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Dadaísmo o la razón del absurdo.

“Gritad dada y os haréis famosos, gritad dada y alcanzaréis la dicha eterna, gritad dada y os liberaréis del periodismo, del gusano, de todo lo correcto, de lo moralizante, europeísta, enervante… ¡Gritad dada!” – Tuvieron que ser de alguna forma los gritos de aquellos anarquistas enfurecidos en la presentación del manifiesto artístico más brillante jamás pronunciado hasta la fecha.

Aquellos fueron los gritos de la vanguardia luchando contra la razón, las voces de intelectuales alimentados por las miserias de la guerra. Aquellos fueron los que se atrevieron a creer, o al menos un puñado de intrépidos decididos a dinamitar todo movimiento artístico conocido hasta la fecha.

Para todo aquel escéptico de orgullosas creencias, con demasiados prejuicios para entender, aquí os presento la que será vuestra corriente artística preferida:

El Dada o Dadaísmo, surgió allá por los inicios del siglo XX en la ciudad suiza de Zúrich, concretamente hizo acto de presencia en el Cabaret Voltaire, garito bohemio y lugar de encuentro para diversión y creatividad. Sus fundadores, Hugo Ball y Tristan Tzara, serían los orgullosos creadores de una corriente que defendería lo absurdo como el único lenguaje que pudiera revelar las verdades de la vida. Atrás quedaron la burguesía, la pomposidad y refinamiento. El Dadaísmo rompía con toda aquella falacia y les escupía en la cara las más agrias verdades cargadas de incoherencia e irracionalidad.

El Dada, según Ball,  es la intuición, lo estrafalario, lo ordinario, algo incomprensible. Puede ser un urinario como pieza principal en un museo (La Fuente, Duchamp) , el azar operando desde la mano del artista (Collage con cuadrados dispuestos según las leyes del azar, Hans Arp) o la basura expuesta en una galería (Revolving, Kurt Schwitters). Todo este manantial de irracionalidad rompió con el establishment artístico operando desde su propio seno e influyendo en generaciones posteriores como serían el Pop Art, el Arte Conceptual o incluso el Punk.

Pero, desgraciadamente, hoy en día pocos son los que utilizan el término dadaísta para referirse a una obra de arte. El genial movimiento artístico exhalaba sus últimos alientos cuando un destacado Dalí robaba todo protagonismo pintando sus relojes derretidos en lo que sería el emblema de un gigante como el Surrealismo.

Actualmente largo es el camino ya recorrido. Adiós dijimos a surrealistas, expresionistas abstractos, conceptuales, modernistas y demás dispares corrientes culturales y artísticas. Y aun así, sorprendentemente, el absurdo parece estar de moda. Como volviendo a resurgir de sus cenizas, los espíritus dadaístas emergen y envuelven nuevamente un mundo corrompido. Allá por el oeste, candidatos a la presidencia niegan cualquier evolución humana y, desafiando las teorías evolutivas darwinistas, retroceden en intentos de crear nuevos muros como fronteras en países, primeras potencias, cuyos ciudadanos con sus votos se asemejan más a simples primates. En otros lugares del mundo el anarquismo vive su renacimiento (dícese que existe un país en Europa que tras segundas elecciones y a camino de unas terceras sus ciudadanos siguen a expensas de un Gobierno). Una tal marca capitalista, vende móviles por 1.000 € y simples auriculares inalámbricos por la escalofriante cifra de 200 €. Irónicamente, hordas de compradores poseídos por una desconocida obsolescencia programada desechan todas sus posesiones y desesperadamente recorren los comercios en búsqueda de sus preciados juguetes. Mientras tanto el medioambiente parece ser un problema menor, de Venecia se cuenta que ha firmado ya su carta de despedida y de los casquetes polares dicen que lloran amargamente en sollozos apenas audibles.

Quizás, de ver tal absurdo mundo, Henry Ball y Tristan Tzara felizmente volverían a sus tumbas.

Allí estaréis mejor.

Atentamente, lo absurdo en su llamamiento y búsqueda de la razón.