Cultura Estado Español

El alma del olivo: 80 años desde el asesinato de García Lorca

Es difícil escribir un artículo a la altura de la dignidad que impone una figura como Federico García Lorca. El recuerdo de su asesinato, hace hoy ochenta años, contribuye a permitirnos recordar cuál fue la España que, con la verdad y la democracia en la mano, resultó finalmente vencida por la sangre y el polvo. No es nunca cosa de caer en los errores que suele traer el influjo de la literatura y la historiografía del régimen franquista, que impuso con cierto éxito la falsa idea de que la Guerra Civil fue una suerte de guerra entre hermanos, de error garrafal cuya culpa no la tenía nadie ─ si es que no la tenían los demócratas y los republicanos, según las versiones más clásicas; en cambio, la sangrienta guerra que descompuso a la razón de la República vino solamente de la mano de un conjunto de hombres con fusiles, alineados con el eje fascista y nazi, cuya alianza habría de darles realmente la victoria militar.

El asesinato de García Lorca, pues, funciona como la metáfora de una situación terrible. Como a veces se dice, Lorca fue fusilado «por republicano, por homosexual y por poeta». Sí y no. En cualquier caso, podemos simbolizar así las tres Españas que se fueron en aquella Guerra Civil: la republicana, de signo legal y demócrata, en una difícil situación de continua crisis social, política y militar; la España que tenía la oportunidad de trascender esos límites y vivir en sus propias carnes un qué dirán que no tenía que obedecer a lo considerado como normal; y un país culto, que comenzaba a abrir de forma masiva bibliotecas y escuelas, creando una conciencia clave de sí mismo. No sólo de pan vive el hombre.

No estamos hablando de un poeta alejado de las preocupaciones cotidianas de su gente, de su pueblo. El inspirado proyecto teatrístico «La Barraca» es una de las mejores expresiones de sus preocupaciones políticas, que expresaba la clásica mezcla de gran parte de la Generación del 27 entre elementos de «lo culto y lo popular». O, como señala Ian Gibson en El asesinato de García Lorca (Ed. Plaza y Janés, 1997, página 17), el autor «no perdería nunca su interés por los problemas de América Latina, y en muchas ocasiones expresaría su solidaridad con los revolucionarios»; su adhesión al manifiesto de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, entre otros tantos de posterior firma, es buena prueba de ello. En definitiva, lo que tenemos que recordar es a un poeta embarrado en el fango de su propia esencia poética, con la piel manchada de lo más hondo de sí y de su mundo rural: el de la mujer y el de los trabajadores.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Fragmento de La aurora de Nueva York, de «Poeta en Nueva York».

A pesar de que la orientación sexual de Lorca, de necesaria importancia dada la situación de su momento, no es verdaderamente conocida, sí es cierto que fue una de las principales «acusaciones» que recibió desde líneas falangistas ─ junto con la adhesión al republicanismo y el compromiso que sus conocidas obras presentaban; en el estreno de Yerma, por ejemplo, acudieron falangistas para reventar la obra, que consideraban «inmortal, blasfematoria y anticatólica». La tesis fundamental de la historiografía franquista pasaba precisamente por la creencia de que «García Lorca habría sido víctima de una secreta rivalidad homosexual entre el propio poeta, Ruiz Alonso, el pintor granadino Gabriel Morcillo y Luis Rosales» (Gibson, página 256). El primer informe oficial sobre su muerte, fechado sin embargo en 1965, le atribuía igualmente «prácticas de homosexualismo»; al menos, se reconoce que fue «pasado por armas». La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica no ha podido acceder a mayor documentación, sin embargo, a pesar de que el Ministerio del Interior cuenta con ella.

Con ello, no dejaba de tener énfasis la poesía: la Generación del 27 se caracterizaba, justamente, por ser un grupo de amigos, cuya fama y reconocimiento se ven patrocinadas especialmente por las antologías de Gerardo Diego ─ de ahí que, a pesar de respetar fácilmente la orientación sexual de compañeros como Luis Cernuda o el propio García Lorca, no representara con ellos a sus mismas compañeras, las sinsombrero. La adhesión a causas comunistas también le valieron sus problemas propios a compañeros ya clásicos, como Alberti, Emilio Prados o Cernuda. El mencionado Rosales, en cambio, vivía una situación casi privilegiada, en ese sentido. Aunque con una fuerte discusión consigo mismo, el poeta hubo de unirse a la Falange por presiones políticas y para la tranquilidad de su familia, afiliada por entero al partido. El ambiente en su casa, sin embargo, no pasaba de ser sino de preocupación, y lo cierto es que no se apuntaban maneras estrictamente autoritarias; el mismo García Lorca pasaría unos días allí, al recibir noticia de su búsqueda por parte de los sublevados.

Las motivaciones del asesinato de Lorca no eran otras que las del terror, de modo que se cumpliría lo que hemos situado como la metáfora de la situación, que finalmente desembocaría en una Guerra Civil cruel y sangrienta ─especialmente del lado sublevado─ y en casi cuarenta años de dictadura. La ciudad de Granada se tomó el 20 de julio, tras Sevilla y Córdoba; el golpe se produciría con tan solo unos millares de rebeldes, pero con armas y experiencia de combate ─ con el regimiento de Infantería, la Guardia Civil y la de Asalto con los sublevados. Desde el comienzo se redujeron a las pocas fuerzas leales al Gobierno de la República, con el general Campins a la cabeza, y se le hizo firmar un comunicado sumamente confuso, que no era sino otro punto de la estrategia de las tropas rebeldes para hacer creer a los obreros ─contra los cuales dispararían tan solo unas pocas horas más tarde─ que el Ejército se había sublevado, de algún modo, «en defensa de la República, y no para destruirla». Para el bando anticonstitucional, todo obrero que no se uniese a sus tropas era tildado de «marxista» y fusilado o enviado a la cárcel.

