Artículos de opinión

¿Deben tener sanidad gratis los legisladores?

¿Deben tener sanidad gratis los legisladores? ¿Y quienes colman los productos que lanzan al mercado de azúcar, glutamato o aceite de palma? ¿Y por qué no la cúpula de Tabacalera? ¿O por qué no los nazis, los maltratadores y demás elementos dañinos de la sociedad en la que vivimos? Evidentemente, por dos motivos: primero, porque no es gratis, sino que está costeada por los impuestos (el 29% de los ingresos del Estado proceden de impuestos indirectos); y segundo, porque suponemos que existe libertad de pensamiento. Nuestros textos legales están invadidos de los presupuestos de la libertad (o eso supone el que lo llamemos, a menudo con cinismo, democracia); una libertad tal, por lo visto, que es capaz de tolerar las manifestaciones favorables a los delitos de odio con suma facilidad; una libertad que permite a personas imputadas (investigadas, perdón) dirigir y redactar en un periódico, como es el caso de Eduardo Inda.

Las primeras eran unas preguntas retóricas. No hace falta que me contesten; yo estaría contento si prohíben vender según qué productos, o si, al menos, prohíben el totalitarismo del miedo, un lugar donde las personas están educadas para seguir los esquemas del mito del género, para tenerle miedo a los musulmanes o para creer todo lo que les dicen las cadenas de televisión de más audiencia. Yo estaría contento si prohíben las chucherías, si ilegalizan las drogas duras ─entre las que están el tabaco y el alcohol, pero no la marihuana─ o si la Iglesia pagara los impuestos que le corresponde, y no se los pagásemos, por el contrario, a ella.

Pero lo que proponen desde El País es que deberíamos debatir si fumadores, bebedores y personas obesas debieran tener sanidad gratuita. Lógicamente, no están tan desconectados de la realidad como para tratar de proponer un apartheid hacia la gran mayoría de la población en España; es un título provocador, a modo de ironía, que se presenta en los primeros párrafos y a los que sigue la exposición de un debate que hay, y que parece que sólo quieren dar a conocer. Pero la sospecha está presente, y es clara.

Hablar de los individuos como abstraídos de su realidad social e ideológica es obviar toda ciencia humana ─y estoy pensando, en especial, en la Sociología. Una persona no es una persona completa y ya; no tenemos plena voluntad sobre nuestros actos. Es un tema complejo y, desde luego, polémico, que probablemente no resolverán nunca ni todos los libros del mundo. Pero lo que está claro es que nadie es por sí mismo y sin nada que ver con su trabajo o su paro, con su padre o su madre, con sus hijas o con los periódicos que lee.

En parte, la democracia es eso: olvidar que todos estamos sujetos (incluso, escupidos) a un mundo hacia el cual vivimos. Pero es, en especial, considerarlo como la riqueza de la pluralidad. Y, sin duda, es también (¡gran paradoja!) la lucha por la propia democracia. Cualquiera puede proponer el debate que crea conveniente, pero ha de tener presente qué implica o qué se juega con eso.

Volviendo a lo anterior: si es un negocio, no es un derecho; si es un derecho, no es un negocio. No se juega con la salud. No se juega con la educación. No se juega con la información. No se juega con la democracia.

Entendiendo la ironía del artículo de El País, yo presento, aquí, la mía: ¿debemos defender unos negocios que nos tratan como mercancía, y no como seres humanos?