Artículos de opinión

No vengáis a Europa, llevadme a mí

Esta mañana se me ocurrió entrar en la web de la Unión Europea. Un click en el apartado “Acerca de la UE” y una búsqueda de los símbolos de la UE me bastaron para encontrar un argumento por el que escribir hoy.

<<Bandera de la UE -dice-. Las doce estrellas en círculo simbolizan los ideales de unidad, solidaridad y armonía entre los pueblos de Europa>>

Vaya, curioso.

<<Lema -dice-. El lema de la Unión Europea es “Unida en la diversidad“. Se refiere a la manera en que los europeos se han unido, formando la UE, para trabajar a favor de la paz y la prosperidad, beneficiándose al mismo tiempo de la gran diversidad de culturas, tradiciones y lenguas del continente.>>

Suficiente. Necesito escribir.

Y es que las palabras que he procurado resaltar en negrita no son sino una muestra de la hipocresía, la cual es, sin lugar a dudas, el valor alrededor del cual se ha construido verdaderamente la UE. Recibir el Nobel de la Paz al mismo tiempo que promocionamos el imperialismo, promulgar la diversidad de los pueblos a la vez que saqueamos al pobre y gritar “¡diversidad!” mientras el Presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, invita educadamente a los exiliados a morirse, eso sí, fuera de nuestra preciosa Unión Europea. ¡Con lo bonita que nos ha quedado van a venir a ensuciárnosla! ¿Qué se habrán creído? ¿Personas?

Tusk, sin embargo, prostituyendo el lenguaje, consiguió no mancharse las manos pese a pronunciar unas palabras que bien recuerdan a las de aquel líder revolucionario que en los terribles años 30 se adueñaba de una Alemania pobre y moribunda, Adolf Hitler.

“Quiero lanzar un llamado a todos los migrantes económicos ilegales potenciales, de donde sean. No vengan a Europa. No crean a los traficantes. Ningún país europeo será país de tránsito.”
“No pongan en riesgo sus vidas y su dinero. Todo esto no servirá de nada”

En una Europa que se muere de hambre, y en un país que perfectamente lo caricaturiza -Grecia- pronunció Tusk unas palabras que no eran casuales. Estaban perfectamente estudiadas.

En primer lugar, fingía compasión por quienes arriesgaban su vida y culpaba del mal a unas mafias que no funcionarían sin la UE. En segundo lugar, apelaba a los “migrantes económicos”, por lo cual a priori, no mencionaba a los refugiados sirios. Sin embargo, según datos de ACNUR (el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), tan sólo responden al calificativo de “emigrantes” el 12% de quienes llegan a Europa por el Mediterráneo. Así, pues, Tusk hablaba de forma camuflada con el 88% restante que representan los refugiados, cuyas vidas estaban siendo arrebatadas por el terrorismo de un aparato -el Daesh o Estado Islámico- presuntamente creado por su socio en la OTAN: Estados Unidos, según un documento desclasificado del Pentágono. Vidas que a la Unión Europea les trae al pairo, con constantes palizas a los refugiados, negativas de acogida, humillaciones e incluso torturas.

De esta forma, Tusk se ponía la venda antes de la herida, sabiendo que estaba pronunciando un discurso que rozaba, por su xenofobia y chauvinismo, la dialéctica nazi. En un contexto de emergencia extrema como el que vive el sur de Europa son estas mechas las que crean bombas. Y la bomba de la xenofobia, el racismo y el fascismo está a punto de explotar en Europa, en parte beneficiada, como en los 30, por una Europa insolidaria, asesina y vil. Grecia es sólo la nueva Alemania de una Unión Europea que piensa que, ahora sí, puede contener al monstruo.

¿Qué queda de aquella de los pueblos, de la diversidad, de la paz y la armonía? ¿Qué queda? ¿Es que acaso algún día existió?

No vengáis a Europa, llevadme a mí. No me dejéis solo entre tanto europeo.