Con estrategias engañosas, pocos fueron los que se resistieron a las Guardias sublevadas. En la ciudad de Granada, siguiendo con el relato, la resistencia republicana se parapetó como pudo en las calles del barrio del Albaicín. Con pocas armas y esperanzas, recibieron un ultimátum por parte de los facciosos, justo después de que estos publicaran un comunicado que acusaba a los resistentes de haberse levantado contra la República que en realidad defendían. La mayoría de las mujeres y los niños se rendirían a los avisos, yendo a parar a un campo de concentración; las gentes que quedaron serían avasalladas por los cañones y los aviones de caza. La tímida resistencia caería al mismo día siguiente, cuando el periódico Ideal, tomado por los sublevados, se burlaba de los esfuerzos de su débil contrafuerza obrera. Acto seguido comenzaría en la ciudad una fuerte y sangrienta represión contra cualquier tentativa republicana de retomarla, y en especial contra los intentos de cualquier clase de organización de los trabajadores del municipio; sólo ese mes, fueron fusiladas más de 500 personas; en adelante y hasta el final de la Guerra Civil, allí serían fusiladas más de 5.000 (Gibson, página 135). También serían fusilados muchos de sus hijos, «para acabar con la simiente roja».

Este iba a ser el escenario con el que se debía topar García Lorca. Cuando comenzó el golpe de Estado, el poeta estaba en la Huerta de San Vicente, una propiedad de su padre situada a las afueras de Granada. La casa, igual que muchas otras, estaba vigilada; la familia había sido acusada varias veces de «roja», y se había extendido el rumor de que Lorca era un «espía ruso». En esta situación, llamó a su amigo, Luis Rosales, que acudió al poco rato. Tras considerar «pasarle a la zona roja», se decidió finalmente que se refugiara en la casa de su compañero. Cuando un grupo de hombres fue a buscarle, él ya se había marchado; su hermana Concha, sin embargo, tras haberse detenido a don Federico padre y haber sido amenazada ella, le descubrió al grupo dónde estaba su hermano. Lorca pasaría cerca de una semana allí, tras la cual le irían a detener. La casa había sido rodeada por las dos calles por hombres armados de la falange; se despediría de sus compañeras, Luisa Camacho y su hija Esperanza Rosales, diciéndole: «no te doy la mano porque no quiero que pienses que no nos vamos a ver otra vez». Era la tarde del 16 de agosto.

En el edificio del Gobierno Civil, donde García Lorca fue recluido hasta la saca para su asesinato, los Rosales, acompañados de otros falangistas de cuadros superiores ─en especial, Cecilio Cirre─, trataron de liberar al poeta. Valdés, el gobernador civil, se negó a poner en libertad a Lorca, bajo la falsa excusa de que ya no se encontraba allí. Dudando de qué hacer con un escritor de gran fama como era su detenido, probablemente contactaría con Queipo de Llano, quien le aconsejaría darle «café, mucho café» (Gibson, página 218). Esa misma noche, el martes 18 de agosto de 1936, sería trasladado en coche hasta Víznar, pueblo a unos nueve kilómetros de Granada; el puesto militar, de gran importancia estratégica, era lugar donde comúnmente se fusilaba a republicanos, que más tarde serían considerados «desaparecidos»: los partes oficiales solían señalar muertes por causas ajenas a las autoridades. El caso de García Lorca no es una excepción: su parte de defunción especifica que falleció «a consecuencia de heridas producidas por hecho de guerra».

Sin embargo, precisamente debido a lo que hemos comentado en los anteriores párrafos, Lorca no fue ningún caso un ejemplo paradigmático; el carácter simbólico de su figura concreta puede servir para ilustrar la España que pudo encarnar la Segunda República, pero su muerte parece convertir a la democracia republicana en una mera derrota a manos de las armas y la sinrazón. Como afirma el psicólogo chileno Cottet, «los monumentos de memoria instalan a las víctimas como derrotados, sus proyectos políticos cercenados desaparecen y su lucha y su sacrificio queda subsumido a la condición de víctima que, como tal es funcional a la estructura social. La sociedad necesita un grupo de personas a las que designar víctimas para oficializar los ritos y ceremonias de la catarsis, el perdón y la impunidad. Una sociedad que surge de la violencia necesita víctimas inmóviles y dolientes como espejo y arqueología cosificada del pasado, en una historia que sólo permitirá un análisis unidireccional de lo ocurrido, en donde no cabe su reivindicación como luchadores. La sociedad les admite y “repara” sólo en cuanto a derrotados» (en El concepto de víctima, Rodríguez González, página 41).

En ese mismo sentido, la asimetría con la que se suele abordar la cuestión de la Guerra Civil sólo obedece a propósitos ideológicos, al miedo constante ─todavía latente en las generaciones que vivieron la posguerra─, a una lógica que formó la propaganda del régimen franquista, que no murió con Franco. Lo que queda, cuarenta años después de la muerte del dictador, es una democracia sin su correspondiente memoria ─ una población que se quiere desideologizada, cuyos planteamientos tienen demasiado que ver con un mundo que, para desgracia de los caídos entonces y después, no ha acabado todavía. Lo que hoy vive la España que entonces vivió aquel golpe de Estado y aquella Guerra Civil, no es tanto una democracia ─como sí fue la Segunda República que rompieron con pólvora y sangre─, sino más bien un posfranquismo. Y el modo en que hemos de entender nuestra historia social y política ─nuestra propia identidad nacional, en última instancia─ es también a través del asesinato de los republicanos y los demócratas, como García Lorca.