Anticapitalismo Artículos de opinión

Repartir para crear: un argumento contra el libre mercado

La desigualdad amenaza con hundir las economías de los países desarrollados en los próximos años, y está contribuyendo a un frenazo en el crecimiento de los países en vías de desarrollo. Si no se le pone remedio, podría ser el detonante de fuertes tensiones sociales, así como de la perpetuación de un modelo injusto.

Las causas que espolean la desigualdad han cambiado entre antes y después de la crisis. Antes de ésta, la desigualdad aumentaba principalmente gracias a dos factores: el aumento del peso de las rentas del capital, en detrimento de los salarios; así como la pérdida de poder sindical, como advirtió el informe La distribución de los ingresos y su papel en la explicación de la desigualdad’’. Ahora, sin embargo, a estos dos factores se les ha sumado otro: la destrucción masiva de empleo en sectores de baja cualificación (como por ejemplo la construcción). Lo cual ha provocado un aumento de la demanda de empleo en estos sectores, que unido al miedo por perder el empleo, ha provocado una disminución de los salarios en las capas más pobres de la población. Además, como este efecto no se produjo tanto en las rentas más altas, la diferencia de ingresos entre empleos mal pagados y los de alta cualificación han aumentado espectacularmente. Así, mientras que en el decil más alto la crisis tan solo ha hecho mermar su poder adquisitivo un 4%, en el decil más bajo los ingresos se han desplomado más de un 23%.

En un plano puramente económico, la desigualdad es perjudicial porque inhibe el crecimiento de los países, cuando el 20% más rico de la población ve mermado en un 1% sus ingresos, el país pierde el 0,08% de su PIB. Sin embargo, cuando es el 20% más pobre, el impacto en el PIB es más del doble: el 0,2%. Incluso a pesar de que el quintil más pobre acumula mucha menos riqueza que el más rico, y por tanto en el segundo caso se ha reducido menos el capital disponible en el país.

Pero no es solo un tema económico, es también humano. ¿Cómo podemos tolerar que en pleno siglo XXI continúe habiendo tantas desigualdades? ¿Cómo podemos permitir que haya tanta gente pasándolo tan mal? Y el problema va más allá de la tradicional disyuntiva países ricos-países pobres. Ahora no es sólo que los países ricos sean cada vez más ricos, sino que en los propios países ricos se está gestando un modelo desigual y profundamente injusto, donde capas cada vez mayores de la población poseen menos recursos

Hay, sin embargo, economistas que argumentan que reducir la desigualdad sería un atractivo para trabajar menos. Si todo el mundo va a cobrar lo mismo, ¿verdaderamente compensa esforzarse más? Sin embargo, tanto la OCDE como el FMI, instituciones poco sospechosas de izquierdismo radical, han salido al paso y han negado esta tesis en varios informes, donde niegan que exista una verdadera correlación entre niveles bajos de desigualdad y reducción de la productividad, aumento del ‘desempleo voluntario’ (personas que deciden no volver a buscar empleo jamás) o abandono escolar. Lo que sí encontraron, sin embargo, fue que más desigualdad vendría aparejada de niveles altos de al menos 2 de estas variables; sin llegar a determinar, eso sí, cual venía primero. Por otro lado, a medida que las rentas del trabajo pierden valor en favor de las rentas del capital, se vuelve muy arriesgado afirmar que existe una relación entre esfuerzo e ingresos. La desigualdad no es, por tanto, una manera de discriminar entre quienes trabajan más y trabajan menos

Por todo ello, es necesario reducir la desigualdad, y el mercado carece de mecanismos para hacerlo. La excepcional disminución de la desigualdad que se vivió tras la Segunda Guerra Mundial no se volverá a repetir sin un desastre de proporciones similares. Si queremos acabar con el drama de la desigualdad urge un cambio en el propio sistema económico, la creación de estados con grandes redes de solidaridad y potentes empresas públicas que eviten la concentración de capital. El problema es que, en medio de la era dorada del liberalismo, decir eso equivale a ser aniquilado en política. Parece que hoy por hoy lo único aceptable son las frases falaces y los eslóganes del tipo ”crear riqueza, y después repartir”, como ha afirmado Albert Rivera en reiteradas ocasiones. Posiblemente, solo cuando estemos cayendo por el precipicio nos daremos cuenta, y para entonces será demasiado tarde para demasiada gente.