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Ruanda a golpe de machete, el genocidio silenciado

ÁFRIHoy se cumplen 22 años del comienzo de uno de los genocidios menos conocidos y que menos “publicidad” ha recibido en la historia: el genocidio de Ruanda.

Para entender este genocidio hay que remontarse a la época pre-colonial. En este pequeño país rodeado de montañas en el centro de África viven conjuntamente dos etnias principales: los hutus (80%) y los tutsis (15%); en la época pre-colonial convivían en una sociedad estratificada donde la minoría tutsi, la «etnia de señores», poseía privilegios por encima de la mayoría hutu, organizándose bajo un sistema monárquico-feudal; a pesar de ello, durante siglos estas dos etnias convivían y el mestizaje entre ambas era habitual.

Sin embargo, la cosa cambió cuando el país fue colonizado por el Imperio Alemán en el siglo XIX; el etnicismo era una buena herramienta para garantizar el dominio de las potencias coloniales, y los alemanes se aliaron con la nobleza tutsi, favoreciéndolos para tener una educación al estilo europeo, usándolos para implementar sus leyes y otorgándoles posiciones administrativas y militares, mientras los hutus eran sometidos a trabajos forzados.

Ruanda pasó a manos de Bélgica tras la Primera Guerra Mundial, y los belgas no sólo continuaron con la política de los alemanes, si no que acentuaron aún más las diferencias clasistas entre ambas etnias: los tutsis con menos de diez vacas eran declarados “hutus” y eran sometidos a trabajos forzados junto a estos,  y en 1926 implantaron un sistema de tarjetas de identificación según la raza. Sin embargo, cuando la ONU ordenó las descolonizaciones tras la Segunda Guerra Mundial, y viendo las protestas de la maltratada mayoría hutu, se aliaron con ellos y derrocaron a la monarquía tutsi, buscando que el futuro gobierno electo fuese un títere de Europa.

Por consiguiente, con la llegada de la independencia en 1961, los sucesivos gobiernos supremacistas hutus de Grégoire Kabiyanda y Juvénal Habyarimana cometieron innumerables abusos y matanzas contra la otrora privilegiada minoría tutsi, con el beneplácito y la ayuda de Occidente, sobretodo de Francia (quien firmó un acuerdo de cooperación militar en 1974) y del Vaticano (al ser un gobierno de tendencia nacionalcatólica, que otorgaba grandes privilegios a la Iglesia Católica Ruandesa). Así, los tutsis exiliados en la vecina Uganda crearon un grupo armado en los años 80, el Frente Patriótico Ruandés (FPR).

La conflicto étnico finalmente alcanzó su cumbre en 1994. El 6 de abril, el avión en el que viajaba el dictador Habyarimana, junto al presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira (también hutu), fue misteriosamente derribado, hecho del que se culpó al FPR.

La reacción no se hizo esperar, el ministro de defensa Théoneste Bagosora rápidamente movilizó a los cuerpo paramilitares del gobierno hutu, los Interahamwe (palabra compuesta bantú que se podría traducir como “Luchadores Unidos”), y comenzaron así las masacres hacia los tutsis más salvajes hasta la fecha, durante 100 días los paramilitares asesinaron a unos 800.000 tutsis, así como a unos 100.000 hutus disidentes contrarios a los abusos contra los tutsis, a golpe de machetes, y de ametralladoras fabricadas en la Francia de François Mitterrand, la mayoría de los tutsis y hutus disidentes se refugiaban en las Iglesias buscando protección, pero los sacerdotes católicos hutu ayudaban a masacrar a los perseguidos dentro de los propios templos.

No obstante, el gobierno también incentivaba a la población civil a participar en el genocidio, día tras día se oía a la locutora de radio Valérie Bemeriki, llamada “la Voz del Odio” (hoy cumpliendo cadena perpetua), en el programa Hutu Power gritando “las cucarachas (los tutsis) deben ser exterminadas, pero no con balas, si no a machetazos, debéis sentir cómo mueren, debéis sentir cómo extermináis a la plaga, compatriotas“.

Así durante tres meses, en los que el 75% de la población tutsi fue diezmada, hasta el 15 de julio, cuando las milicias del FPR lograron conquistar la capital Kigali, y derrocar al régimen (momento en el cuál la embajada francesa destruyó todos sus documentos internos, intentando ocultar su amistad y colaboración con los genocidas). Hoy en día, todos los responsables del genocidio han sido juzgados, y cumplen cadena perpetua.

Sin embargo, hoy en día Ruanda no se ha convertido en un país mucho más democrático. Desde entonces el FPR, con Paul Kagame al frente, gobierna el país con mano de hierro. En los meses siguientes a la caída del régimen anterior, los tutsis se tomaron su revancha, y miles de hutus fueron asesinados, unas masacres nada comparables en cifras al Genocidio, pero cuya mención es hoy en día un tema tabú en el país, estando además su mención prohibida por el gobierno. El gobierno de Kagame está pretendiendo acabar con las diferencias tribales, promoviendo el “nadie es hutu, nadie es tutsi, todos somos ruandeses“; sin embargo, el etnicismo sigue calado en la población, nadie se siente ruandés, todo el mundo se siente hutu o tutsi. No obstante, en la práctica el gobierno de Kagame (tutsi) no es consecuente con lo que pregona, los altos cargos están copados por la minoría tutsi, la cuál está volviendo a lograr una posición privilegiada sobre la mayoría hutu.