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La visión de España y Latinoamérica en Marx (II): La España revolucionaria y la periferia desnuda

Esta es la segunda parte de un documento subdividido en tres. Para acudir a la primera parte, click aquí. Para acudir a la tercera parte, click aquí.

 

La España revolucionaria.

Cuando Marx comienza, en 1854, a documentarse y escribir acerca de España, él y su familia están pasando graves problemas económicos. Lo hace a duras penas, y con la colaboración silenciosa de su amigo Engels (Ribas 1998: 26); aquí, sin embargo, consideraremos esas ideas como venidas de una misma mente. Aunque en esos momentos la aceptación de tal oferta responde, parece ser, casi por entero a la necesidad del sueldo, no es menos cierto que la situación en España pasó a ocupar su «estudio principal».

La situación con la que Marx entabla su diálogo es la propia de la España de la década de 1850: tras la década ominosa y el absolutismo de Fernando VII, quien muere en 1833, «los terratenientes feudales hubieron de admitir que el viejo orden no podía ser restaurado y, antes que dejar que los campesinos acabasen por liquidarlo por su cuenta, prefirieron pactar con la burguesía para la mutua defensa de sus propiedades» (Fontana 1983: 48). Así, al orden feudal le siguió el nuevo orden burgués, no mucho mejor, sino simplemente con una nueva posición de poderes; al mismo tiempo, el régimen absolutista fue superado por una monarquía parlamentaria donde se instauró el sufragio censitario. Merece una notable mención el hecho de que «en 1843 ya habían sido suprimidas la mayoría de las trabas al libre uso de la propiedad y a la actividad industrial y comercial, y la Iglesia y la aristocracia habían perdido su condición de estamentos privilegiados» (Martorell y Juliá 2012: 68); la famosa desamortización de Mendizábal desposeía a la Iglesia de algunos de sus privilegios, los feudos y los señores pasaron a ser propiedad y propietario (íb. 74), y, en términos marxianos, una clase se elevaba por encima de la otra.

Tras abandonar Espartero España en verano de 1843, amenazado por un golpe militar, quienes toman el control del gobierno son los Moderados, con Narváez a la cabeza. Estos consolidan la estructura del Estado liberal, modernizando la administración (íb. 90). Y si en 1848 la revolución en París hizo vibrar los suelos (que no los cimientos) del sistema burgués en Francia, en España quedó ahogada por la fuerte reacción represiva del Estado, que suspendió las garantías constitucionales y gobernó con métodos dictatoriales, deportando a políticos y militares progresistas y republicanos. La inestabilidad iría acusando la política nacional, hasta que en 1854, con el Programa de Manzanares, O’Donell y Dulce proclamaran el poder para los progresistas, e Isabel II aceptara.

El año siguiente, la reina sancionó la ley desamortizadora de Madoz, que sacó a subasta pública las propiedades rústicas y urbanas del clero y los bienes propios y comunes de los municipios (García-Nieto e Yllán 1987: 102-105). Esto dejó sin recursos a muchos campesinos, que usaban las tierras para trabajarlas cazando, pescando o recogiendo leña ─no podemos dejar de recordar que ya anteriormente había escrito Marx en su Gaceta Renana sobre los arrestos por recoger leña. Es esa la España sobre la que comienza a escribir nuestro autor.

Es precisamente con motivo del golpe del general O’Donell y los disturbios habidos en la ciudad de Madrid ─puesta tan en contra del gobierno como el mismo O’Donell─, que Marx escribe su artículo La revolución española (Ribas 1998: 81), dando una de las claves de su visión acerca de la política española: «la parte movilizable de la sociedad [española] se ha acostumbrado a considerar el ejército como instrumento natural de cualquier levantamiento nacional»; el pueblo español no parece ver una personificación de la voluntad nacional en el Estado, y sí en el ejército, en cambio. (Marx atribuye el origen de tal idea en el modo en como se promovió la Guerra de la Independencia, cinco décadas anterior, en el imaginario popular).

De las ideas que hemos comentado en el párrafo anterior podemos abstraer tres elementos funda-mentales de la lectura marxiana de España: por un lado, el pueblo y su acción contra el absolutismo y la tiranía; por otro, el ejército como brazo armado, normalmente al servicio del absolutismo, pero con cierta autonomía como agente (Espartero resulta un ejemplo de ello); y finalmente la influencia de otras potencias extranjeras en la política nacional. Procedemos a dividir la siguiente exposición de la visión de España en Marx a través de los tres ejes comentados.

