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Políticas lingüísticas en el Estado Español: conflicto, identidad y actitud lingüística

 

En primer lugar, habría que preguntarse qué define a una lengua y qué a un dialecto. Ciertamente, esta pregunta no tiene una respuesta clara, puesto que la definición de la misma no se debe a factores lingüísticos, sino a factores sociales o políticos. M. Alvar[1] lo define como:  “Sistema lingüístico derivado de otro; normalmente con una concreta limitación geográfica, pero sin diferenciación suficiente frente a otros de origen común”. Esta diferenciación es insuficiente, puesto que como ocurre con el árabe la diferenciación entre los dialectos es tal que no permite la comunicación entre dos hablantes dialectales diferentes, este fenómeno se conoce como diglosia[2]. Por tanto y cómo definiría Romaine en 1996: la concepción de lengua frente a dialecto solo se apoya en factores políticos y sociales. Así ocurrió con el valenciano o las lenguas nórdicas. Asimismo, en la Europa que actualmente hoy conocemos imperó la norma de una nación, una lengua entendiendo como nación, no el conjunto de seres que tienen una serie de normas culturales comunes, sino un país, cuyos límites territoriales son claros y en el que una cultura se impone sobre otra. Así hasta no muy recién, en concreto, con el fin del Franquismo, el castellano era la norma y la única posibilidad, puesto que el uso de otras lenguas, como el catalán o el vasco suponían severos castigos, incluso la cárcel.

Durante la Transición se aplicaron una serie de políticas lingüísticas innovadoras y que ponían a España a la cabeza de las políticas lingüísticas en Europa. No obstante, había y hay dos impedimentos: las actitudes lingüísticas y que la aplicación de estas políticas solo se dio dentro de la Comunidad Autónoma y siempre que esta quisiera. Así, el Bable o el Aragonés no fueron respaldados por los gobiernos de dichas comunidades y como la propia Constitución española indica se convirtieron en una suerte de “modalidades lingüísticas” que deberán ser respetadas como parte del patrimonio cultural de España, es decir, piezas de museo que no tendrán más cabida que la de aparecer en algún manual de lingüística y en la mente de aquel que defienda su tradición cultural. De la misma manera la actitud lingüística, que ahora definiré, condicionó de manera notable la aplicación de dichas políticas. Un ejemplo de ello es Galicia, ya que debido al estigma que acumulaba el gallego durante años de diglosia, hizo muy complicado situar al gallego como lengua de cultura y ello se vio en los modelos educativos que se implantaron, nada claros y muy difusos hasta que finalmente se consiguió que en el año 2000 la lengua de uso mayoritaria en las aulas fuese el gallego. No me detendré a señalar los conflictos y la complejidad que ha supuesto implantar como lengua de uso las diversas lenguas del estado español y como su uso ha ido aumentado, ya que este resulta muy complejo y diferente dependiendo de la comunidad, de dónde proceda esa lengua, el número de hablantes o los intereses políticos y económicos. Sí destacaré que los derechos de estas lenguas solo se dan dentro de la comunidad autónoma concreta, ya que las leyes y las normas de uso solo se dan en los estatutos y no en la Constitución, pues esta delega a las Autonomías su legislación. Ello implica que los ciudadanos bilingües no puedan solicitar ni realizar ningún trámite en su lengua materna en todas aquellas instituciones que dependan del estado central y como es obvio, tampoco se podrán usar en el parlamento.

Como avancé previamente otro escollo es la actitud lingüística, que no crea sólo problemas de índole lingüístico, sino que, también, es en parte culpable del conflicto social y político de la identidad e identidades nacionales. La actitud lingüística es, pues, una manifestación de la actitud social de los individuos, distinguida por centrarse y referirse específicamente a la lengua (cualquier tipo de variedad lingüística: actitudes hacia estilos diferentes, sociolectos[3] diferentes, dialectos diferentes o lenguas naturales diferentes) y al uso que de ella se hace en sociedad[4]. Como es obvio esta identidad está íntimamente relacionada con la identidad cultural y ambas se retroalimentan. Cabe señalar que la identidad lingüística no se fundamenta en valores lingüísticos, ya que no hay lengua ni dialecto mejor ni peor, puesto que todos cumplen su función, la de comunicarse con eficiencia. Pondré un ejemplo el catalán posee un estigma negativo fuera de las fronteras catalanas, éste es considerado inútil y portador de las ideas que tanto aterran a ciudadanos y “españoles de bien”, la supuesta fragmentación del país (no dispongo de datos concretos, pero sí de análisis a pie de calle, donde se veía el catalán de forma muy negativa). Ello indica que el catalán no tenga cabida fuera de sus fronteras territoriales y que los ciudadanos no bilingües de catalán pongan trabas a su difusión.

Con esta serie de datos pretendo demostrar que las supuestas críticas al bilingüismo o las concepciones irreales que se tienen de los idiomas no son más que el fruto del uso interesado de las mismas por parte de políticos. Asimismo, destacar que el bilingüismo, más bien, la educación bilingüe hace que los niños tengan unas mejores capacidades cognitivas y unos mayores niveles de atención y concentración, así como, permite el aprendizaje de otras lenguas de una forma más rápida y eficaz debido que al conocer varios sistemas gramaticales y lingüísticos les es más fácil interiorizar unos nuevos. Por último, añadir que las lenguas no se miden solo por su utilidad, sino que también porque son el vehículo y la lengua materna de muchos hablantes y representa cosmovisiones, formas, de ver el mundo diferente y la pérdida de ellas implica la pérdida de maneras distintas de comprender y entender el mundo. Las lenguas, mayoritarias o minoritarias, son patrimonio de todos, un patrimonio cultural que se ha de mantener. Al igual que se ha de respetar otras identidades culturales y lingüísticas siempre y cuando estas no supongan la imposición de otros códigos culturales o lingüísticos, como ocurrió y ocurre con el Castellano y su imposición, a veces, no tan velada.

 

 

[1] Importante y renombrado dialectólogo español.

[2] Charles Ferguson (1959): “Diglossia”, Word, 15, 325-340. Diglosia es cuando en comunidades lingüísticas en las que los hablantes usan dos o más variedades de la misma lengua para fines o con funciones diferentes. Las dos variedades de una lengua coexisten en todo el ámbito de la comunidad.

[3] Un sociolecto es la variedad lingüística del grupo social de uso.

[4] Extraído de las clases de políticas lingüísticas que recibí en la UAH.