Estado Español

Las estrategias de la manipulación en el discurso del PP

La manipulación mediática es un asunto generalmente espinoso de tratar en un medio de comunicación, por razones evidentes. Sin embargo, más llamativo resulta que los partidos políticos, basándose en las estrategias que se siguen en esas manipulaciones, transformen la retórica de sus discursos para amoldarse a sus potenciales simpatizantes. Porque esas estrategias, por norma general, están marcadas por los ritmos que ofrecen los medios de comunicación; los tiempos y los cambios que pautan los responsables de sostener las grandes masas de audiencia ─seguramente más por ensayo y error que de otra forma─ modifican en cierto sentido el estado mental de sus consumidores, formando las bases para establecer un relato más maleable y pragmático.

Las estrategias de manipulación mediática no tienen unas bases escritas; no existe un libro en el que se especifique qué debe hacer un interesado o un amarillista para mejorar su negocio. Justamente por eso, diferentes textos explican las líneas generales de la manipulación de formas distintas. Existe uno en particular, que se volvió viral y que se atribuye tradicionalmente al lingüista y activista americano Noam Chomsky. Se trata de las diez estrategias de manipulación mediática. No, seguramente el texto no sea de tal autor; pero lo cierto es que forma un esquemático resumen divulgativo de estrategias que se pueden reconocer de forma sencilla. De hecho, podemos rastrear esas ideas en el mismo discurso de Mariano Rajoy en el debate de investidura que tuvo lugar el otro día. Hagamos un repaso.

1. La distracción.
El arte de distraer, de confundir, de hacer magia; usar una cortina de humo; disponer de un tigre de papel. En pocas palabras: el arte de tapar la realidad. En los medios, los ejemplos más claros son los que muestran vagamente situaciones complejas y con muy diferentes intereses, como era el caso del conflicto en Ucrania; para tales momentos, casi nunca se explica con prudencia cuáles son las condiciones que han llevado al problema, o cuáles son los agentes políticos y económicos más inmediatamente responsables de ello. En el discurso general del Partido Popular, podemos tomar como ejemplo cuando se cita la estadística absoluta de asalariados por contrato indefinido/ temporal, y por otro lado se obvia que en el periodo Rajoy la relación en contratos por año no ha bajado del 65% ya en 2016. O cuando se obvia que el índice GINI que mide la desigualdad de riqueza (de 0 a 100) en la población de un país ha aumentado en España seis puntos.

2. Crear problemas para después ofrecer soluciones.
Una estrategia parecida se puede comprobar aquí; de hecho, parece complementaria. La creación de un problema (o de sus condiciones propicias) para la oferta de una solución pasa siempre por la necesidad de una credibilidad que legitime el paso final. En la televisión, el mundo del espectáculo se ha encargado de acostumbrarnos a inventar historias para crear resoluciones igual de ficticias. En el mundo de la política institucional, en cambio, el Partido Popular (igual que Ciudadanos) es más de usar a ETA como arma arrojadiza cada vez que puede. No importa que en 2011 cesara su actividad armada, porque Otegui estaba dispuesto a presentarse como candidato a las elecciones autonómicas del País Vasco. Por supuesto, ni el Partido Popular ni Ciudadanos mencionarán que fueron sus decisiones y su ideología las que durante décadas avivaron las llamas en Euskal Herria.

3. La gradualidad.
Resulta normal exponer una situación o una serie de decisiones de forma gradual, para evitar posibles reacciones indeseadas; es algo que casi todo el mundo prefiere en el trato personal. Ahora bien, en los medios de comunicación de masas se suelen presentar de esta forma algunos de los problemas a los que se enfrenta el mundo de hoy, como la inmigración «ilegal» ─ obviando, como antes decíamos, las causas y los responsables más y menos directos de estas trágicas situaciones. En la retórica del PP, como en la del PSOE, la necesidad de adecuarse al contexto ha impuesto la lógica de la gradualidad de modo continuado. Así, lo que en un principio era una «bajada del IVA» pronto se convirtió en una subida hasta el 21%, lo que comenzó como «no tocar las pensiones» luego era trastocar su fórmula de aplicación, y lo que primero era «no recortar los derechos a la Sanidad y a la Educación de los ciudadanos» terminó siendo una rebaja de 100 millones de euros en Seguridad Social y de 1.000 millones (un 31%) en Educación.

4. El aplazamiento.
Este punto, suele aclararse, apela a la aceptación de una medida que se ha aplazado ─especialmente, para hacerla entender como algo «doloroso pero necesario». Este es un medio exclusivamente político. El Partido Popular ha pretendido instaurar este relato con algunos recortes, pero especialmente con las pensiones (cuyo fondo, incorporado como previsión en el Pacto de Toledo, está siendo desmantelado por ellos) y con los «ajustes» que se negocian con Bruselas. Las instancias supranacionales con las que el Gobierno negocia su soberanía son a menudo una fuente de excusas inexcusables.

5. Tratar a la población como personas de poca edad.
No se trata sólo de cómo jugar mediante los tiempos o la credibilidad, como hemos visto; la verdadera magia de un relato tal y como lo entendemos aquí está en la forma de ese discurso. En este caso, hablamos del tono empleado para con el público ─el potencial votante o el espectador─, del trato con el que se dirige a él. A menudo, los medios apelan a la falta de inteligencia del público a través de los sistemas de normalización implícitos en el humor (mediante los estereotipos de género, raza, clase…). Con respecto a la política, Lakoff reconoce la gran distinción entre la forma del mensaje que pretenden transmitir conservadores y progresistas. En el caso del Partido Popular, el portavoz del grupo en el Congreso de los Diputados es el mejor ejemplo posible del complejo de padre al mismo tiempo prepotente y omnipotente. Quizá, el único personaje de su partido que puede hacerle sombra sea el ministro de Interior Jorge Fernández Díaz, con una actitud que roza la prevaricación.

