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La sacralización de la democracia

Comenzando mi andadura en Voz Partisana quiero empezar con un artículo que creo que resultará algo polémico dada la coyuntura política que estamos acostumbrados a manejar. El tema que quiero abordar aquí es el de la deriva de veneración y sacralización de la democracia o del sistema democráctico como sistema político que todos experimentamos en nuestra vida cotidiana. Para poder plantear una base sobre la que pensar deberíamos primero aportar algún contenido sobre el que reflexionar inicialmente. Si vamos a abordar el concepto de democracia y algunas de sus virtudes e inconvenientes primero obviamente deberíamos plantearnos ¿Qué significa la democracia? ¿Qué es realmente eso de lo que se habla constantemente? Veamos una primera definición. Según la RAE esto es lo que nos podemos encontrar:

– Democracia.

(Del gr. δημοκρατία).

1. f. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.

2. f. Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado.

La definición de la RAE nos deja quizás un poco decepcionados así que acudamos entonces a alguna de las personalidades mas importantes de la historia de la filosofía que han hablado de la democracia como por ejemplo Aristóteles el cual probablemente pueda aportar algo de luz a la problemática que queremos dibujar:

“Existe democracia cuando los libres ejercen la soberanía” (Política, IV, , 1290A) “El fundamento del sistema democrático es la libertad […] Una característica de la libertad es la de gobernar y ser gobernado por turno. De hecho la justicia democrática consiste en tener lo mismo según el número y no según el mérito, y siendo esto lo justo, la muchedumbre forzosamente debe ser soberana, y lo que aprueba la mayoría, eso tiene que ser el fin y lo justo. En efecto, dicen que todo ciudadano debe tener lo mismo, de modo que en las democracias resulta que los pobres son mas poderosos que los ricos, ya que son más, y la opinión de la mayoría es la autoridad soberana.” (Política, VI, 2, 1317B)

Sigamos articulando la reflexión para plantearnos el problema. Vivimos en una sociedad en que ya sea por educación o por costumbre la población en general ha asimilado el concepto de democracia como algo bueno en sí mismo, algo que se ha infiltrado en los valores sociales como un bien sagrado o al menos esta es la tesis de la que parte mi pequeña reflexión. Hemos sacralizado la democracia entendiendo que esa costumbre de votar y decidir entre todos nos parece sin duda eso que últimamente escuchamos como “nueva política” o algo así como “el cambio”. Habitamos una sociedad tan desmemoriada que creemos que acabamos de inventar o reinventar la democracia, algo sin duda muy muy viejo. Y es que nos hemos acostumbrado a creer que la democracia, aparte de un sistema para articular políticamente la sociedad en el que el poder de decisión está repartido (normalmente gracias al derecho al voto) entre todos es una especie de valor que representa al bien en sí mismo. Automáticamente el que podamos decidir en asamblea votando cualquier cuestión nos parece bueno. Y eso implica que valoramos positivamente siempre el hecho de que todo el mundo pueda expresar su opinión sobre cualquier asunto. Que cualquiera pueda tener potestad para decir y decidir sobre los asuntos públicos es algo bueno ¿Cómo iba a ser malo? ¿No? Seguramente esto nos lo preguntemos. Y es que hemos sacralizado el concepto de democracia, y no cualquier concepto de democracia sino el concepto de democracia que tenemos en nuestra sociedad. El hecho de podamos votar no implica necesariamente la ejecución de una democracia verdaderamente real, de hecho, muchos de nosotros sabemos perfectamente que no lo implica ya que las motivaciones del voto y las presiones que sufrimos para decantarnos por una u otra opción no tienen por qué estar motivadas por razones sólidas y firmes sobre nada. La llamada democracia que vivimos es el imperio de la opinión y esto tiene unas implicaciones muy severas. Aunque nuestra sociedad se articule dentro del principio del imperio de la ley, esta fórmula puede resultar vacía si quienes hacen las leyes las hacen o bien dados intereses intermedios que se interponen al interés general (los partidos políticos acostumbrados a gobernar por ejemplo) o si quienes las votan o quienes eligen a esos gobernantes son incapaces de articular sólidamente las razones para decidir que esos gobernantes son los mas idóneos para defender el interés general y por tanto ejecutar el bien en nuestra sociedad. Y es que nos encontramos ante un sistema democrático que está plagado de interrupciones que no permiten realmente ejecutar una democracia real. En democracia los ciudadanos son aquellos que de manera libre, racional y responsable eligen (si es una democracia representativa) a sus gobernantes. Dada esta definición de democracia podríamos fácilmente entender que los ciudadanos representan un ser humano cultivado y cuya racionalidad esté dirigida hacia el bien de la sociedad. Sin embargo es obvio que las razones por las que votamos no son tan racionales ni tan nobles moralmente. Los mass media han introducido un factor que ha alterado la democracia en su constitución que hace que sea verdaderamente inviable su formación.

Vivimos en una eterna contradicción que diferencia sin motivo los asuntos públicos de cualquier otra manera de conocimiento especializado. Para aclarar a lo que me refiero hemos de meditar sobre la manera en la que dividimos por especialidades a nuestros ciudadanos en tanto que al estudiar y ser educados nos vemos irremediablemente abocados a especializarnos. Sin embargo no consideramos que el ámbito de las decisiones políticas sea un ámbito que debamos dejar a los especialistas o a quienes han estudiado y saben de la materia. Nuestra democracia por tanto es algo así como una “doxacracia” (si es que el término existe) es decir, el gobierno de la opinión, en el que lo mas valorado son las subjetividades y las opiniones de quienes realmente no tienen por qué tener conocimiento alguno sobre aquello de lo que se les interpela. Para pensar un momento sobre esto podíamos rememorar las palabras del filósofo Pascal al respecto de esta cuestión:

“¿Por qué seguimos a la mayoría? ¿Es que tiene mas razón? No, sino mas fuerza.” (Pensamientos, II, XXV, 711)

El problema que quiero plantear finalmente para empujar a la reflexión al público lector es que se ha sacralizado en nuestro inconsciente colectivo la idea de democracia como algo bueno en sí mismo cuando no tiene por qué ser así. Que todos puedan decidir sobre un asunto no hace mas bueno ni mejor a esa decisión. Todos sin conocimiento pueden perfectamente errar en su forma de juzgar y decidir. Así pues el valor de la democracia se encuentra en el conocimiento mismo y no en el reinado de la opinión. Si los ciudadanos son cultivados o “sabios” entonces podrían decidir justamente en democracia, si no estamos irremediablemente ante un problema. Pongamos entonces un ejemplo de esto. Si alguien se pusiera enfermo y tuviéramos las opciones de llamar al médico o de celebrar una asamblea para discutir y después votar qué le ocurre al paciente, dudosamente nadie eligiría la opción de la asamblea. ¿Por qué lo hacemos entonces en lo referente a algo tan importante como los asuntos públicos? ¿No estará el verdadero bien en aquellos que verdaderamente saben y no en la capacidad de poder elegir entre quienes en gran parte no saben sobre aquello sobre lo que se les pregunta? ¿Qué es lo que nos ha llevado a confiar tanto en un sistema que no atiende al criterio del conocimiento de los que deciden? ¿No será en realidad que la democracia no es posible sin que los ciudadanos que deciden sepan preferiblemente mucho sobre lo que deciden?