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La actualidad de los clásicos literarios

Expuestos a la luz o escondidos en los rincones más insospechados de nuestro hogar, los clásicos de la literatura universal están ahí. Permanecen firmes al avance del tiempo hasta el punto de parecernos a nosotros, los jóvenes lectores, unos colosos implacables para el entendimiento e incompatibles con el ocio. Son libros de cuya existencia somos conscientes por muy de lado que los dejemos, y a veces querríamos leerlos pero otras nos repelen.

Quizá, que el primer contacto con alguna de estas momias literarias sea incómodo se puede justificar por la presión escolar sobre la vital importancia de su lectura. Nunca falla el profesor o la profesora de Lengua a los que les encanta mitificar las grandes obras en sus clases. Aun así este método de imponer los clásicos como lectura no da la sensación, a mi parecer, de conseguir su propósito: aficionar a adolescentes a su lectura.

También cabe la posibilidad de que esta sociedad –«la sociedad de consumidores» como diría el sociólogo Zygmunt Bauman– amoldada al funcionamiento de los mercados, funciona según una de sus lógicas: consumiendo los libros que están de moda, con prestigio social y que generan un amplio margen de beneficios. Aunque siempre –o no– ha existido la literatura de masas, fenómenos como “After”, “Los juegos del hambre” o “Crepúsculo” solamente se pueden entender debido a una extensión rápida y cuantitativa –pero no cualitativa– del alfabetismo junto a una banalización del  criterio lector a favor de los intereses económicos de la industria.

La diacronía por parte del sector juvenil puede venir influenciada por muchas otras motivaciones que no viene al caso enumerar. Pero, sin lugar a dudas, tanto la mitificación como las tendencias culturales dominantes en España son, al menos desde un conocimiento sensorial, dos de las razones más importantes por las que los libros de primera clase son apartados del día a día como si su lectura fuese anacrónica e inútil.

No cuesta mucho indagar por la red –os invito a ello, me es inviable mostrar todos los ejemplos que hay– y ver cómo adolescentes que leen casi a diario (incluso tienen inclinaciones por la escritura o por reseñar obras literarias en sus propios blogs) tachan a los clásicos de aburridos, densos, complicados, pasados de moda, sobrevalorados y un largo etcétera.

¿Pasados de moda? No tiene mucho sentido que desde un bando se afirme esto; pero por otro muy distinto, la crítica seria –los académicos y literatos que como Javier del Prado o M. Murguía dedicaron horas de su trabajo a la difusión y estudio de grandes autores como Marcel Proust o Ramón de Valle-Inclán–, los vistan de perennes y universales.

La actualidad de los clásicos, no hay que engañarse, no puede ser la misma que la que nos brinda una obra reciente. Eso es cierto. Las historias y personajes irán en relación a la época y sociedad en la que fueron escritos, pero como dijo Ítalo Calvino: «son libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado.»

Son libros que han sabido destacar dentro de su movimiento literario por su técnica o por tener un “efecto de resonancia”, adaptándose así no sólo a un público concreto en el tiempo y en el espacio; sino a un lector  (un conjunto de lectores, mejor dicho) de otra época y lugar que ha podido sentirse identificado con ellos, realizar paralelismos entre la realidad narrada y la suya, aprender algo nuevo o matizar un conocimiento ya sabido. Y esto no es algo exclusivo de obras viejas, si hurgamos concienzudamente vemos que otras más jóvenes como Juego de Tronos reúnen las mismas características.

La verdadera actualidad que pueda tener o no un ejemplar de Niebla, por poner un ejemplo, se concreta en el momento mismo en que uno se dispone a leer la nivola. Y varía. Por supuesto que lo hace, cambia según cuáles sean los ojos y la mente que realicen lectura. Y lo mucho que algunos o algunas sean capaces de entrever en la obra un brillo de eternidad, de similitudes o incluso goce; serán quienes mejor lo entiendan.

La única certeza que se puede sacar a la luz, después de todo, es que del mismo modo en que una obra se declara clásica, puede llegar un momento determinado en que deja de serlo: cuando es olvidada, descatalogada y ninguna editorial se molesta en reeditarla. Al final lo que dicta sentencia sobre los libros –clásicos, antiguos, juveniles o adultos– es su capacidad de producir ingresos o el empeño de algún hipotético colectivo que esté dispuesto a publicitarlos.