Feminismo La Partisana

NUESTRO CUERPO, NUESTRO TEMPLO

Han pasado ya ocho meses desde la última vez que me depilé y decidí que por el momento no lo volvería a hacer. Aunque la decisión la tomé en ese momento, desde hace algunos años ya había conseguido que me entrara en la cabeza aquello de que no tengo la necesidad de depilarme si no es lo que quiero.

La idea de no hacerlo me atraía, pero no me atrevía a llevarla a cabo. Recuerdo que empecé a depilarme cuando tenía doce o trece años. Ha llovido mucho desde entonces. Fui inducida por mi madre, puesto que ya alguna que otra persona había percibido que tenía más pelos en las piernas y en las axilas – entre otras zonas – de los normativamente concebidos como correctos para una mujer como yo.

Podría decir que cuando empecé dicha rutina, me hice dependiente en cierto modo de la depilación. Si iba a la playa o a cualquier otro sitio donde el atuendo necesario fuese un bañador o bikini, sufría si me había crecido de nuevo el bello de las piernas o el de la ingle. Si tenía la oportunidad, me depilaba antes de ir a determinado lugar. Si no, intentaba a toda costa que nadie lo percibiera. La incomodidad en su plenitud me invadía cuando eso ocurría.

Pasaron varios meses hasta que fue reconocible a simple vista el hecho de que había dejado de arrancarme con bandas de cera el vello corporal.Cuando mi madre lo percibió, me sugirió que hablara con la chica que me pasaba dichas bandas desde los doce o trece años para que lo hiciera. Evidentemente – puesto que ya había tomado la decisión de no volver a hacerlo por el momento –, me negué, y ella no se lo tomó de la manera en la que a mi juicio debería. Se alteró un poco y me advirtió de que aunque yo no quisiera, ella concertaría la cita por mí, y que no me quedaría otra que ir. Ambas irritadas, casi tanto como la piel tras la depilación, mantuvimos varias discusiones hasta que al final mi madre acabó cediendo.

Por otro lado, no me faltaron – ni me faltan – los comentarios acerca del vello que afloraba en mi cuerpo por parte de amigos y conocidos. Al hablar con alguna que otra persona a la que hacía tiempo que no veía y contarle acerca de mi decisión, no faltaron los gestos de sorpresa o incluso las burlas.

En conclusión, sé que es un paso muy difícil y, obviamente, es totalmente respetable que una de nosotras decida depilarse o por el contrario, cortar con dicha práctica. Lo imprescindible es que aprendamos a estar cómodas con nuestro cuerpo, que no tengamos que depilarnos por vergüenza, que lo hagamos por comodidad si así lo queremos. Es cierto que nadamos a contracorriente, pero si conseguimos querernos a nosotras mismas, podemos ayudar a que otras mujeres se quieran tal y como son, podemos hacerles ver que no están solas en sus decisiones, sean cuales sean.

Que nuestro cuerpo sea nuestro, nuestro templo. Que solo nosotras podamos decidir sobre él, y que podamos disfrutar haciéndolo.