Anticapitalismo Artículos de opinión

Bauman: La indiferencia cómplice del sistema

Caminar por las calles en Buenos Aires para ir a realizar un trámite, en busca de una nueva remera o sólo paseando, representa mucho más que una simple actividad transitoria. En este clásico cuadro que muestra centenarios edificios, famosos bares hijos de la oligarquía conservadora de finales de siglo diecinueve, avenidas repletas de Historia y monumentos a los creadores de la patria, también nos encontramos frente a un panorama impactante: el contacto directo con el abandono en primera persona.

En los bancos de las plazas, en las esquinas, en las estaciones de tren y de colectivo. La falta de interés está tan naturalizada en nosotrxs que aterra: ¿quién puede decir que visitó Microcentro y no vio una persona en situación de calle durmiendo sobre un colchón tirado en el insalubre suelo porteño? ¿quién se siente libre de afirmar que esperando el tren en Once o Constitución no se cruzó con algún menor o discapacitado pidiendo monedas para atender a necesidades básicas? ¿cómo se explica que no nos horroricemos frente a esta catástrofe diaria, de la cual somos conscientes y sin embargo no nos sentimos responsables? Y peor aún, ¿cómo es posible que existan personas que condenen y juzguen a los marginados sociales como “malos administradores” de su destino y de las posibilidades de la democracia?

En palabras de Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, este nivel de indiferencia frente a las calamidades visibles son producto de un sistema socioeconómico cuya existencia está basada en las desigualdades, en donde la esencia moral ha sido reconstruida en torno a la ética del trabajo. Como resultado obtenemos al proceso de adiaforización, definido como: “hacer que el acto y el propósito de dicho acto se vuelvan moralmente neutros o irrelevantes”.

Descomprimiendo lo anteriormente mencionado, la base de toda moral es la tendencia a sentirnos responsables por el bienestar de los desafortunados y sufrientes; sin embargo, la indigencia asociada al delito pareciera ser una forma de calmar ese impulso, y la mejor manera de argumentar en su contra. De esta forma, los pobres dejan de ser un problema ético y nos sacan de encima el peso de la responsabilidad, sin sentir culpa por faltar a los deberes humanos.

Según Bauman, este efecto en la vida contemporánea se logra mediante tres recursos interconectados, que se pueden ver en práctica mediante los medios masivos de comunicación:

  1. El dato que muestra lo que necesita ser probado. Un claro ejemplo de esto son los contados casos que se televisan de personas nacidas en villas miseria y que, aunque estén representando a un 1% de la población, parecieran no estar afectadas por las pésimas condiciones en las que les tocó nacer. Sea porque se esforzaron y mostraron mérito para obtener lo que buscaban, o porque ya vinieron al mundo con cierto “talento natural”, consiguen escapar de esa realidad en las que les tocó vivir sin afectar a terceros y por motu proprio. Se deja en evidencia, entonces, la existencia de alternativas que los pobres -por falta de decisión o voluntad- parecen dejar pasar.
  2. La pobreza vista únicamente como carencia alimenticia. Se plantea la pobreza desde una visión de escasez alimentaria, en la cual las privaciones quedan reducidas a la falta de alimentos, limitando la ayuda a encontrar comida (y ropa) para los que tienen hambre, cuando las carencias que sufren los desposeídos son mucho más complejas como padecimiento de enfermedades, analfabetismo, pésimas condiciones de vida, violencia familiar, etc.
  3. El desastre como espectáculo y amenaza. Se comparten imágenes mediante los medios masivos que adjudican la pobreza a catástrofes naturales o guerras; de esta manera pareciera que el peligro se encuentra lejos, en un mundo ajeno y sin salvación, dejándonos (supuestamente) sin margen de maniobra para ayudar estando en nuestras casas.

La suma de estos factores nos permite entender como llegamos a ser indolentes frente a la pobreza que nos pasa por al lado, pero ¿cómo podríamos combatir esta amenaza interna que nosotrxs mismxs dejamos crear?

En primera instancia, no ser indiferentes. Preguntar, indagar e informarse jamás está de más. Detrás de cada persona en situación de calle hay cientos de historias y de emociones que necesitan ser escuchadas y descargadas. Hoy día hay diferentes ONGs intentando paliar la consecuencia más crítica del sistema mediante talleres, comedores, actividades deportivas y apoyo escolar, intentando acercar la ciudadanía a los olvidados.

Y en un segundo lugar, y no menor, debemos vencer prejuicios impuestos. Porque la única finalidad que tienen es la reproducción de la desigualdad y el egoísmo innato en el capitalismo. No querer darle un mísero centavo a un desocupado que pide en el colectivo, por el absurdo prejuicio de pensar que lo gastará en adicciones, es la representación del ideal vacío que nos inculcaron los medios masivos, porque no nos cuesta demasiado salir de la abstracción instalada para ver que una persona que nació en un hogar inestable y de bajos ingresos no tiene las mismas posibilidades que otrx nacidx en cuna de oro.