Artículos de opinión

66 días después nada es como en 1996

Sesenta y seis días -más de dos meses, nueve eternos domingos, decenas de ruedas de prensa- después del tan esperado 20-D, lo único que hemos conseguido es hacer historia. Nunca antes habían hecho falta tantos días para investir un gobierno en nuestro país. El récord lo poseía José María Aznar, en 1996, cuando necesitó de 62 días y un Pacto del Majestic con la Convergència i Unio del mismo Jordi Pujol al que hoy repudian. En aquel año, el PSOE de un Felipe González que aguantó ni más ni menos que cuatro legislaturas casi completas se quedó a unos escasos 15 escaños de aquel nuevo líder que asomaba en la derecha y que tuvo que seducir a la derecha nacionalista vasca y catalana. Es preciso recordar también el papel de una Izquierda Unida que, bajo el mando del califa cordobés Julio Anguita, no paraba de crecer (desde los 7 escaños de Gerardo Iglesias en 1986 hasta los 21 de 1996). Para trazar una analogía con el escenario que se nos plantea 20 años después, IU y PSOE podrían haber trazado un “Gobierno del Cambio”. Sin embargo, el monarca Juan Carlos no dio siquiera la oportunidad a González de repetir mandato, ya que Aznar, al contrario que Rajoy, y tras una difícil negociación (que acabó significando el apoyo del PP a CiU en el Parlament catalán y la destitución de Vidal-Quadras por parte de los conservadores) fue investido presidente del gobierno el 4 de mayo de 1996.

Dos décadas después, nos encontramos tres factores fundamentales que marcan la diferencia con respecto a la situación que condujo al primer mandato de Aznar.

En primer lugar, falta un actor principal en el tablero de juego. En este sentido, no encontramos un partido que desempeñe un rol similar al que lleva a cabo Ciudadanos. De algún modo, paradójicamente,  es Convergència i Unio quien más se acerca a ese papel transversal cuya función es la de apoyar al partido más votado, con independencia de las siglas de éste. De hecho, las elecciones cuya consecuencia directa fue la investidura de Aznar se produjeron de forma precipitada tras la ruptura entre PSOE y su hasta entonces apoyo, CiU. Sin embargo, no podemos otorgar a Convergència un papel como el de Ciudadanos debido, fundamentalmente, a que, por un lado, su pretensión no era la de alcanzar la presidencia del gobierno y, por otro lado, la correlación de fuerzas es muy diferente (15 escaños de los convergentes por 40 de los de Rivera).

Por otro lado, el papel que precisamente jugaron los nacionalistas catalanes fue vital en la consecución de nuevo gobierno, como así lo fue anteriormente con Felipe González y con Adolfo Suárez.  Estábamos, sin embargo, en el loco siglo XX, en donde Jordi Pujol renegaba de la independencia y en donde CiU estaba plenamente comprometida con la gobernabilidad de un país el cual, dos décadas después, repudia. En la coyuntura actual, ni PSOE ni mucho menos PP tienen el valor de iniciar conversaciones con CDC, por miedo a perder el prestigioso estatus de “constitucionalistas”. La realidad es que un pacto de socialistas y convergentes podría suponer la reedición del Pacto del Majestic, esta vez con el Partido Socialista como protagonista. Sin embargo, tanto nacionalistas catalanes (CDC y ERC) como la izquierda vasca (EH Bildu) parecen abonados al “no” en esta ronda de votaciones de investidura. Sin el voto nacionalista (exceptuando un PNV que ya ha coqueteado con el PSOE) es mucho más complicado conseguir gobierno, más aún con dos protagonistas (Rajoy y Sánchez) mucho menos perspicaces que Aznar y con una visión extremadamente menos pragmática de la política de pactos, de la Realpolitik, como la denominó Bismarck.

En tercer lugar, nos encontramos actualmente en un contexto en el cual el Rey ha delegado la responsabilidad de formar gobierno, por primera vez en la historia de España, al segundo partido con más votos en las elecciones generales. Esto, implícitamente, esconde la posibilidad de una repetición de elecciones que en 1996 se antojaba casi imposible. Esta decisión no es baladí ya que responde a una situación de gran ingobernabilidad y en donde, como dice el dicho, “situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas”. El hecho de plantear de forma tan sutil la posibilidad de una repetición de elecciones por parte del monarca ha sido una piedra angular en el transcurso de estos más de dos meses de duras negociaciones, pues ha sido la carne de cañón de unos y otros partidos, pues la amenaza de unas inciertas nuevas elecciones aún se encuentra perfectamente presente.

Estos son sólo algunos de los factores que diferencian lo ocurrido en 1996 de lo que puede ocurrir en 2016. Sin embargo, no es menos cierto que hay determinadas variables, como el hecho de que la ciudadanía española viene de sufrir la legislatura más aciaga para los derechos sociales que se recuerda en este país desde 1978, que inclinan la balanza por la consecución de un acuerdo entre Podemos, PSOE e IU, forzados por la obligación moral de evitar un nuevo gobierno encabezado por Mariano Rajoy.

El hecho es que España ha delegado uno de los momentos más críticos de su historia reciente en cuanto a la formación de su gobierno se refiere a dos de los líderes que menor inteligencia estratégica han mostrado en toda la democracia, lo cual puede mostrarnos un posible factor que desatasque la enquistada coyuntura. Y es que el líder, sin ningún género de duda, de estos dos meses, viste camisas low cost, peina coleta y bien podía haber hecho que el post se titulara: “Pablo Iglesias, el José María Aznar del siglo XXI”. Por inteligencia estratégica, por visión pragmática de la realidad política y por inacción de los dos líderes naturales, es muy probable que la clave de la investidura descanse en su regazo, como lo hizo veinte años atrás en un joven Aznar con aún todo por mostrar.