Artículos de opinión

#SinGobiernoSinNomina o la muerte de la indignación ciudadana

Corría el año 2011 cuando unos jóvenes decidieron protestar contra el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero a colación de la reforma laboral que había aprobado. Sin embargo, en esta ocasión los jóvenes decidieron quedarse a dormir en la Puerta del Sol. Casi un mes después, la acampada fue disuelta. Unos meses después, el Partido Popular de Mariano Rajoy conseguiría mayoría absoluta. El 15M había comenzado.

Tras éste, llegaron cuatro años de politización, con una huelga general de por medio, mareas ciudadanas de todos los colores, Stop Desahucios, Marchas por la Dignidad que supusieron un récord, Rodeas el Congreso en donde la policía, comandada entonces por Cristina Cifuentes, mostraba la violencia del estado contra el disidente. Las calles, por respuesta, ardían de indignación y de conciencias abiertas.

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En 2016 esta indignación parece haber no ya desaparecido, sino involucionado, a algo muy similar al embrionario 15M, pues éste, pese a provocar una dinámica que desembocó en la concienciación de un sector tradicionalmente dormido en España a partir del franquismo, como era la juventud, había nacido como un movimiento de características hippies y defensor de la antipolítica. De esta forma, nos encontramos hoy con un hashtag en Twitter que reza #SinGobiernoSinNomina y que defiende que, debido a que aún las Cortes no han elegido al nuevo gobierno, los políticos no deberían cobrar los más de 300 días que han transcurrido desde el pasado 20-D.

En esta empresa, podemos ver a algunos de aquellos que el 15M salieron a las calles impulsando una iniciativa conjuntamente con votantes de Ciudadanos o abstencionistas “desengañados”, en un perfecto ejercicio, no sólo de antipolítica, sino de precarización de ésta. De antipolítica, pues forma parte de un conglomerado de críticas sin fundamento a unos partidos políticos que están siendo profundamente coherentes con sus planteamientos (incluso Ciudadanos, coherente inmerso en su propia incoherencia) a la hora de apoyar o no a un candidato. Tomaran la decisión que tomaran (apoyar a unos, otros o ninguno), la crítica estaba redactada. Pero aprovechan el tirón de lo innegablemente esperpéntico de esta situación. Precarización de la política porque esta reclamación se encuadra dentro de una tradición muy propia de España de menosprecio de la vida política, con afirmaciones como “que cobren el salario mínimo” o “mucho cobran para lo que hacen”. Los sueldos de cualquier asalariado deberían defenderse no como un privilegio, sino como un derecho legítimo, sin excepción alguna. Menos aún, de quienes son los representantes de la voluntad ciudadana, manque pueda pesar.

En este caso, van aún más allá, demostrando, además, su total ignorancia del sistema político español: que no haya gobierno no significa que los diputados no trabajen. El Congreso, señores míos, no para. Y el Ejecutivo, tampoco.

 

Ésta es otra muestra más del agotamiento de una chispa que se encendió hace cinco años y que amenaza con apagarse definitivamente. Lejos quedan las propuestas políticas, las exigencias por un país más justo y digno, atrás quedan las preocupaciones sociales, las proclamas llenas de ideología, y España vuelve, al más puro estilo de los años 2000, a un alejamiento de la política que vacía de contenido cualquier proclama que se grite. Hoy, las “exigencias ciudadanas” responden a una absurda obcecación con el sueldo de los políticos, mañana, hablaremos de los coches oficiales. Y el lunes siguiente, parafraseando a Tip y Coll, “hablaremos del gobierno”. Del drama de la desigualdad, de la pobreza, de un medio ambiente destrozado y, por supuesto, del capitalismo, este mes tampoco toca.