Precisamente a Espartero le dedica Marx «el primer análisis de cierta profundidad de la España de entonces» (íb.: 31). La crónica que titula con el nombre del militar es publicada por el NYDT como editorial ─un editorial profundamente crítico con él, sin embargo. La idea que el filósofo se hace de este hombre es la de un militar con dudosos méritos políticos, aireado constantamente por la fortuna, que se hace «célebre como bombardeador de ciudades», con Barcelona como ejemplo ─no está de más recordar que los disturbios por los que Espartero mandó bombardear esta ciudad fueron causados por el acuerdo librecambista que se iba a firmar con Gran Bretaña. Si Espartero ha podido volver a convertirse en «salvador del país» es debido a la dictadura de Narváez, pues «ni siquiera fue a la revolución hasta que la revolución fue a por él» ─es decir, hasta que la reina Isabel II le llamó a su retiro en Logroño para que formara gobierno.

Vemos así que Espartero se muestra, a tiempos, como símbolo de un poder de insurreción militar que sólo se ve conjugado con el poder de insurrección popular en tanto este último lo apoya. Y si antes habíamos dicho que la cruda represión del gobierno de Narváez ahogó los gritos de 1848 en España, en 1854 los disturbios logran disolver las cortes y que la reina madre, Cristina, se exilie a tierras francesas, dejando paso a un gobierno sostenido por Espartero (íb: 81).8

Y entre Narváez y Espartero, cronológicamente, se muestra el sujeto revolucionario: el pueblo. El pueblo está situado «en este interregno», como diría Gramsci (1930/1981: 37): «la crisis consiste (..) en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer». Este pueblo que habíamos dicho que se había levantado sólo cuando lo hace el ejército y que le encauza en sus políticas ─al menos en cuanto a discurso─, se levanta en armas con motivo del estado de finanzas, según Marx (Ribas 1998: 103).

Pero el pueblo y las insurrecciones populares no tienen corta historia, tampoco en España. Y Marx, siguiendo el esquema antes mostrado, sitúa la «base material de la monarquía española» en la conjunción de tierras que supuso el matrimonio entre Fernando el Católico e Isabel I, que dio pie, más tarde, a la instauración de la monarquía absoluta por parte de Carlos I (íb.: 106). También la lucha de clases posterior refiere a determinado desarrollo histórico; en el caso, por ejemplo, la socialización del pueblo español se construye a través de la lucha entre nobleza y realeza, atravesada durante siglos por la conquista de parte de la península por parte del Califato y «los árabes»: la conquista de territorios nuevos por parte, normalmente, de los nobles, generó «leyes y costumbres populares»; del mismo modo, determinaron la estructura de las villas del interior, necesitadas como estaban de formar defensas eficaces. La misma disgregación e independencia de las villas, apoyada en lo antes mencionado y fomentada por unos medios de comunicación desatendidos, despobló de sentido la autoridad de una monarquía absoluta que, aunque no abandona su naturaleza despótica, si dificulta la centralización estatal y el control fiscal mediante una administración eficiente.

Por otro lado, es ante la Guerra de Independencia, luchada contra Francia y contra la dinastía napoleónica como cabeza, donde se puede ver con mayor claridad la distinción que antes se había trazado entre las fuerzas dentro de la nación y las fuerzas que intervienen a la nación. En ese sentido, la ocupación francesa daría un cierto marco de posibilidad para las reformas que instauraron las Cortes de Cádiz (recopiladas en Tuñón 1988: 111-120), que se señalarán más tarde como elemento simbólico clave para comprender el desarrollo de la historia posterior a Fernando VII, quien abolirá la Constitución de 1812 al volver de Bayona.

Obviando estos tres ejes comentados, la visión de Marx y Engels de la república española da una idea de la simplificación que supone el paso de unas instituciones a otras ─al fin y al cabo, «la forma más acabada de dominación de la burguesía». En un principio, pues, la república tiene una importancia clave, que reside en su naturaleza de «limpio escenario del grande y último combate de la historia universal»: aquel sostenido entre la burguesía y el proletariado.

Referida la primera República, pues, como espacio de una entonces próxima guerra abierta entre clases, lo que Marx observa es la necesidad de ese Estado de encaminarse hacia una mejora de las relaciones de producción ─con, puesto el caso, una mejora de las vías de circulación, y el embargo definitivo de los bienes de la Iglesia─, y la supresión de un ejército que, dadas las características del terreno peninsular, sería más ineficiente que una milicia del pueblo. Esto introduciría las variables necesarias para agudizar la lucha de clases y la explicitaría de tal modo que, según el autor, la haría inevitable.

(La idea de una historia lineal y unidireccional que este argumento presenta implícita, y que ya hemos comentado anteriormente, es lo que ahora pasamos a discutir en nuestro Interludio).

 

Interludio. La periferia desnuda.

