Medio ambiente

El peak oil y las energías renovables como necesidad social

La Asociación de Empresas de Energías Renovables (APPA) comenzó la semana con un comunicado, en el que se insta al Ejecutivo español a aplicar políticas para favorecer el llamado empleo verde. En el tiempo que ha durado la crisis, desde 2008 hasta los datos de 2014, el sector renovable ha perdido prácticamente la mitad de sus empleados ─pasando los datos de 136.000 a 70.000 en ese período; por el contrario, en la mayoría de países la cifra sólo ha ido en aumento. Según la Agencia Internacional de Energías Renovables (Irena), a cuyo informe apela la APPA, la industria de la energía solar fotovoltaica es una tercera parte de su tamaño en 2011 en la Unión Europea, a pesar de que tal campo ha sumado alrededor de 300.000 empleos a nivel mundial de 2013 a 2014. El provecho del resto de renovables en España también ha ido en descenso desde 2008.

De la misma forma, ha contribuido a ello el Real Decreto 900/2015, de 9 de octubre, impulsado por el ex ministro Soria, y que aún hoy está siendo denunciado ante tribunales internacionales por suponer una carga económica y burocrática y dificultar sobremanera el autoconsumo energético. Este Decreto no supone sino una desviación más de lo acordado en la XXI Conferencia sobre el Cambio Climático, celebrada en París el pasado noviembre y diciembre. Los Acuerdos de París, que establecen su carácter no-vinculante para las partes desde el apartado 38a del proyecto, recogen peticiones de resultados concretos como mantener «el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 ºC con respecto a los niveles preindustriales».

Esto no debería presentar dificultades, ni para el sector público ni para el sector privado, si tenemos en cuenta el llamado peak oil, o cénit petrolero. La idea es tan sencilla como que el petróleo, como recurso energético que sustenta a la civilización capitalista de cáracter posfordista, tiene los límites propios de las energías fósiles; por ende, llega a un límite en su extracción (por señalar el punto clave con respecto a la toma del recurso como producto), y su distribución va limitándose con el tiempo. Esto se traduce, en el sistema económico en el que vivimos, en una subida progresiva del precio del recurso trabajado. El investigador del CSIC Antonio Turiel lo expone detalladamente en su blog.

Producción en barriles de brent (en billones), en comparación a las reservas descubiertas y en previsión.

El peak oil ya ha tenido lugar, es un hecho: sucedió en 2005-2006. Desde entonces, la producción (con todos los diferentes procesos de trabajo que conlleva) no ha dejado de decaer, y cada vez son menos los pozos petrolíferos que se descubren. Esto, junto con un crecimiento demográfico a nivel mundial del 200% entre 1970 y 2015, y un consumo que, en relación a ello, no deja de crecer, deberá marcar la agenda de todos los actores financieros de relevancia internacional, que deberán tener estos datos en cuenta si quieren sobrevivir en el futuro, en el mundo de la competencia que ellos han mantenido y fomentado.

En España, la situación es distinta, y algo difícil de entender: el consumo de energía, con especial énfasis en el petróleo, ha descendido año tras año desde el inicio de la crisis (según el balance de la Secretaría de Estado de Energía, página 311). Esto se puede explicar por la situación económica, que no ha dejado de cebarse con las clases populares, y que ha derivado en más de un 29% de población en riesgo de exclusión social y pobreza y, para ponernos en el caso, en la pobreza energética de buena parte de sus hogares. Pobreza energética que no es otra cosa que incapacidad de pagar los gastos que supone el uso de las tecnologías del hogar medio.

Frente a esto, tanto Podemos (páginas 17 y 18) como PSOE (página 96) o Ciudadanos (página 301 y ss.) proponen una transición hacia las energías renovables como modelo para unas instituciones energéticamente sostenibles. Porque, sea cual sea la próxima etapa de la historia que toque a nuestra economía y a nuestra forma de entender el intercambio material, el tope ya ha sido tocado, y nunca se va a volver a los niveles anteriores; lo que queda es cambiar el modelo. Con ello, claro, queda también comprender que un sistema basado en la agregación del valor no deja de ser la misma idea, en última instancia.

Entonces, repensar la sostenibilidad no deja de llevarnos a repensar el modelo productivo y nuestro modo de vivir y de consumir, puesto que el crecimiento se revela como una falsa promesa. Las ideas que revisten las economías terciarias de los países tecnológicamente desarrollados (la llamada economía social de mercado que domina Alemania e invadió el espíritu económico de la Unión Europea) no se pueden exportar al resto del mundo, habiendo, como hay, una suerte de pequeña división del trabajo internacional: no se puede incentivar el crédito bancario en las pequeñas aldeas de los bosquimanos keniatas, por poner un ejemplo muy grueso.

Cuba es el único país del mundo con desarrollo sostenible, según la WWF.

Las tendencias del libre mercado arrastran a unas contradicciones que son cada vez más agudas, y que se expresan en los números de la vergüenza: las muertes de inanición en África, Asia o América Latina, y las mucho más preocupantes muertes de frío en las calles de cualquier ciudad de Estados Unidos o de Europa; los fenómenos migratorios masivos, producto de guerras financiadas con armas francesas o españolas (entre las de muchos otros países), o producto de la pobreza en lugares donde las colonias explotaban recursos pero no daban sueldos, sino latigazos; la trata de mujeres, que son vistas como una mercancía más, con tanto valor como aguante tenga su sexo; los núcleos del narcotráfico en las zonas pobres; la esclavitud laboral fuera de toda frontera…

(Estas cuestiones refieren, desde luego, tanto a la economía como a una cultura que ofrece sus valores morales propios. Lo único que tiene en común, por ejemplo, la inmigración senegalesa en España con la trata de mujeres brasileñas, es que las personas víctimas de esos movimientos son tratadas en tanto mercancía; es fácil convenir que un dolor no es equiparable a otro, porque no se puede entender como otra cosa que como cualidad, como algo incomparable. Sin entrar en detalles: ese fetichismo de la mercancía que rodea también a las personas, segregándolas también por sexos en su intersección con el patriarcado, es un problema a debatir).

Pero, sin duda, el problema-epicentro que tomamos cuando hablamos de un cambio en la estructura económica es el trabajo, entendido en diferentes sentidos. El trabajo es, muy probablemente, el centro de la producción ideal que estamos tratando: debemos repensar nuestro concepto de trabajo. Es una necesidad social, algo por lo que tenemos que pasar, como especie, si no queremos alejarnos de nuestra propia naturaleza como seres humanos hasta el final. Y es algo que se problematiza al entender el paso a un sistema sostenido por energías renovables como una sencilla necesidad social: ¿qué necesitamos?

La respuesta inmediata es evidente: nos necesitamos a nosotras mismas. Con todo lo que eso implica.