6. Utilizar las emociones y no las razones.
El arte de apelar a las pasiones en primera instancia, y a las razones y los argumentos sólo como rehenes de aquellas; usar los rasgos primitivos de nuestra existencia animal para introducir en nuestra mente las ideas que sean convenientes. En los medios, en general, podemos ver claros ejemplos cuando se muestran «duras imágenes que pueden herir la sensibilidad», a veces con gritos indistinguibles de fondo; este grotesco y agresivo efecto audiovisual aletarga el sentido crítico con el que el oyente o espectador pueda abordar la situación. En España, alguna rama de las grandes productoras ha decidido hacer gala de su naturaleza simbiótica para aliarse con el discurso del Partido Popular ─y la derecha más reaccionaria, en general─, en este caso, por ejemplo, estableciendo unos extraños vínculos entre ETA, la CUP y Podemos. Pensar únicamente con las emociones, y no con la información y la argumentación, produce quimeras como esta, tan fácilmente desmontables al final.

7. Mantener a la población en la ignorancia.
Podría decirse que, al fin y al cabo, varios de los puntos que ya hemos descrito se condensan aquí. Lo cierto es que, si bien puede entenderse así, lo que verdaderamente incomoda a determinados políticos es que se le vean los colmillos de lobo. Colmillos históricos que tienen nombre, apellidos, y a veces hasta un número de referencia: Luis de Guindos con Lehman Brothers’ ─una de las entidades que desencadenó la desastrosa crisis financiera de 2008─, Miguel Arias Cañete con Dúcar y Petrologis ─dos compañías petroleras con las que el ex ministro de Agricultura y Medio Ambiente mantenía contacto como empresario particular─, o Ana Mato ─ex ministra de Igualdad que calificó un asesinato machista de «violencia en el entorno familiar»con la trama Gürtel. Como es lógico, a veces resulta difícil para algunos trabajadores de la comunicación informar de manera profesional: alrededor del 80% reciben presiones cada año. Que cuando un representante político finalmente denuncie esta realidad se quede con un palmo de narices y sea criticado por el colectivo profesional, sólo señala la situación de precariedad y miedo (o peor: ideología) a la que estos trabajadores se enfrentan.

8. Estimular a la población para ser complaciente con la ignorancia.
Quizá este sea el más doloroso de todos los puntos comentados, por mera impotencia. Lo cierto es que si un modelo de programa televisivo ha triunfado en España, ese es el formato Sálvame. Sus espectaculares índices de audiencia arrasan con creces, frente a todo rival ─y quizá con la única excepción del fútbol. Se podrían aducir diferentes razones para explicarlas: la forma de la pirámide de población en nuestro país, el franquismo, el posfranquismo, la conformidad que produce el Estado de bienestar… sí, es cierto: quizá las condiciones estaban ahí. Y desde Sálvame, el formato ha sido exportado con gran éxito al ámbito político; rara es la tertulia de éxito en la que faltan Eduardo Inda o Paco Marhuenda, ambos destacados por sus particulares estilos argumentativos, que no comentaré aquí; extraña es también la discusión ─formato Sálvame, es decir, a trompicones─ en la que no aparece alguno de los gurús del liberalismo ─véase: Juan Ramón Rallo, Daniel Lacalle, etcétera. Sin duda, las condiciones para la producción un pensamiento acrítico son buenas.

9. Coaccionar el sentimiento de culpabilidad.
Como el discurso insta a menudo a presuponer un comportamiento en el público con tal de invitarle a mostrarlo (como veíamos en los puntos 5 o 6), esto puede también usarse en diferentes direcciones. Suele decirse, por ejemplo, que las ONGs no solucionan nada realmente; y, se apele a lo que se apele, lo cierto es que el hecho de que busquen financiación fuera de los Gobiernos parece señalarlo bien. Lo hacen mediante anuncios, emitidos siempre al mediodía o al caer la noche, en horas en las que normalmente se acostumbra a comer, apelando así a la empatía del espectador de forma directa. Poco más o menos eso se hace en política cuando se culpa a España ─ni más ni menos─ de haber «vivido por encima de sus posibilidades», máxime cuando la crisis de 2008 fue provocada, fundamentalmente, por una burbuja financiera. Y de repente, la productividad es el problema (sin importar que el PIB no expresa sólo la economía productiva), que no es más otra forma de decir: búsquese un trabajo. ¿Os suena? Exacto: la lógica del padre estricto, del conservador de Lakoff.

Estos son sólo algunos de los ejemplos que pueden entenderse en el discurso del Partido Popular, tanto a corto como a medio plazo. Evidentemente, muchos de ellos pueden verse en otros partidos; algunos, en todos ellos. La estrategia política bebe necesariamente de las lógicas del discurso que se dan en los medios de comunicación, porque la política es comunicación, y no solamente gestión; y con esta comunicación y gestión está directamente relacionada la democracia y el debate argumentativo. No existe una cosa sin la otra.