Antifascismo Estado Español

Cortasteis 13 rosas pero no detuvisteis la primavera. 5 de agosto de 1939.

Madre, hermanos, con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar. Cuidar a mi madre. Me matan inocente, pero muero como debe morir una inocente. Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada.

Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija, que ya jamás te podrá besar ni abrazar. Besos para todos, que ni tú ni mis compañeros lloréis.

 

Que mi nombre no se borre en la historia.

 

Así se despedía Julia Conesa Conesa de su madre y sus hermanos en el año 1939. Pese a su serenidad, pese a su coraje y a una heladora madurez, tan sólo tenía 19 años. En la guerra, sin embargo, cada año que cumples vale por tres. Echad cuentas. Y junto a ella, otras doce mujeres murieron como mueren los mártires, con la dignidad a la que no hace honor el frío suelo y el desnudo paredón que les vio caer aquel 5 de agosto de hace ya 77 años.

Aún se oyen las carcajadas de los militares fascistas al ver cómo, una a una, iban cayendo las trece jóvenes cuyo único delito fue ser socialista. Aún resuenan en los oídos de nuestro país el desplomarse de las trece jóvenes, serenas, serias, seguras. Y aún sangran las endebles costuras de nuestra democracia, aún llora la historia y, haciendo honor a Julia, aún sigue su nombre grabado con fuego en la historia de un país que mira hacia atrás con el mismo orgullo que desprecio. Orgullo por los mártires de la democracia, por el ejército improvisado provisto de quienes sólo sabían portar una hoz o un martillo; por aquellos que salieron su casa, sabiendo que morirían “por ser una persona honrada”. Desprecio por sus matarifes, por los asesinos. Por los fascistas que se levantaron contra los anhelos de un pueblo y masacraron a quienes decían que querían proteger. Desprecio a los genocidas que nuestro pueblo ha dado y por todos aquellos hijos, nietos y bisnietos intelectuales que éstos parieron durante los siguientes 36 años y que aún, hoy, sustentan el gobierno de un país podrido hasta el tuétano.

Sin embargo, entre las catacumbas de España, en medio de la ciénaga de odio y sangre que inundó la historia de nuestro país, existe sitio para la luz, para el aroma de las rosas, las trece jóvenes que dieron su vida por hacer de nuestra vida, más de 70 años después, algo que valiera la pena. Si fracasaron o no es algo que tan sólo nosotros, hoy, podemos decidir.

Aquel 5 de agosto murieron Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García y Luisa Rodríguez de la Fuente. La más mayor, Blanca, tenía 29 años y era de derechas, aunque fue relacionada con un joven comunista; las más jóvenes, Luisa, Victoria y Virtudes, acababan de cumplir la mayoría de edad y eran las tres militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas.

“Quiero en estos momentos tan angustiosos para mí poder mandaros las últimas letras para que durante toda la vida os acordéis de vuestra hija y hermana”, comenzaba una misiva, escrita por Dionisia Manzanero, cuya frialdad se confundía con la de aquella capilla a la que fueron confinada las jóvenes para confesar sus pecados y escribir unas últimas palabras a sus familiares y amigos. “No muero por criminal y ladrona, sino por una idea”, relataba.

Pero las ideas, como escribió Sarmiento en su exilio a Chile, no se pueden matar. Y sí, los cuerpos de las trece rosas siguen muertos, pero los ideales por los que fueron asesinadas, hace setenta y siete años, siguen más vigentes que nunca. Con este homenaje, no queremos sino recordar a esas trece rosas que, con su ejemplo, con sus principios, con sus ideas, dieron rienda a toda una primavera.