Artículos de opinión Internacional

Y en ese claroscuro, surgen los monstruos…

Decía Zizek que una de las grandes bazas que podían jugar los comunistas, a día de hoy, es que el sistema les necesita. Les necesita para entenderse a sí mismo, para configurar su lógica mediante la lógica de resistencia de la asociación; les necesita para no colapsar. Pero hoy en día, esa lógica ya no es capaz de responder a los problemas que se plantean: colapso medioambiental, emergencia del decrecimiento, grandes redes de trata de personas, el inmenso mercado del narcotráfico… son problemas que enfrenta un sistema capitalista que ha logrado abarcar en su mercado muchos de los grandes problemas que asolan a la humanidad. Y frente a esta mercantilización absoluta de la vida pública y privada, no existe una alternativa articulada de manera eficaz.

Si queremos tomar a Tólstoi, él nos hablaba de la regeneración del hombre interior; y con él, otras figuras del pensamiento. Las teorías de Marx guiaron a Trotsky y a otros a repensar el futuro del «perezoso» homo sapiens, de la misma forma que Pico della Mirandola proclamaba la llegada del homo nuovo del renacimiento, o Nietzsche anunciaba la caída de Dios y la llegada del rayo, del übermensch. El ‘Che’ se ajustaba más a las influencias aristotélicas de Marx, y exigía la praxis continuada de una vida nueva para construir verdaderamente al hombre nuevo.

Todas estas ideas no construyen sino una tensión entre una vida social que es, que se da efectivamente y que moldea la conciencia de los individuos a los que constituye, y el sentido de la tierra propio de cada una y que posee por el mero hecho de ser humana: nada podría mercantilizar nuestra propia naturaleza. Esto es algo que tenemos que tomar para entender el mundo, porque construye nuestro modo de entender la realidad. Pero precisamente por eso, hay que comprender cuáles son verdaderamente las condiciones subjetivas que nos atraviesan, y que permiten entender nuestro lugar en el mundo, y con ello las posibilidades de formar una lógica de resistencia ─sí, esa que habíamos dicho que a día de hoy no existe.

Una nueva socialdemocracia puede crear efectivamente las condiciones discursivas para ello; pero tiene que apropiarse por entero de lo que ahora se da en llamar la «centralidad del tablero», y que no es otra cosa sino que el «sentido común», o mejor, la disciplina normativa. Y sólo tiene, para ello, una oportunidad. Lo que viene a continuación, en tan sólo unas décadas ─en unos años incluso─ es o la mercantilizacion de todos nuestros valores, de toda nuestra realidad, o la tendencia al sentido de la tierra humano. Lo que viene a continuación es una posibilidad doble: o un mundo para las minorías privilegiadas, o un mundo para todas; o un mundo para los banqueros y los grandes empresarios, o un mundo para nuestras estudiantes, panaderas, biólogas, barrenderas, campesinas, camareras, poetas, pianistas…

Esta nueva socialdemocracia tiene que tener a su lado un pueblo fuerte, unido y diverso; no podrá establecer las condiciones de un mundo mejor si no es así. Y el lento desmoronamiento del Estado de bienestar (y posteriormente en su confianza) es el rayo que anuncia su sola y única oportunidad; lo que nos sucede es un pisar firme, o un caer. Y las huellas de esta socialdemocracia, que sólo tienen sentido en los Parlamentos nacionales, deben dar respuestas correctamente articuladas y efectivas a los problemas de su tiempo: no podrá hacer un mundo mejor sino a partir de este. Las líneas maestras de uno de mis autores de cabecera lo dicen claro: el libre desarrollo de cada uno será la condición para el libre desarrollo de todos.