La Partisana

Aborto psicológico mi experiencia Isaac

El síndrome Isaac nace de una experiencia difícil de afrontar que pone en tela de juicio toda la vida del sujeto, quien se lleva experiencias positivas y mucho conocimiento si es capaz de sobrevivir al problema. Con un aborto psicológico el sujeto debe aceptar que no va a tener un bebé y que nunca existió siquiera una maqueta de él, un feto. Las chicas con este problema no son dementes para electroshock y psiquiátrico, debemos aceptar que la mente enferma tanto como el cuerpo, cuidémosla.

Tenía 15 años cuando me eché mi primer novio “en serio”, o lo más en serio que se puede estar con alguien a esa edad. Como cualquier chica que mantiene sus primeras relaciones sexuales yo tenía miedo a las ETS, al embarazo juvenil y a que se mofasen de mí. Una tarde de junio algo salió mal en la logística del acto sexual, por decirlo de alguna manera. Aquella noche no pude dormir y a las tres de la mañana se lo conté a una conocida que había pasado por aquello. “Por la mañana vamos a una farmacia o a planificación familiar, lo que quieras.” Palabras de apoyo para alguien cagada de miedo, no me sentía tan mayor como para afrontar las consecuencias. Llegaron las ocho y simplemente no pude levantarme de la cama. La cobardía caló hondo, el desconocimiento me hizo inconsciente. Como si haciendo el ejercicio del avestruz, enterrando la cabeza en la arena, fuera a desaparecer el problema. Le dije a mi amiga que iba a ir con mi novio a por la pastilla del día después y él ni se preocupó por saber cómo estaba. No había cabos sueltos que atar, la única damnificada era yo. “Podré vivir con esto” pensé creyéndome tan de acero e inmortal. No pude. No cuando la regla no bajó en junio, ni en julio, no cuando vi que mi vientre se hinchaba ligeramente, que comía por dos, que los pechos me crecían y me sentía revuelta todo el día.

¿Era quizá ansiedad por no saber si estoy o no embarazada? ¿Duda, miedo e incertidumbre? ¿Seguro? Llegó agosto y afronté que iba a tener un bebé, Isaac. Sabía que estaba embarazada, no necesitaba más pruebas que las que me daba mi cuerpo. Esta pescadilla que se muerde la cola fue el primer problema: mi mente miente a mi organismo y este a la mente. Me decía: “una madre lo sabe” Pensé, soñé y viví por él, sobre una maqueta apareció la incertidumbre y el miedo pero también la ilusión. Vi mi futuro tan nítido como nunca antes, amé como nunca he hecho y me creí capaz de todo. Solo había que esperar, empecé Bachillerato y mis padres decían: “Va a ser un año difícil”. Sonreía pensando: “Creo que sí”. Jamás se lo conté a nadie: ni amigos ni familiares. Llegué a septiembre con unos dolores terribles, la vuelta al cole, el 15 por la tarde sentí una humedad entre las piernas. Fui al baño y me bajé las bragas no queriendo mirar. Caí de rodillas como plomo, por mi propio peso me derrumbé sobre los azulejos con la caja torácica partida en dos. Los ojos me ardían por las lágrimas y me tapé la boca con unas ganas horribles de gritar. Estaba vacía, como si me hubiesen vaciado lo que tenemos por dentro, alma o corazón, se me rompió en diez mil cachitos formando un mosaico sin sentido. El dique de contención que le había puesto a mis sentimientos se rompió, se acababan de romper todos mis esquemas y no podía ni respirar. “Isaac” Él ya no es, ¿cómo aceptar eso? Ya no es, pero igual que yo, nunca volveré a ser la misma. Lloré con cuidado, porque mi familia estaba en casa y todo lo había llevado en silencio.

De noche acepté ese nuevo rumbo, otro cambio que asimilé sin rechistar. Esa fue la primera etapa del modelo Elisabeth Kübler-Ross (etapas del duelo) negar el problema, el “Me siento bien, si yo estoy genial.” No pude yo sola, él faltaba y me sobraban sentimientos. Me sentí abandonada incluso por Dios, cuando siempre había sido agnóstica (viniendo de familia del Opus os aseguro que era una decisión bastante meditada) Segunda etapa: el “¿Por qué haces esto? Era un bebé, ¡Dios no es justo!” Recé cuando nunca lo había hecho. Dejé a mi novio pues le guardaba el secreto Isaac y la honestidad y confidencialidad se evaporan. Mi novio acabó contándoles a todos lo puta que era, sus amigos le siguieron la corriente. Eso me hizo una persona despreciable a mis ojos, construí un caparazón para mí y mi dolor, pasó un chico tras otro y acabé siendo lo que ellos decían que era. Así entré, sin que nadie lo advirtiese, en la siguiente etapa: depresión. Un bucle de dolor, autoflagelación y miseria. ¿Creía estar bien no contándole a nadie sobre mis sentimientos y problemas? Error.

Apareció un miedo que ni de chica había tenido: a la oscuridad. No me reconocía, me sentía inútil, inferior, puta despreciable, estúpida. No comía, me duchaba de higos a brevas, no quería salir ni dormir. Sobrevivía como la mala hierba sin salud mental. Llegué al paroxismo absoluto un año después de lo ocurrido, en junio me di cuenta de que hacía un aniversario. Mi estado anímico cayó más todavía esa semana. Fui por la noche al baño, me miré al espejo y no duró más de tres segundos aquel vistazo a mi reflejo pues odiaba mi cuerpo.(Aún hoy no piso los probadores de las tiendas pues a veces hasta se me saltan las lágrimas, patético, lo sé)

Reconocerme aquello hizo que se me encogiera el estómago, ese que llevaba un tiempo sin alimento. Busqué una señal en las cuatro paredes del baño y vi una botella de lejía tras el váter. Hice algo impensable, impulsivo y me arrepentí minutos después. Vacié el contenido
de la botella por el retrete para no tentar a la suerte, al Diablo o a mí.

Decidí salir, dio igual la hora, me emborraché y le conté todo lo que vivía desde hacía meses a una chica cualquiera en la que no confiaba demasiado pues aguantar la mirada de un conocido dolía (aún hoy). Le conté que era capaz de nada, al desahogarme fue más real pero también más llevadero. Fueron largos meses de charlas, un verano entero, pero fui saliendo del fondo. Escalé con uñas y dientes, ganas e interés, un mínimo de ilusión y gente en la que apoyarme.

Me llevo del Averno de mi mente muchas lecciones, me empecé a conocer, pero es un proceso educativo que jamás debió ser. Nunca debí haber hecho el problema tan grande: afrontarlo sin ayuda e interpretar señales inciertas. Escribo esto impulsada por la necesidad de rescatar al menos a alguien antes de que sufra un síndrome Isaac. Debo deciros que nadie es puta por acostarse con muchos tíos y que tampoco debería ser un insulto. Una última cosa que yo todavía debo superar es el miedo a los espejos, hacedlo conmigo.