Artículos de opinión

La sonrisa de un niño u otros aspectos del chantaje eclesiástico

Una tenue luz se cuela bajo la puerta seguida del característico sonido que produce el papel al ser rasgado, las risas inundan el hogar, ya no queda nadie levantado, han llegado los Reyes Magos de Oriente. Aún recuerdo con regocijo la sensación que experimentaba cuando, tras haber pasado parte de la noche en vela, me levantaba y encontraba aquellos presentes maravillosamente resguardados bajo el árbol, ¡y cuán grandiosa era la sonrisa de mi madre de verme tan emocionado, tan feliz! Durante todo el año (sobre todo cuando la fecha era cercana) era común escuchar aquel imperativo típico que alegaba la necesidad de comportarse adecuadamente a fin de obtener los dichosos regalos y no un simple trozo de carbón, el chantaje al que éramos sometidos es más que obvio ahora, mas no es de mi interés centrarme en este tipo de coacción (posiblemente) bien intencionada, no, quiero hablar del chantaje al que era sometida mi madre, al que yo o cualquiera que esté leyendo estas líneas está o estará sometido cuando tenga retoños, el chantaje eclesiástico.

Mi madre nunca fue una ferviente cristiana, por aquellos años ni siquiera se consideraría creyente. Nunca trató de educarme de forma dogmática permitiendo en todo momento que yo decidiese qué camino tomar; sin embargo la respuesta a estos múltiples senderos era bastante obvia, esa inacción es, a su vez, el único permiso que necesita nuestra Españaaconfesional” para inducirte al buen hacer cristiano, ¿qué niño podría entender por qué al resto de niños unos seres mágicos y excepcionales les agasajaban con juguetes y todo tipo de artilugios y, a él, no? Esta circunstancia cultural presente en nuestro país afecta de una u otra manera a todas aquellas familias que no abogan por practicar creencia alguna o cuyas creencias no casan con el relato que promueve la Iglesia Católica Apostólica Romana. No estoy hablando del superficial hecho de que se promueva la felicidad e ignorancia del niño en detrimento de la verdad (es obvio que otras figuras mágicas entrarían en el mismo tumulto, Santa Claus, el Ratoncito Pérez, el Tió, etc.) sino del adoctrinamiento que lleva como capa dicha festividad, como tantas otras, en sí, religiosas, pero con una diferencia fundamental, la supuesta aconfesionalidad de un estado que poco o nada demuestra darse de facto (¡Y si no que le pregunten a Fernández Díaz y su amada virgen!).

La situación es, cuanto menos, complicada, y la presión es abrumadora: ya sea por no desilusionar a la pequeña o porque padres cristianos reclamen a padres no creyentes que su hija vaya predicando al resto de muchachos la inexistencia de los bienaventurados Reyes Magos. El chantaje eclesiástico se manifiesta en nuestra sociedad de muchísimas formas, entre otras: la comunión (ejem, los regalos de la comunión), la enorme visibilidad y apoyo que recibe la Iglesia respecto al resto de religiones (beneficios fiscales, convenios con la Santa Sede, la veneración por parte de las autoridades de la Semana Santa y la Cabalgata de Reyes).

Hoy en día no es posible aseverar sin mentir que España es un estado que se abstenga de enarbolar un dogma o izar una bandera con connotaciones religiosas en los mismísimos jardines de la Moncloa.