Artículos de opinión Feminismo

La evolución del machismo y la depresión

Desde que la niña empieza a adquirir las facultades que le permiten realizar tareas domésticas con cierta soltura y destreza es obligada por el conjunto de la sociedad a ser poco más que un útil de limpieza, un instrumento con el que postergar la raza humana y mano de obra barata para los despiadados empresarios de las grandes compañías. Se les enseña a vestirse de los colores  que, por defecto, el resto del mundo le otorga. Se les obliga a tener el pelo de una determinada forma o color, a salir con determinados chicos y a no hablar de los temas que puedan resultar escandalosos para el resto de las personas.

A la edad de 10 años la niña empieza a sentir cosas por un compañero de clase. Ella no sabe cómo interpretar ese sentimiento, pero decide no decirle nada al niño porque el resto de los alumnos la presionarán para que deje de sentir lo que siente o la animarán a hacerlo para observar desde el otro lado del recreo la reacción tendrá el chico en cuestión. Además, a esta niña le empezará a gustar Laura, una de sus mejores amigos. Se callará y, con el tiempo, irá descubriendo que el amor que siente por ella no se va, sino que se hace más intenso a medida que crecen.

A los 13 años la niña entra en el instituto y allí todas empiezan a querer ser la más importante del grupo. Para lograr ese status, deben besar y acostarse con chicos mucho mayores que ellas, que se aprovechan sin piedad alguna del poco conocimiento sobre sexualidad de las chicas de dicha edad. Deben escuchar cierto tipo de música y gustarles las mismas cosas que la hembra alfa de la reunión. Nuestra niña no se encuentra demasiado bien con su tradicional grupo de amigas y empieza a distanciarse de ellas, mostrando más atención por los estudios o por la música que por otros temas. Le sigue gustando Laura y, al mismo tiempo, un joven de un curso superior a ella.

A los 15 años nuestra niña ya no tiene ningún interés en continuar quedando con sus amigas, que además se ríen de ella porque le gusta la música rock, saca unas notas excelentes y no sale por las noches. Nuestra niña está más interesada en ver buen cine, en leer buena literatura y en escuchar buenos grupos de música que en mezclar Ginebra con Coca-Cola. El desplazamiento y la marginación le conllevan una profunda depresión, derivada en profundos cortes horizontales en muñecas y muslos. Sin embargo, lleva pulseras en los brazos para evitar que nadie vea sus cortes. Y si esto fuera poco, mamá sufre en casa las vejaciones de papá, que exige violentamente su ración diaria de comida por la mañana, mediodía y noche.

A los 16 años la niña conoce a un grupo de chicos y chicas con gustos similares y, después de mucho tiempo, se siente aceptada, a gusto consigo misma. Empieza a salir con Ana y descubre el fascinante mundo del sexo lésbico que, según le cuentan otras homosexuales que han corroborado experiencias con hombres y saben comparar entre un sexo y otro, es más placentero, más intenso y prohibido hasta el extremo. Mamá en casa se ha resignado a vivir entre las insistencias de papá. Nuestra niña oculta su sexualidad a sus padres; no cree que puedan comprenderla. Un día queda en casa con Ana para follar. Cuando están en pleno orgasmo, el padre les sorprende. Ana sale de la casa corriendo, vistiéndose en el ascensor, preguntándose qué le estará pasando a su novia. En casa, el padre le ha dado una paliza a nuestra niña. Vuelve la depresión y, con ella, vuelven los cortes y el aislamiento. Ana deja la relación al poco tiempo; seguirán siendo amigas, pero está claro que nada volverá a ser lo que antes.

A los 18 años llega a la Universidad y empieza a conocer gente nueva. Le llama la atención David, un chico de 20 años que estudia en el mismo lugar. Nuestra niña quiere nuevas experiencias, experiencias que acepta de buena gana debido a la salubridad y juventud de su frágil cuerpo. Se acuesta con David y, vaya, le ha gustado joder con un hombre. Comienza una nueva relación con el joven. Obtiene las mejores calificaciones y los elogios más magnos por parte del profesorado, que la ven con un gran futuro por delante. Por fin, la vida empieza a sonreírle a nuestra niña. También obtiene un trabajo bien remunerado a tiempo parcial en el sector de la investigación y la empresa le promete un contrato fijo al acabar la carrera debido a los impecables resultados que sus servicios ofrece.

A los 20 años todo empieza a tambalearse. David la deja por otra chica de su clase, que le dedica más tiempo a él y a sus apetitos sexuales. La empresa para la que trabaja cae en quiebra y es despedida junto con el resto de la plantilla. Por el contrario, las calificaciones que consigue en la Universidad son las mejores de su carrera. Un día, recibe una llamada: su madre ha sido asesinada a manos de su padre; otra víctima más de la violencia machista. Otra vez, la pena, la depresión, la autolesión. Poco después de la muerte de su madre, recibe un correo electrónico de una amiga advirtiéndole de que unas fotos de nuestra niña se están difundiendo. Al ver las fotografías en cuestión queda paralizada. Desnuda, sobre una cama. Fotos crueles, fotos horribles; una jugada de David en una noche de borrachera. ¿Qué dirá la gente? Esa misma noche, nuestra niña se suicida. Cuatro cortes en vertical en cada brazo y una bañera teñida de sangre son su sentencia de muerte.

La mujer nace ya de por sí condenada y marginada, no por su condición de mujer (obviamente), sino por el rol pasivo que le otorga la estructura social del capitalismo. Esta niña es tu madre, es tu hermana o tu hermanastra, es tu hija o tu hijastra, es tu sobrina, es tu nieta o tu bisnieta o es una amiga o es tu novia. Esta niña es el 100% de las niñas del planeta. Afortunadamente, la concienciación cada vez cala más hondo. Con el paso del tiempo, ese 100% se irá reduciendo. Pero no ahora; la lucha será de muchos años, de muchas décadas, de muchos siglos y, si la Humanidad vive lo suficiente como para contarlo, de muchos milenios y se prolongará hasta el último par que quede sobre cualquier superficie. La cultura, el pensamiento, la investigación, el arte y el compromiso serán las claves para derrocar al patriarcado, un sistema del que la clase política no quiere hablar pero que está ahí, tan presente y, a la vez, tan oculto.

Nuestra niña es también cada hombre de la Tierra, que tiene la obligación de cesar la muerte y el asesinato diario sistemático de cientos de mujeres alrededor del Globo. Esta pelea necesita de los actores más amplios de nuestra sociedad; desde profesores y maestros hasta escritores, músicos, ingenieros, actores, barrenderos, cocineros, funcionarios y obreros. Nadie es prescindible en esta guerra. El Mundo no es un lugar agradable donde vivir, aunque en conjunto y con la acción global podemos hacerlo un lugar maravilloso. A los feministas nos encontrarán en las calles, en las barricadas, en cada manifestación, en cada aula de instituto y en cada libro. La historia de nuestra niña puede convertirse en eso, una simple historia dramática. Podemos no volver a encender la tele y ver el asesinato televisado de otra mujer. Pero el final de esta lucha no tendrá lugar mañana, ni pasado. Será el fruto de todo lo que sembramos ahora en un futuro y que quedará reflejado en las generaciones venideras.