Artículos de opinión

Sostiene Pereira y el comienzo de la libertad

Sostiene Pereira es el personaje principal de la obra narrativa del autor Antonio Tabucci, ambientada en la ciudad de Lisboa en 1938, en pleno régimen salazarista. Es de especial interés el análisis de esta obra, y en especial del protagonista, por ser un caso arquetípico de ciudadano dentro de un estado liberal usual.

Para desgranar al personaje y lograr comprender su conducta y evolución es necesario estudiarlo desde el prisma de la libertad. Se nos presenta a Pereira como un hombre maduro y trabajador de una revista con una línea editorial muy marcada que le impide escribir con total autonomía. En los primeros párrafos del libro es cuando comenzamos a observar cierta tendencia sumisa y una falta bastante notoria de iniciativa personal. A medida que se desarrolla la historia comenzamos a ver cómo Pereira empieza a escuchar ciertas historias (censura, brutalidad policial) y lo que más sorprende al lector es la absoluta pasividad con la que reacciona. ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué un hombre nacido en una cultura y sociedad liberal reacciona de esa forma ante tales manifestaciones totalitarias? Puede parecer una simple exageración del autor pero, realmente, el personaje de Pereira refleja a la perfección lo que podía haber sido un ciudadano medio de la Alemania nazi, cuya pasividad y egoísmo legitiman (o al menos consienten) la aparición de un régimen totalitario.

Desde el florecimiento temprano de la burguesía mercantil (cerca del siglo XV) la sociedad ha experimentado ciertas transformaciones socioeconómicas, las cuales se han visto traducidas en cambios ideológicos que en última instancia derivan en cambios psicológicos. El paso del antiguo régimen al moderno sistema liberal fue un proceso de conquista de la “libertad”, la sociedad medieval coartaba la iniciativa individual al tratarse de una organización social puramente estamental. Y no solo eso. Como ya es sabido, la religión representaba un poder incuestionable en aquella sociedad y poseía cierta autonomía e independencia respecto a los poderes económicos. El liberalismo, en cambio, abogaba por la destrucción de los estamentos y por relegar la importancia de la religión a un segundo plano. Así, las personas serían realmente libres y podría construir su vida en función de su propio esfuerzo y mérito. El individuo pasaría en teoría de ser una pieza fija a ser un ser humano capaz de desarrollar todas sus potencialidades. Sin embargo, pecaríamos de ingenuos si no tuviésemos en cuenta las implicaciones que posee esta conquista de la libertad.

El régimen medieval, pese a ser abiertamente autoritario y restrictivo para con las personas, también cumplía la función de suplir una necesidad básica de todo ser humano y es el sentido de pertenencia. Gracias a que formaba parte de un estamento estático, el individuo era parte de algo superior a él, dando todo ello un propósito a su existencia. Incluso en el ámbito mercantil (recordemos los gremios, sin intención de idealizar la economía medieval) no existía el sentido de competencia desenfrenada que hoy conocemos, y al menos dentro de estos predominaba una fuerte voluntad de cooperación. Una vez que se destruye el antiguo régimen y se da paso a la sociedad liberal moderna se destruyen todos aquellos mecanismos que otorgaban al individuo ese sentido de pertenencia. Sería ingenuo considerar que, dentro de este nuevo régimen, ya no existe una autoridad restrictiva. Existe, pero se da un cambio sustancial en su forma. En la edad media era el rey (iglesia o noble) quien imponía ciertas reglas, se trataba de una autoridad explícita. En nuestra sociedad moderna la autoridad opera de una forma radicalmente distinta. El libre mercado provoca que sea el capital quien opere como autoridad impersonal y “oculta”. El individuo no sólo ha perdido esa unión (primitiva pero esencial) que le trasciende sino que además se ve sometido a una autoridad que no puede percibir. Ello se traduce en un sentimiento de desamparo e insignificancia personal. El liberalismo trajo la conquista de la libertad, es cierto, pero tan importante como la libertad en sí misma es lo que podemos hacer con ella; en el régimen liberal hemos visto cómo la libertad tan sólo ha servido para la aparición de la competencia feroz e inhumana.

Pereira es el reflejo perfecto de lo que sucede cuando una persona no es capaz de desarrollar su individualidad satisfactoriamente. Debido a que este desarrollo es imposible dentro del liberalismo, el individuo recurre a diferentes alternativas. Lo que Erich Fromm describió como conducta masoquista se ajusta a la perfección al carácter de nuestro protagonista, que, pese a estar expuesto de manera intencionadamente exagerada (como cabe esperar en una obra de ficción), sí recoge varias de las características de los individuos de nuestra sociedad. Esta conducta se refleja en la pasividad e indiferencia con la que Pereira reacciona a los cambios que se están dando en su ambiente (florecimiento del fascismo). En numerosas ocasiones vemos cómo recurre al párroco local para que le asesore sobre su posicionamiento en relación con los cambios que se están dando a su alrededor (el cual siempre responde recomendándole mantenerse al margen). La personalidad de Pereira contrasta ferozmente con el del co-protagonista, Francesco Monteiro Rossi, un joven militante antifranquista que trata de combatir el fascismo en España y es colaborador de Pereira en la revista. Hay varios momentos en los que ambas personalidades se ven enfrentadas. Monteiro Rossi escribe constantemente artículos que desafían la línea editorial y la censura del país, es una persona políticamente activa y consecuente, que contrasta enormemente con el carácter pasivo y sumiso del protagonista.

Sin embargo, hacia el final de la obra sucede un evento que termina por trastocar la estabilidad en la que vivía Pereira. Una noche, mientras mantenía a Monteiro Rossi escondido de la policía en su casa, una brigada irrumpe en su apartamento dándole una paliza mortal a su compañero. Este hecho no pasa desapercibido para el protagonista, ya que consigue transformar su personalidad, es en ese momento cuando decide, saltándose la censura y la línea editorial, escribir un artículo denunciando la muerte de Monteiro Rossi. No es hasta el final de esta obra cuando Pereira decide realmente hacer un uso positivo de su libertad, pasar de un estado de indiferencia egoísta participar activamente en lo que le rodea, desafiando las máximas autoridades que hasta entonces le dominaban.

“El acto de desobediencia, como acto de libertad, es el comienzo de la razón.” Erich Fromm