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¿Principios o votos?

La izquierda, desde que podemos usar este termino, se ha visto envuelta en una coyuntura que a día de hoy sigue generando diferencias insalvables entre organizaciones que a priori comparten fines y programa; este problema no es otro que el dilema “votos o principios”, que tiene su reflejo más claro a día de hoy en Podemos.

Los que seguíamos al Pablo igleias con pearcing de Tele-K, recordamos perfectamente a esa bestia política que sin despeinarse lo más mínimo la coleta conseguía callar a lo más reaccionario del TDT Party con discursos afilados capaces de hacerte ver Intereconomía un sábado a las 22:00. También recordamos perfectamente esos programas de Fort Apache o de La Tuerka, donde no le dolía alabar el proceso bolivariano en Venezuela, defender el acercamiento de los presos etarras, o condenar públicamente el 12 de Octubre.

Pero ese Pablo Iglesias “comunista”, como él mismo se definía, fue desapareciendo para dejar sitio al nuevo Pablo, el Pablo que le da regalos al rey y oculta la tricolor, el Pablo que se siente incómodo cuando le recuerdan su simpatía con Cuba o Venezuela, o el Pablo que insultó a Izquierda Unida, sí, ese partido de “cenizos y perdedores” donde estuvo más de diez años como asesor y militante…

Pero entonces este cambio de discurso, no solo suyo sino también de Podemos, ¿a qué se debe? No nos hace falta estar licenciados en ciencias políticas para saber que Pablo Iglesias ha evolucionado del Marxismo Leninismo al Groucho Marxismo, “estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”, hasta el punto de llegar a renegar de su pasado, no solo del de banderas rojas y la internacional, que ahora le parece “cultura de la derrota”, sino del pasado del Podemos que llevaba la renta básica universal, la jubilación a los 60 y otros tantos puntos que se han evaporado con el tiempo.

La explicación es lógica y puede que hasta comprensible; una moderación del discurso se traduce en un aumento de votos en un espectro político al que no llegarías con tu discurso original, y es cierto que incluso podemos entender que renunciar a ciertos aspectos como hizo el PCI en su día, en cierta medida puede ser ventajoso. El problema llega cuando renuncias a puntos elementales o a principios que hacen que pierdas tu identidad como partido. Ahí tenemos al PSOE, que ya sabemos que lo único que tiene de Socialista y Obrero son las siglas, y el peligro es que si al preguntarte “principios o votos” eliges votos a cualquier precio, terminarás vendiendo el más digno y elemental de tus ideales por un escaño, que lejos de servir para luchar por las causas que crees justas, servirá para vivir del cuento cuatro años.

Néstor Prieto
Salmantino, políticamente incorrecto.