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La vestimenta femenina, otra vez a debate

Hace pocos días que se celebrara la anual edición del Festival de Cannes, certamen de cine de categoría ‹A›, luciendo una vez más el endiosado glamour de sus actores y cineastas. Muy a pesar de la sorpresa del televidente, quien consume absorto la belleza y el esplendor de sus participantes, un tenue atisbo de sencillez se vislumbró cuando actrices como Julia Roberts o Kristen Stewart se quitaron sus tacones de 9 cm, plantando cara a la organización que prohibiera los zapatos planos. Esta protesta, conocida en Twitter por el hastag #ShoeGate, pone sobre la mesa una vez más el estricto código de vestimenta femenino, no sólo en las altas esferas de la farándula hollywoodiense, sino en los sectores más institucionales.

Por desgracia, el uso forzoso de determinada vestimenta al público femenino no es patrimonio de la moral judeocristiana de Estados Unidos. Esta misma semana, circularía en Facebook la imagen de los ensangrentados pies de una camarera al final de su jornada laboral en la franquicia canadiense JOEY restaurants, que supondría otro grito contra el machismo de esa misma tiranía femenina: los tacones.

Al otro lado del charco y en este mismo mes, en Reino Unido la multinacional PwC exigiría a una de sus recepcionistas del departamento de contabilidad, Nicola Thorp, llevar zapatos de tacón en uno de sus turnos de 9 horas. Ante la negación de esta y su posterior despido, el revuelo causado promovió una petición al gobierno de David Cameron requiriendo el fin de la obligatoriedad de los tacones en jornadas laborales, una práctica muy común en empresas de atención al público. Gracias a la denuncia de Thorp a la firma de su empleador, se difundió la controversia en las redes, extendiéndose la indignación a otros puestos de trabajo que requieren este calzado, como son las azafatas de vuelo de muchas empresas de actualidad como AI Israel Airlines, a cuyas protestas se sumaron sus colegas hombres, quienes llevaran altos tacones en señal de solidaridad.

En España la imposición de determinada vestimenta femenina no se queda atrás. El pasado viernes se difundió en los principales medios hegemónicos la noticia de la prohibición del Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra (Sevilla) de llevar pantalón a sus concejalas, quienes asistirían al pleno extraordinario para la elección de un nuevo alcalde del PSOE. Miguel Rivera, responsable de Protocolo y Relaciones Institucionales del Ayuntamiento, remitiría con anterioridad lo que denominaría “recomendaciones” de indumentaria, e instaría a los concejales a llevar traje y corbata, y a las concejalas “ropa de vestir (no pantalones) en color discreto” según aseguran fuentes de El Periódico.

Una vez más, queda constatado el machismo en su versión más sutil. Ora en forma de códigos de vestimenta, ora maquillado de paternalista recomendación; mientras la polémica por el uso de prendas como el hijab o el burka son fácilmente consideradas un atentado contra los derechos fundamentales de las mujeres, en Occidente ser sexy, y en todos los ámbitos, es para la mujer otro requisito distintivo obligatorio.