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Yeste, el preludio de la Guerra Civil

Este 18 de julio se cumplirá el 80 aniversario del golpe de estado del General Mola contra el gobierno frentepopulista de la República, detonante de la Guerra Civil que asoló España durante tres años. No obstante, muchos historiadores coinciden en señalar que esta guerra empezó a cimentarse casi dos meses antes, en un lugar de La Mancha de cuyo nombre nadie ha querido acordarse: Yeste, en Albacete.

La Segunda República Española fue un periodo en el que la conflictividad entre clases estuvo más latente que nunca, se respiraba en el ambiente 24/7, tenemos como ejemplos de esto: Los Sucesos de Casas Viejas en 1933, el Golpe de Estado de la Sanjurjada en 1932, la Revolución de Octubre de 1934, o la misma Proclamación de la República el 14 de Abril de 1931. Sin embargo, la victoria electoral del Frente Popular (en el que participaron los comunistas, socialistas, trotskistas, anarquistas y socialdemócratas) en febrero de 1936 fue el punto cúspide del conflicto clasista.

La expropiación de tierras a terratenientes, la liberación de los presos políticos de la Revolución de 1934 o la laicización del estado fueron, por un lado, una preocupación para los oligarcas, los caciques y la Iglesia, que veían peligrar sus privilegios; y por el otro, envalentonaron a la clase obrera, con esperanzas de llevar a cabo una verdadera revolución y destruir el capitalismo.

Prueba de eso fueron los Sucesos de Yeste, el 29 de mayo de 1936. Yeste, un pequeño municipio albaceteño formado por varias aldeas, asolado por la malversación de tierras comunales por parte de caciques durante décadas. El día anterior, un grupo de jornaleros huelguistas en paro, de la aldea de La Graya, ocuparon comunalmente la finca de La Umbría, otrora propiedad comunal expropiada por Antonio Alfaro, el terrateniente caciquista más poderoso de la zona, quien hizo llamar a 22 guardias civiles para expulsar a los jornaleros, según narra el historiador e hispanista inglés Paul Preston en “El Holocausto Español”.

Seis huelguistas fueron detenidos y torturados, pero al día siguiente, ante las protestas de los trabajadores de las aldeas vecinas, que fueron formando una multitud cada vez mayor, fueron puestos en libertad bajo custodia del alcalde socialista Germán Gonzálesz. Ante el jolgorio popular por la liberación, uno de los agentes se dejó llevar por el pánico y disparó, provocando una desbandada en la que murió un guardia civil, acto seguido los agentes empezaron a disparar a la gente que escapaba, asesinando a 18 personas, y deteniendo a 50, inclusive el mismo alcalde. Según narra Paul Preston. Entre los vecinos se instauró la ley del silencio, que se perpetuó tanto durante el fin de la República como durante las cuatro décadas de la Dictadura Franquista.

El PCE de José Díaz y la facción radical del PSOE-UGT liderada por Largo Caballero presentaron una solicitud de huelga ante el gobierno civil de Albacete, y presentaron el Congreso una Proposición No de Ley instando al Gobierno a que informase sobre los Sucesos y las medidas adoptadas; sin embargo el Gobierno revocó la petición de huelga e instó a la prensa a no informar sobre ello, temerosos de que la derecha y el ejército aprovechasen una fisura en el Gobierno frentepopulista para dar un golpe. Fisura que se logró evitar en el debate del Hemiciclo del 6 de junio, sin embargo, la oligarquía española ya había olido la sangre y estaba en posición de ataque.

Nadie quiso desenterrar esta masacre durante la Dictadura, y tras la Transición pocos quisieron, entre ellos Juan Goytisolo y el ya mencionado Paul Preston.