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¿Los privilegios de ser feminista?

Tuve un debate hace unas semanas sobre los privilegios, y hasta hoy no había conseguido aclararme.

Una de mis compañeras de cuidados afirmaba rotundamente que ser mujer feminista es un privilegio similar a ser blanca o saber escribir.
Algo no me cuadraba.
¿Cómo podía ser un privilegio ser consciente de todos los horrores de este mundo? Extrapolando el hecho de ser feminista al resto de adjetivos que podamos ponernos ideológicamente… ¿cómo puedo considerarme afortunada por sentirme desgraciada cada vez que veo las noticias y surge una nueva guerra, mientras a mis amigas no activistas les da igual?

Era algo superior a mí.
Pero hoy he caído.

Si bien es cierto que el feminismo me cagó la vida porque las gafas moradas ya no me las puedo quitar ni para dormir (del mismo modo que tampoco puedo quitarme las gafas de las injusticias sociales, las antitaurinas, etc.), hay una cuestión que había obviado.
Somos seres sociales. Y como tal, todo lo que hacemos lo hacemos “para fuera”. Para seguir unos roles (o romperlos, en el caso del feminismo), pero siempre desde la perspectiva de que esas construcciones sociales están ahí, y sólo existen esas dos opciones.
Bien.
Todo lo hacemos “para fuera” porque somos individuos que actúan de formas concretas con respecto a cómo quieren que se los construya desde fuera. Somos mujeres, en este caso, que cumplimos un papel, y en el caso de las feministas, visibilizamos (o al menos lo intentamos) que ese papel nos mata a diario.
Pero.
No todo todo lo que hacemos lo hacemos “para fuera”, hay cosas que las hacemos “para dentro”. De hecho, podría decirse que hay personas más seguras de sí mismas que hacen más cosas hacia el interior que hacia el exterior, y del mismo modo, las más inseguras hacen más cosas hacia el exterior, ya que siempre sienten la necesidad de aprobación externa (de sus amigos, parejas, familares, etc).

Entonces… así de primeras, en aquel debate yo pensé: “Ser feminista no me salva de que me acosen por la calle por ser mujer, o de que cobre menos por hacer el mismo trabajo que un hombre.”
Desde fuera, para los demás soy igual de mujer que una que no sepa lo que es la sororidad.
Para la sociedad, soy igual de mujer, y por tanto, estoy igual de oprimida.
Un hombre en una discoteca no dejará de tocarme el culo sin mi consentimiento por el mero hecho de que yo le diga que soy feminista.
En el trabajo, mi jefe no me subirá el sueldo como establece la ley por el mero hecho de que yo lleve una frase de Clara Campoamor escrita en la camiseta (me da que sería bastante difícil ir a trabajar con una camiseta de ese estilo).

Es decir, la sociedad me va a percibir de la misma manera.

Pero yo a mí misma no.

La diferencia entre una mujer que no sabe sobre feminismo y una mujer que sí sabe es que la mujer feminista no se agrede a ella misma.
Si la sociedad nos mata, pero no vemos en ello una injusticia, caemos en el error de aceptar esa muerte como norma, e incluso apoyar nuestro asesinato.
Si para la sociedad somos inferiores, pero no vemos en ello algo por lo que luchar para darle fin, caemos en el error de ser cómplices de nuestra propia infravaloración.

Hay dos mundos en mi vida: el que me rodea por fuera y el que me llena por dentro. Los demás y yo misma.
Si soy feminista, no me hago daño. Sé hasta dónde llegar en mis cuidados y en mis violencias. Con más o menos dificultades, sé convivir con mis contradicciones, con el matrimonio sí y el matrimonio no, con la depilación sí y la depilación no; sé ver hasta dónde forzar mi cuerpo y mi vida y hasta dónde no. Sé ver cuándo una relación empieza a ser un problema y no es algo natural que deba dejar pasar.

Ser feminista me da un freno a las violencias, no a todas, pero sí a las que están en mi mano. Y eso ya es un paso.

Por eso soy privilegiada.

Ojalá pronto lo seamos todas.