Artículos de opinión Estado Español

El Partido Popular y la madre que los parió

A dos días de las elecciones generales, las sospechas de una trama en torno a las palabras de Jorge Fernández Díaz, ministro de Interior, reavivan una llama vieja, casi caduca. Los escándalos del ex ministro Soria, la patada que parecieron darle a Gallardón, el fichaje parisino del ex ministro Wert ─el peor valorado de toda la legislatura─, los sospechosos informes de la UDEF publicados por el panfleto de Inda y tumbados por los Tribunales… estos casos, y todos los demás, llevan tiempo minando la imagen pública de un partido histórico. O eso podría parecer…

El Partido Popular merece ser visto como un partido histórico, sin duda; pero no más que el Partido Conservador en el sistema de turnos, o que Fernando VII ante las Cortes de Cádiz. Porque el Partido Popular no deja de ser hijo de tiempos pasados, como sus votantes; y, como hijo de un entonces, sin duda, merece todo el reconocimiento de aquella tarea. No sería correcto desmerecer políticamente a un partido que ha logrado hacer de la derecha (y casi también de la dictadura) un fenómeno social del que no estar necesariamente avergonzado, ni sería inteligente tomar por estúpido al partido con un electorado más fiel desde hace décadas. El espíritu del todos a una, tan presente en este partido, es especialmente envidiado por las izquierdas, siempre divididas frente a las diferentes eventualidades del momento, y frente a luchas históricas, como el movimiento feminista.

Ahora bien, su emergencia histórica, como hemos dicho, no deja ningún margen para negar su acusación en una historia, precisamente, presente: con la Gürtel, la Púnica y los papeles de Bárcenas a la cabeza, la corrupción parecería roer la médula espinal del mismo partido. El Partido Popular está, por decirlo en pocas palabras, con un pie en la ilegalización ─no en vano, y aunque no es algo necesariamente vinculado, se ha convertido en el primer partido imputado en democracia. Si los jueces consiguen ser lo suficientemente eficientes y tomarse el menor tiempo posible (de lo contrario, los potenciales delitos prescribirían), es probable que, próximamente, el PP esté fuera de juego de uno a diez años, según la Ley que el mismo Gallardón introdujo.

Precisamente por lo comentado en los dos párrafos anteriores, y de ser finalmente inhabilitado de su cargo público, el Partido Popular debería ser amnistiado, por razones sociales y políticas.

Por motivos sociales, en tanto el voto que los populares reciben está mediado por una cierta idea de la patria popular ─y el alto índice de fidelidad en voto es, quizá, la mejor expresión de esta idea. El concepto del aznarismo, que tomó Vázquez Montalbán, hace perfectamente de línea de continuidad con aquel franquismo sociológico que debilitó la diversidad cultural y plurinacional de la España de antaño, y que se traduce posteriormente, y todavía en el siglo XXI, en la confianza ciega en el Partido Popular. El aznarismo, vale decir, no se trataba de tener posiciones ideológicas que fueran netamente semejantes a las del dictador, sino hacer, precisamente, un brindis a su ambigüedad política.

Y por razones políticas, en tanto esa noción abstracta de la patria popular ─que tiene mucho que ver, en realidad, con eso de considerar a la patria como un abstracto que sólo vale para defender y para enquistarse en valores del pasado─ se enfrentaría en sí misma a una crisis, que tendría consecuencias difíciles de prever y de comprender en toda su profundidad. El vacío político que se formaría tendría que ser ocupado por otras posiciones, y por tanto desplazado, en mayor o menor medida y en una u otra dirección. No parecen haberse dado las condiciones suficientes como para una entrada fuerte al mercado de opciones políticas que la reemplacen ─la emergencia de Ciudadanos en el ámbito nacional no parece ser aún lo bastante densa en términos de ideología como para afirmar tal cosa.

El mencionado Ciudadanos, por el otro lado, parece ser uno de los hijos perfectos de nuestro tiempo. Con un programa que ha evolucionado fuertemente desde las pasadas elecciones ─desde una sanidad exclusiva para la población con nacionalidad española hasta una sanidad universal; o desde un Poder Judicial politizado en todos los aspectos hasta una independencia radical de la Justicia─, parece haber entendido los postulados fundamentales bajo los que las clases propietarias querrían escribir el futuro de las trabajadoras: un liberalismo económico casi absoluto, auspiciado por unas políticas públicas, al estilo de Rawls. La confianza en la necesidad de entender a la humanidad sólo bajo el signo del trabajo ─y abandonar entonces al Estado de bienestar al mismo trabajo─ es, sin embargo, algo que no tiene cabida en ningún futuro, ni para el planeta y la vida en él, ni para el ser humano como especie.

Al otro lado del ring, Podemos e IU-UP quieren rescatar a la socialdemocracia, asistiendo a los problemas de la actualidad con las ideas fundamentales de socialdemócratas clásicos, con Keynes a la cabeza. Arriando velas ante vientos desfavorables y sacando los remos si hace falta, el abandono del ideario de la vieja guardia comunista ha llevado a estos partidos a entender los nuevos tiempos con su propio estilo 2.0: el binomio que querrían que compartiera cualquier votante es el de privilegios contra derechos, que atiende y anima a reventar el estatus del privilegiado, frente a unos derechos que otorga la comunidad en tanto comunidad política. Su emergencia aprovecha, precisamente, la baja fidelidad del voto del Partido Socialista, que ha ido pinchando cada vez más desde el inicio de la crisis; esto sería lo que comenzaría a afianzar sus estructuras en el tiempo, y lo que le daría oportunidades de cara a la evolución a corto y medio plazo del panorama político, tanto en España como en Europa y en el mundo.

El tiempo es, precisamente, el marco de definición del Partido Popular: su ideario, perteneciente a un mundo que ya no existe, se ve fuertemente apoyado por una población envejecida, herencia de unos tiempos en los que un trabajo estable y bien pagado posibilitaba una vida mejor en muchos sentidos. Aquella patria popular que hemos comentado ha de verse desplazada en detrimento de otra, conforme avance el momento político. Por eso, se hace necesario entender cuáles son los elementos y los mecanismos políticos que acompañan a las condiciones materiales que han hecho posible toda la historia de este partido, y de qué modo se articulan unos y otros, en un país complejo y particular.

Por eso, hay que entender la política, también, como el arte de la conveniencia ─no necesariamente de la conveniencia del discurso político, sino sobre todo de la conveniencia del adversario y su fortaleza. Por eso, la política es comprender y saber situarse en los espacios. Y, en el campo concreto, no es posible comprender cómo pueden evolucionar las condiciones objetivas y subjetivas sin atender a cómo se han construido las condiciones objetivas y subjetivas anteriores. Cualquiera que pretenda hacer una lectura de estos tiempos debe hacerla también de tiempos pasados, sin menospreciar las maquinarias que lo hayan hecho.