedas sino como un metal».