Artículos de opinión

¿Mi camisa es contrarrevolucionaria?

¿Y si lo realmente transgresor es vestir con rastas, con crestas, con piercings…?
¿Y si lo realmente revolucionario es que las mujeres no nos depilemos?
¿Y si lo realmente antisistema es, en sí, ir en contra del sistema?

Llevo varios meses con la mosca detrás de la oreja.
Durante la campaña electoral de junio, una imagen de un grupo de jóvenes revolucionarias -nótese el femenino inclusivo, también había hombres- hizo que un escalofrío recorriese mi piel. Su foto formaba parte de una galería que llamaba a tomar las calles y las urnas, querían conquistar el presente y el futuro. Pero algo no me acababa de convencer.
Llevaban polos y camisas, llevaban camisetas con estampados de moda, ellos tenían el pelo corto y la mayoría de ellas iban maquilladas. ¿¡Y QUÉ!? ¿Qué pasa, que no podemos vestir bien y ser revolucionarias? ¿No podemos escuchar a Lady Gaga o a Ricky Martin? ¿No podemos ver Sálvame o La que se avecina?

Hasta ese momento tenía claro que sí podíamos hacer esas cosas. Para hacer la revolución necesitamos muchas manos, y para llegar a esas manos, debemos nutrirnos de lo que se nutren las mayorías. Siendo un sector marginal de la población no cambiaremos la sociedad y, sinceramente, hemos llegado a un punto en el que es profundamente necesario cambiarla. Debemos leer a Marx, pero no debemos olvidar salir con nuestras amigas de toda la vida, y ver el fútbol, y cenar con nuestras familias en Navidad, porque es en esos espacios donde se puede construir, porque es a las personas no convencidas a las que hay que convencer. Y a las que hay que escuchar. Siempre hay que escuchar.
Todo eso lo tenía claro hasta que vi aquella foto. Siempre me había sentido orgullosa de arreglarme para ir a las manifestaciones, al contrario de lo que hacían mis compañeras. Siempre había pensado que lo mejor para hacer ver que cualquier persona puede luchar por la igualdad y la justicia era ser como…cualquier persona. Seguir a la corriente estéticamente pero, a su vez, pensar de un modo distinto, querer ir más allá, tener espíritu crítico, molestar al poder, molestar al sistema. Pero entonces me vino la gran duda: ¿yo molesto al sistema lo suficiente? ¿Molestaría más al sistema si no me depilase? ¿Molestaría más al sistema si llevase ropa alternativa? ¿Molestaría más al sistema si fuese una mujer rapada, o con una cresta verde? Podría pensar exactamente lo mismo que pienso hoy, pero ser una persona totalmente distinta por fuera, y la gente me leería de un modo distinto. Para muchas, sería una radical. Para mí, sería una persona coherente con lo que defiendo a diario. Nadie puede huir de todas sus contradicciones, pero sí podemos minimizarlas, y ser estéticamente rebelde minimizaría mucho las mías.

¿Podemos escuchar música comercial, con letras que no reivindican nada? ¿Podemos, incluso, escuchar canciones sobre amor romántico? ¿Podemos tener relaciones monógamas? ¿Podemos casarnos por la iglesia? ¿Podemos siquiera casarnos?
Claro que podemos pero, ¿y si entre todo esto hay personas que llegan a un punto en el que se alejan totalmente de la transgresión y empiezan a, simplemente, hacerle cosquillas a lo establecido? Debemos aceptarnos como parte del sistema y decir “eh, yo también puedo llevar tacones”, pero tal vez antes de abrazar nuestras contradicciones debamos pasar por una fase crítica de quemar sujetadores y renunciar a las injusticias, gritarlas a pleno pulmón y señalarlas con el dedo. Tal vez antes de sentirnos orgullosas de nuestras opresiones, debamos dejar claro que nos están matando. Tal vez.