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Los Últimos de Filipinas: Cuando el chovinismo se convierte en fanatismo

Años 90 del Siglo XIX, España está a punto de perder sus últimas colonias en América y Asia, lo que se conocerá como el “Desastre del 98”.

En 1895 estalla una rebelión independentista en Cuba liderada por el Partido Revolucionario Cubano y José Martí, y en 1896 estalla otra en Filipinas liderada por el Katipunan y Andrés Bonifacio. Comienza entonces una cruenta guerra en dos frentes en la que el gobierno del Imperio Español no escatima en soldados e infantería para mantener sus colonias. Sin embargo, sí que escatimaron en todo lo demás, la material y personal médico y de provisiones fue un problema constante para los soldados peninsulares enviados al Caribe y al Pacífico; y además, como bien dijo Marx, el motor de la historia es la lucha de clases, y en este caso no fue una excepción, las trincheras estaban repletas en exclusiva por los hijos de la clase obrera, enviados a morir a miles de kilómetros de sus hogares para cumplir los intereses imperialistas del estado, mientras los hijos de la clase burguesa se libraban del reclutamiento pagando más impuestos, o directamente pagando a familias necesitadas para que sus hijos fuesen en su lugar.

Esta guerra empezó a decantarse del lado de los independentistas en 1898. El 15 de febrero se hundió en el puerto de La Habana el acorazado estadounidense USS Maine, uno de los posibles (nunca se ha podido demostrar que lo fuese) atentados de falsa bandera mas famosos de la historia, que sirvió de excusa para que Estados Unidos entrase en la guerra en apoyo de los cubanos y los filipinos, supuestamente para ayudarles a lograr su independencia.

Nos trasladamos ahora a Baler, en Filipinas, el 12 de junio el archipiélago proclama su independencia, y el día 30 los rebeldes filipinos emprenden una emboscada contra el destacamento peninsular en Baler, 50 hombres que se atrincheran en la Iglesia de la ciudad.

Mientras tanto, el ejército español sufre una humillante y sorprendente derrota contra el ejército yankee, una victoria por parte del todavía joven país norteamericano que nadie en el mundo habría predicho. Así, el 10 de diciembre se firma el Tratado de París, que pone fin a la Guerra, y EEUU arremete una puñalada trapera a quienes decía ayudar, España le cede la soberanía sobre Filipinas, Puerto Rico y Guam, y aunque se reconoce de iure la independencia de Cuba, la isla permanecerá militar y económicamente ocupada y subyugada por EEUU hasta la Revolución Cubana 60 años después.

Comienza entonces una nueva guerra en Filipinas y Cuba, los traicionados independentistas se rebelan contra su nuevo dominador, millones de civiles y militares serán masacrados por el ejército yanquis hasta que ambas colonias se rinden en 1902.

No obstante, la guerra ha finalizado para España, dato que desconocen los soldados sitiados en la Iglesia de Baler, los llamados “Últimos de Filipinas”, que siguen resistiendo estoicamente después de seis meses.

Un destacamento comandado por el segundo teniente Saturnino Martín Cerezo, quien había sido ascendido tras la muerte del teniente Juan Alonso Zayas durante el sitio, presa del beriberi. Cerezo era un ferviente patriota, un sentimiento muy noble, ¿quién puede no amar la tierra donde ha nacido? Un sentimiento sin embargo que deja de ser noble cuando se convierte en fanático y ciego chovinismo, como fue el caso del segundo teniente.

La Iglesia siguió sitiada y los soldados atrincherados durante seis meses más, a pesar de los reiterados intentos de los rebeldes filipinos en convencer a Cerezo de que se rindiese y de que la guerra había acabado; inclusive fue enviado hasta allí el teniente coronel español Cristóbal Aguilar para convencerlos de que se rindiesen, inútilmente ante la ciega desconfianza de Cerezo. Sin embargo Aguilar dejó unos periódicos en la Iglesia, que albergaba una noticia que no podía haber sido inventada por los filipinos, convenciéndose finalmente del final de la guerra y de que no tenía sentido seguir resistiendo.

Finalmente, el 2 de junio de 1899, tras la muerte de 17 de los 50 hombres que habían empezado el sitio presas de las enfermedades y el desabastecimiento, los 33 supervivientes se rindieron después de 337 días de estoica y heroica resistencia. Los filipinos aceptaron unas condiciones honrosas de capitulación y los llevaron, sin catalogarlos como prisioneros de guerra, hasta Manila, donde el presidente filipino Emilio Aguinaldo les brindó un apoteósico recibimiento y emitió un decreto en el que exaltaba su valor.

Después de esta, por un lado valerosa y heroica, y por otro estéril y ciegamente fanática, hazaña, finalmente fueron repatriados a la Península el 29 de julio.