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Berlanga, “impresentable y mal español”

El cine ibérico ha estado representado por grandes directores de la talla de Juan Antonio Bardem, Isabel Coixet, Luis Buñuel, Icíar Bollaín, o Eloy de la Iglesia; pero uno de los más irreverentes, sino el que más, fue Luis García-Berlanga Martí, nacido tal día como hoy en 1921 en Valencia.

Hijo de José García-Berlanga, diputado de Unión Republicana durante la Segunda República; tras el triunfo de los fascistas en la Guerra Civil se enroló en la División Azul de voluntarios españoles que ayudaron a Alemania Nazi a invadir la URSS, buscando inmunidad para él y su familia. Ya en las frías estepas y taigas rusas se empieza a forjar su estilo cinematográfico, que plasmaría en sus cartas y en su diario durante su experiencia allí.

En 1951 Berlanga estrenó su opera prima, “Esa Pareja Feliz”, co-dirigida junto al gran Juan Antonio Bardem, una magistral crítica a la sociedad de consumo.

Ahí empezó la particular lucha de Berlanga con el Régimen Franquista. Épicos son los innumerables quebraderos de cabeza que le provocó a la censura franquista su estilo, por un lado sutil, por otro lado “impresentable” para la época; esos detalles: una bandera yankee de papel tirada por la cloaca, una insinuación femenina, un subordinado teniendo que obedecer a un mandamás; tan sutiles y a la vez tan irreverentes como la crítica política explícita, como el mismo Berlanga dijo: “Un buen culo juega un papel más importante que cualquier ideología”. Un estilo “épico, erotómano, burlesque, pícaro, contradictorio, ácrata, tabernario, fetichista, anticlerical y vividor”, como lo define Javier Tolentino, del Berlanga Film Museum.

No obstante, el cine de Berlanga era el mayor crítico de la Dictadura, unas críticas que iban más allá de lo político, críticas a la sociedad española construida por el Franquismo, un pueblo oscuro, invadido por la ignorancia, el borreguismo, el miedo y el puritanismo, dirigido por una alta alcurnia de pandereta y pantomima, abandonado por el resto del mundo, una sociedad cuya inteligencia, valentía y resistencia estaban tan extintas como el Imperio Austro-Húngaro (su palabra fetiche, incluida en todas sus películas), esa sociedad en la que se había convertido España gracias al fascismo y que fue heredad durante y tras la Transición. Una patria perfectamente reflejada en películas como “Bienvenido, Mister Marshall”, “El Verdugo”, “La Escopeta Nacional” o “Todos a la Cárcel”. Una crítica perfectamente escondida tras un entramado de planificación, guión y esquema de montaje obsesivamente ordenados, una forma de dirigir muy “rusa”, claramente influida por los maestros soviéticos Lev Kuleshov y Sergey Eisenstein; esa forma de dirigir que le costó tantos premios como largas temporadas sin poder trabajar, encubiertamente vetado por el Régimen.

Así era Berlanga, “un mal español”, como solía describirle el mismo Generalísimo.