Hasta no mucho antes de la redacción definitiva de El Capital por parte de Marx ─lo cual sucede en 1867 para el Libro I─, el autor no toma realmente en cuenta las posibilidades de un desarrollo no-lineal de su teoría en el mundo concreto. Es el contacto con las tierras rusas y la buena acogida que su libro recibe allí lo que le empuja a considerar a Rusia ─un país todavía no plenamente capitalista, con una laxa liberalización de la economía y tímida apuesta privada, pero con una base feudal y especial énfasis en la agricultura (véase: Delfaud et al. 1980: 159-160; o Vázquez 1978: 78)─ como posible fuente de un Estado socialista. Hasta entonces, su teoría podía ser acusada, sin mayor problema, de historicista, como hemos dicho; en ese sentido, Inglaterra «era un verdadero dedo ─como el de Smith en el mercado─ que cumplía los designios de la historia universal» (Dussel 1990: 244). En definitiva, esto abre a Marx a la idea de que, contrariamente a lo que había sostenido hasta entonces, la periferia podría abrirse al socialismo antes que los Estados que representaban el epicentro del avance económico.

Si, entonces, la comunidad rural rusa tiene ciertas características en su situación que permiten que sirva «de punto de partida para un desarrollo comunista» (íb.: 262), el desarrollo de Latinoamérica no tiene que ser tan distinto. El desarrollo no-lineal de la historia que Marx había añadido hacia el final de su pensamiento podía también tomar su cuerpo concreto en un continente que Europa había descubierto sólo unos siglos atrás, y que se había visto obligado a avanzar [en términos marxianos] en su estructura económica sólo a través de la colonización por parte de los europeos.9

En ese sentido, el descubrimiento de América, y en nuestro caso América Latina, fue fundamental para el asentamiento como clase de los capitalistas industriales, y con ello para el avance del capitalismo como sistema de producción. La acumulación originaria hunde sus raíces no sólo en la revolución agrícola o en «la expoliación de los bienes eclesiásticos, la enajenación fraudulenta de las tierras fiscales, el robo de la propiedad comunal» (1894/1980: 917)… Como señala Marx:

El descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen, la conquista y saqueo de las Indias Orientales (…) caracterizan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria.

Por ello, se hace necesario explorar también la historia de América Latina, que, con el capitalismo, recoge experiencias imprescindibles para entender el desarrollo de la historia y la sociedad en todo el mundo, de acuerdo con la idea marxiana.

 


 

NOTAS:
8 Véase asimismo para detalles: De Urquijo (1984: 249-311).
9 Quizá merezca una anotación al margen la idea que Hegel se hacía de este proceso: «El Nuevo Mundo quizá haya estado unido antaño a Europa y Africa (…) La conquista del país señaló la ruina de su cultura, de la cual conservamos noticias; pero se reducen a hacernos saber que se trataba de una cultura natural, que había de perecer tan pronto como el espíritu se acercara a ella. Los indígenas, desde el desembarco de los europeos, han ido pereciendo al soplo de la actividad europea (…) mucho tiempo ha de transcurrir todavía antes de que los europeos enciendan en el alma de los indígenas un sentimiento de propia estimación». Citado en Página/12. [online] Disponible aquí. [15 de mayo de 2016]

 

BIBLIOGRAFÍA:
DE URQUIJO, J. (1984), La revolución de 1854 en Madrid. Madrid: CSIC.
DELFAUD, P. et al. (1980), Nueva historia económica mundial (siglos XIX XX). Barcelona: Vicens Vives.
DUSSEL, E. (1990), El último Marx y la liberación Latinoamericana. México: Siglo XXI.
FONTANA, J. (1983), La crisis del antiguo régimen: 1808-1833. Barcelona: Crítica.
GARCÍA-NIETO e YLLÁN. (1987), Historia de España 1808-1978, 1. Barcelona: Crítica.
GRAMSCI, A. (1930/1981), Cuadernos de la cárcel, Tomo 2. México D.F.: Era. Disponible aquí. [10 de mayo de 2016]
MARTORELL, M. y JULIÁ, S. (2012), Manual de historia política y social de España (1808 – 2011). Barcelona: RBA.
MARX, K. (1894/1980), El Capital, III: El proceso de acumulación del capital. Madrid: Siglo XXI.
RIBAS, P. (1998), Escritos sobre España (K. Marx y F. Engels). Madrid: Trotta.
TUÑÓN, M. (dir.) (1988), Textos y documentos de Historia Moderna y Contemporánea (siglos XVIII ─ XX). Barcelona: Labor.
VÁZQUEZ, V. (1978). Historia económica mundial: II. De la revolución industrial a la actualidad. Madrid: Rialp.