Artículos de opinión

Por qué soy comunista

Las etiquetas están a la orden del día. Esta campaña electoral ha acusado mucho su uso (en realidad, esto lleva sucediendo desde la creación de Podemos), pero la figura del estereotipo es tan antigua como los roles. Sucede algo con las etiquetas, sin embargo, y es una confusión antigua, que se remonta quizá a esa ambivalencia que hemos marcado antes entre el estereotipo y la etiqueta. La discusión, no carente de matices, puede referirse a la pregunta: ¿es la etiqueta la que determina el conjunto de valores que se oculta detrás (estereotipo), o es más bien la serie de valores y principios que caracterizan a la persona y a sus actos los que permiten ponerle tal etiqueta?

La respuesta es relativamente sencilla de resumir, pero tiene mucha miga detrás: la distinción es simplemente política. (Y aquí podemos ver en el concepto de política un ejemplo bastante claro de lo dicho: ¿qué es la política en realidad?) En otras palabras: la distinción refiere a un conflicto entre nombres, a una lucha entre sectores por el poder de nombrar. Esto se puede ilustrar con un ejemplo ya clásico: en teoría feminista, a veces se define al patriarcado como esa estructura social que sitúa a los hombres en el centro del topo-poder ─la capacidad de situar, identificar, nombrar… lo que en el lenguaje coloquial y cotidiano se puede expresar con la idea de repartir carnets de…

Es por eso que procuro no caer en etiquetas, en definiciones extrañas. Primero: porque no me gusta. Porque no me crié ni crecí con banderas bajo el brazo, ni tampoco mostré interés alguno por ellas. Segundo: no resulta útil. Ni para vencer ni para convencer, definirse tajantemente funciona, en un mundo donde la capacidad de nombrar la tienen los hombres, los blancos, los heterosexuales, los liberales… En un principio ─y hay ejemplos que enseñan que el juego de tiempos es esencial─ no es una buena idea. Y el rol de cada una ─marcado por el medio y por los objetivos que se persigan: tener una cuenta de twitter con muchos seguidores, un canal de youtube, un partido político…─ define, de algún modo, cuál es ese juego de tiempos, y cuál es esa capacidad de nombrar.

Ahora bien, después de este rodeo para explicar por qué no me gusta llamarme comunista, querría comenzar ya a mostrar por qué soy comunista. Y que esto no sirva de precedente, porque, como he dicho, no me gustan las etiquetas. Como defendía Ernesto Guevara, «la exigencia de todo joven comunista es ser esencialmente humano, y ser tan humano que se acerque a lo mejor de lo humano».

Pero si precisamente las etiquetas son esencialmente políticas, si refieren a esa capacidad de situar, ¿qué puede hacer comunista a quien declara eso precisamente? Aquí es cuando realmente se pone complicado. Porque, en ese abstracto indefinido que son esos nombres, está también la capacidad de situar que una misma se presupone, eligiendo su forma de definir. No hay grandes razones detrás de una etiqueta, nunca; lo que hay son grandes pasiones ─que surgen de modos de leer y entender la realidad. Y, como no me gustan las etiquetas, la mía no es una palabra. Mi pasión es la vida misma.

Digo entonces que, frente a los privilegios, yo elijo los derechos. Frente al conformismo, la lucha. Frente a lo artificial, el sentido de la tierra ─la naturaleza humana. Creo que eso me hace, al fin y al cabo, humano: asumo, comprendo y comparto mis pasiones hacia el bien humano y no humano. Sin embargo, no es esto lo que me haría comunista. (¿Es lo que me haría de izquierdas acaso?) Lo que siento que me hace comunista es más bien mi forma de entender el mundo, y en especial el mundo humano, y cuál creo que es su futuro.

Mantengo ciertos presupuestos a la hora de entender el mundo, como todos, y no se deben esconder: creo que el ser humano es un ser cultural, que nace, se desarrolla y aprende en un mundo humano, más allá de las hostilidades de una naturaleza abrumadora e incontrolable; creo que el ser humano tiene la posibilidad de comprenderse en vínculo con el resto de seres humanos y con los seres vivos que constituyen al mundo que posibilita su existencia; creo que el ser humano tiene también cierta posibilidad de mostrarse a sí mismo, de vivir en, una conciencia superior a la conciencia cultural ─en cierto modo y hasta cierto punto, de superarla─, con ello; y, con ello también, me parece que no nos alejamos en ningún punto de ser individuos y mortales, finitos, con una conciencia que se comprende determinada por ello. Al mismo tiempo, creo también que en la naturaleza humana está implícita la necesidad de algún trabajo como medio de realización, pero no es, en absoluto, aquello a lo cual estamos acostumbrados en el siglo XX y XXI; es, en cambio, un trabajo que nos haga entendernos como seres útiles a nosotros mismos, y también a la comunidad en la que vivimos. Con esto, y terminando, hay un deseo claro del mundo, una curiosidad innata, una sociabilidad.

Estas son los presupuestos que conforman mi ideario político ─político en el sentido que he dicho antes. Con ellos (y entendería que más de uno pudiera ser discutible por cierto pesimismo), creo que los grandes objetivos de toda sociedad humana serían precisamente servir a esas ideas, en el sentido en que, muy a grandes rasgos, decía Marx: «la condición para el libre desarrollo de cada una será la condición para el libre desarrollo de todas». Y es esta tensión entre mis presupuestos, mi forma de entender el mundo, y los objetivos, lo que hace que, en cierto sentido, me considere comunista ─o pueda hacerlo.

No creo en un mundo sencillo ni fácil, ni en una sociedad humana sin tecnologías que faciliten su trabajo con la naturaleza. No creo que la solución pase por negar discusiones o luchas políticas, en todos los sentidos que pueda tomar la palabra. Y espero no tener que creer en la violencia otra vez para arrancarle los privilegios a un puñado de esclavistas…; pero no podría condenar a quien, en momentos específicos, recurriera a ella. Del mismo modo que la misandría puede ser comprensible por mera reacción a la estructura, la violencia contra un sistema que se alimenta de la exclusión es poco menos que inherente a ese mismo sistema.

Creo, en cambio, en el reparto del trabajo y del tiempo de trabajo; en la satisfacción por ley de las necesidades vitales; en un Estado de Derecho fuerte, donde pueda condenarse, de algún modo, a un esclavista que trafica con la miseria. En eso creo: en «un mundo donde nadie sea tan pobre como para tener que venderse, ni nadie tan rico como para poder comprar a las demás». En una sociedad que enseñe a tener y asumir emociones sanas y capaces, con una misma y con las demás. En un mundo que está por construir, pero que, por eso mismo, nos necesita a todas trabajando con él.

Esas son las cosas que pienso, y esas son las cosas en las que creo y en las que no ─mucho menos claras de lo que a mucha gente le gustaría. Es por esto que soy comunista. Si lo preferís, podéis tildarme de otra forma. Me es absolutamente indiferente.