Artículos de opinión

Cuando la izquierda se convierte en una parodia de sí misma

“Somos comunistas, no templarios con voto de pobreza”, cantaba el Nega en 2011. Se lo cantaba a una derecha empeñada en despojar a la izquierda de toda propiedad privada, ignorante de que lo que el comunismo perseguía era, precisamente, que todos los obreros tuvieran el capital suficiente para comprar lo que quisieran con el fruto de su trabajo.

Sin embargo, cinco años después, no sólo la derecha no ha cambiado sus eslóganes tramposos, sino que la izquierda, acomplejada y tras cuatro décadas de la más pobre de las austeridades, ha acabado interiorizando que, efectivamente, el comunismo es poco menos que una religión en donde cualquier desmán es un vicio pop. Esta izquierda acomplejada, a diferencia de la derecha, no echa en cara que tengas un iPhone o unas Ray-Ban, sino que va aún más allá, adelantando por la derecha el reaccionarismo de los sectores más conservadores.

Estos días hemos sido testigo de ello a colación de la boda de Alberto Garzón, líder de Izquierda Unida. ¿El motivo? ¿Que Garzón apoye, con ello, una institución caduca y burguesa como el matrimonio? Ingenuos: el motivo de disputa es que la revista Hola!, conocida por los reportajes sobre bodas de celebrities, haya dado la noticia en su web y que el propio diputado suba fotos con su novia a Instagram de forma regular. Esto, según los planteamientos de la izquierda más reaccionaria, es inconcebible, es espectacularización de la política, puro show. Nada importa que el propio Garzón tan sólo anunciara el compromiso por sus redes sociales personales -como hace todo joven de 31 años- y no mediante una exclusiva a una revista del corazón. Lo verdaderamente trascendental es: ¿qué hace alguien de izquierdas aireando su felicidad, renegando de la austeridad de la izquierda, pareciéndose un poco al pueblo al que pretende representar?

Imagen de la cuenta de Instagram personal de Alberto Garzón, en donde anunció su inminente boda
Imagen de la cuenta de Instagram personal de Alberto Garzón, en donde anunció su inminente boda

¿Qué hace alguien de izquierdas saliendo en Vanity Fair -como hizo el propio Garzón o Pablo Iglesias- cuando todo el mundo sabe que los obreros en España leen el Pravda? Y, lo más importante: ¿qué hacen sonriendo, con la de revisionistas que hay por ahí diciendo que son comunistas? ¿Acaso no deberían estar persiguiendo el reformismo y poniendo tweets (muy revolucionarios) en vez de subir fotos con su novia?

En una entrevista, Pablo Iglesias, en referencia al rapero Pablo Hasel, decía que “lo peor que le puede ocurrir a alguien de izquierdas es convertirse en la peor caricatura que construyen los enemigos de la izquierda, los anticomunistas […]: arrogantes, minoritarios, marginales”. Hoy, cito las palabras del líder de Podemos a colación de quienes pretenden ser la vanguardia de un pueblo al que no conocen, al que no se parecen ni en el blanco de los ojos y, lo peor de todo, de un pueblo que les desprecia.

A fin de cuentas, quizá tanta arrogancia, tanto debate estéril siempre entre los mismos cuatro contertulios cuya labor es darle palmaditas en la espalda al de su derecha, y tanto desprecio, no esconda sino la estupefacción de quienes han descubierto que en España se puede ser de izquierdas y ser uno más del pueblo. Todo ello en un país en el que el pueblo es de derechas mientras la izquierda habla de unos obreros que ni le votan ni le apoyan y, más aún, la desprecian por ese aspecto a marginalidad rancia que tanto acusa, pues la cueva de la clandestinidad se abrió hace 40 años, pero la pobreza del clandestino y el miedo de articular una mayoría del oprimido sigue sumiendo a la izquierda en la más profunda de las oscuridades.

Si tan de izquierdas eres, no sonrías tanto. Ni te enamores. Concede sólo entrevistas a medios de comunicación obreros. Habla como la inmensa minoría de tu país. Avergüénzate de tu propio país, ríete de él, del catetismo de su pueblo. Habla de tal forma que tan sólo te entiendan quienes ya están concienciados y, ¿hegeomía cultural? Eso son chorradas de Errejón. Ah, no. Que es de Gramsci.

“Pero me hacen pensar que algo haré mal si se empeñan más en hablar de ropa que de mensaje”, cantaba Toni Mejías, acompañando al Nega en la canción con la que comenzábamos el artículo. Y es que quizás, tanta pose, tanto engreimiento fingido, tanta marginalidad es tan sólo el resultado de quien se siente más cómodo hablando “de ropa que de mensaje”.